Alianza de Cristal

Capítulo 33: El peso del hierro

El sol apenas comenzaba a teñir de un gris plomizo las mañanas de la ciudad, pero en el gimnasio subterráneo del ala oeste de la mansión, el tiempo y la luz no existían. Solo el sonido rítmico, sordo y constante del impacto del metal contra el suelo.

Liam necesitaba huir. La casa se le caía encima, cargada con el peso asfixiante del silencio, de la vergüenza de haber perdido el control en el recibidor y de esa tensión no resuelta que lo carcomía por dentro cada vez que cruzaba la mirada con Victoria. El drama interno lo estaba quemando vivo, transformando su habitual frialdad en una picazón constante bajo la piel. Así que, antes de que el sol terminara de salir, había bajado a encerrarse entre barras, mancuernas y costales de boxeo.

Tenía el torso desnudo, brillando por una fina capa de sudor que le marcaba cada músculo de la espalda y los brazos. Sus respiraciones eran profundas y pesadas, compases exactos de un motor llevado al límite.

Delante de él pendía un pesado saco de cuero negro, relleno de arena y viruta de alta densidad.

—Vamos... —masculló entre dientes, con la mandíbula tensa de frustración.

Bam.

Un derechazo seco y brutal hizo que el saco se meciera con violencia contra las cadenas del techo.

Bam. Bam.

Una combinación de ganchos y directos con los que intentaba golpear fuera de su mente el recuerdo de sus propias palabras, el pánico de haberle confesado que temía verla morir, y la humillación humeante de haber huido como un cobarde tras besarla. Cada golpe era un intento desesperado por resetear su cerebro, por volver a ser el ejecutor frío e inquebrantable que el sindicato respetaba y temía. Pero cuanto más fuerte golpeaba, más claro se dibujaba el rostro de Victoria en su memoria, observándolo con esa mezcla de inteligencia y desafío que le aceleraba el pulso de la peor manera.

Liam exhaló un gruñido ahogado, deteniéndose por un segundo con los nudillos enrojecidos y apoyados contra el cuero gastado del saco, intentando recuperar el aliento mientras las cadenas aún oscilaban en la penumbra.

El sonido sordo y rítmico de los golpes contra el saco de boxeo llegaba filtrado a través de las paredes del pasillo del ala oeste. Desde el umbral de la puerta abierta, Victoria se detuvo un instante a observar la escena con una calma absoluta.

No era tonta. Sabía perfectamente lo que significaba ver a Liam encerrado en el gimnasio a estas horas, desquitando con el cuero y el acero toda la frustración, la vergüenza y el caos emocional que lo carcomían por dentro. El eco de su confesión de hacía un par de noches seguía vibrando en el aire entre ellos, y ella tenía muy claro que él estaba intentando reconstruir su impenetrable coraza a base de pura fuerza bruta y sudor.

Pero ella no iba a dejarlo escapar tan fácilmente. No después de que él hubiera abierto la caja de Pandora con su desesperación y la hubiera dejado colgada en el borde del abismo.

Con un movimiento calculado, Victoria ajustó la tela de su impecable bata de casa de seda gris, adoptando al instante una postura de gracia serena. Sobre una pequeña bandeja de plata que tomó de una repisa auxiliar, colocó una toalla de algodón blanco perfectamente doblada y un vaso de cristal tallado con agua helada y rodajas de limón.

Dio los pasos hacia el interior del gimnasio con una elegancia deliberada, sus pantuflas haciendo un sonido casi imperceptible sobre el suelo de caucho.

Liam, que acababa de descargar una brutal combinación de golpes sobre el saco con la respiración entrecortada, se detuvo de golpe al percibir el perfume que la acompañaba. Se giró con brusquedad, con los músculos de la espalda tensos y el pecho subiendo y bajando con violencia, esperando encontrar cualquier amenaza... menos a su esposa.

Victoria se detuvo a un par de metros de distancia, manteniendo una expresión de fingida y absoluta docilidad. Sus ojos oscuros lo recorrieron de arriba abajo con un brillo divertido y sutil que apenas lograba disimular bajo su fachada de mujer perfecta.

—Vas a romperte los nudillos, querido —dijo Victoria, con una voz suave, perfectamente calibrada para sonar como la de una esposa devota y preocupada—. Y el servicio abajo se está preguntando por qué el gran ejecutor del sindicato decide destrozar el equipo del gimnasio antes del desayuno. Pensé que quizás... necesitarías un respiro.

Dio un paso más al frente, extendiendo la bandeja de plata hacia él con una tranquilidad glacial que contrastaba grotescamente con el desbocado y salvaje ritmo cardíaco que sabía que estaba provocando en su interior.

El parpadeo de Liam fue imperceptible, pero la rigidez instantánea de sus músculos delató el impacto que le causó verla allí. Sus ojos oscuros, oscurecidos por el esfuerzo físico y la fatiga mental, se clavaron en la bandeja de plata con una desconfianza visceral.

Para el ejecutor, la imagen de Victoria plantada en medio del gimnasio con una toalla y un vaso de agua fresca no encajaba con ninguna lógica conocida. Era un contrasentido absoluto. Ella, la estratega altiva que horas antes lo había mirado con una furia contenida por haberla dejado a medias, ahora adoptaba el papel de la esposa complaciente y solícita.

Y eso, para la mente paranoica de Liam, era mil veces más peligroso que una pistola apuntándole al pecho.

Dio un paso hacia atrás, respirando con pesadez, mientras el agua helada con limón dentro del vaso de cristal tallado parecía mirarlo con burla. En su cabeza, las piezas encajaron de inmediato con una nitidez paranoica: Victoria no estaba allí por compasión. Estaba cazando.

La visualizó exactamente como a la bruja de los cuentos clásicos, ofreciéndole a la Bella Durmiente una manzana acaramelada y brillante que ocultaba un veneno mortal debajo de la cobertura dulce. Un anzuelo perfecto para obligarlo a bajar la guardia, tragar el veneno y dejarlo a su merced.

—Guárdate el papel de esposa devota, Victoria —escupió Liam con una voz áspera, la mandíbula tensa y los nudillos aún sangrando ligeramente—. No te queda.




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