Alianza de Cristal

Capítulo 34: El veredicto de las matriarcas

La llamada "mansión" —una estructura de piedra gris y ventanales blindados en las afueras de la ciudad, donde las familias los habían confinado para forzar la convivencia antes de la boda oficial— apenas llevaba una semana albergando su tormentosa tregua. Siete días exactos desde que los portones se cerraron tras ellos, obligando al ejecutor del sindicato y a la estratega a medir sus fuerzas bajo el mismo techo. Para el mundo exterior, el tiempo corría normal; entre esas paredes, cada hora se sentía como un pulso de supervivencia.

Eran las 11:00 de la mañana en punto. El silencio de la propiedad, interrumpido hacía apenas unos minutos por el berrinche infantil de Liam en el gimnasio, se vio sacudido por el sonido inconfundible de gravilla crujiendo bajo los neumáticos de un vehículo pesado.

Un sedán negro de vidrios polarizados se detuvo con elegancia frente a la escalinata principal.

Victoria, que acababa de subir del gimnasio y se encontraba en el salón principal terminando de acomodarse la bata, detuvo sus pasos en seco. A través de los visillos de la ventana, vio abrirse la puerta del coche.

La mujer que descendió lo hizo con una gracia tan intimidante que parecía cortar el aire. Tacones altos pisando con firmeza, un abrigo largo de cachemira impecable y una expresión de fría autoridad que no admitía réplica. Era su madre, la matriarca de la familia, una de las arquitectas silenciosas del pacto que unía a los clanes.

Unos segundos después, Liam bajaba las escaleras del ala oeste con el pelo todavía húmedo y una camiseta oscura ajustada, habiéndose cambiado de ropa tras su huida del gimnasio. Al ver a Victoria detenida junto a la ventana con expresión calculadora, se detuvo en el descanso, siguiendo la dirección de su mirada.

El timbre de la puerta resonó en el vestíbulo como un disparo.

La puerta se abrió antes de que el servicio pudiera siquiera asomarse. La madre de Victoria entró en la mansión con la soltura de quien es dueña absoluta del terreno, seguida de cerca por un par de escoltas que se quedaron custodiando el umbral exterior.

—Veo que al menos no se han matado entre ustedes —fue lo primero que dijo la mujer, recorriendo con una mirada clínica el estado del recibidor y deteniéndose en ambos jóvenes—. Buenos días.

Victoria cruzó los brazos sobre el pecho, adoptando una postura de fría compostura, mientras Liam bajaba los últimos escalones con los músculos nuevamente en tensión, cruzándose de brazos a poca distancia de ella. Ninguno de los dos habló; sabían perfectamente que en ese juego el silencio era un escudo, y que las visitas sin previo aviso de las matriarcas nunca traían buenas noticias, a menos que el balance del poder hubiera basculado hacia su favor.

La madre de Victoria avanzó hasta el centro de la sala, se quitó los guantes de piel con parsimonia y los depositó sobre una mesa auxiliar antes de mirarlos fijamente a los ojos, con una sonrisa sutil y calculadora dibujada en los labios.

—Vengo de una reunión de la cúpula con los Vance —comenzó diciendo, su voz resonando con autoridad en la estancia—. Se han revisado los reportes de rendimiento, la estabilidad de las rutas del este y el control de los activos en el internado.

Hizo una pausa dramática, dejando que la tensión flotara en el aire unos segundos, antes de dictar sentencia:

—Ambas familias están de acuerdo. Han cumplido con creces las expectativas. El experimento de aislamiento en esta casa ha terminado con éxito.

Liam frunció el ceño, apretando ligeramente la mandíbula, mientras Victoria mantenía la mirada fija en su madre, procesando de inmediato las implicaciones de lo que venía.

—A partir de este momento —continuó la matriarca, ajustándose el cuello del abrigo con elegancia—, el periodo de prueba ha concluido. Recojan sus cosas. Ambos van a mudarse de inmediato bajo el mismo techo principal: la mansión de la familia Vance, donde terminarán de consolidar esta unión antes de la ceremonia definitiva.

La noticia de la matriarca cayó en el vestíbulo con el peso de una sentencia inalterable. Sin embargo, en el instante exacto en que la palabra "mudanza" cruzó los labios de su suegra, un destello fugaz, intenso y salvaje iluminó el fondo de los ojos oscuros de Liam.

Libertad.

Abandonar el confinamiento de aquella mansión de prueba significaba romper los límites estrictos del perímetro vigilado. Significaba moverse con mayor margen en los muelles, recuperar el control absoluto de sus operaciones sin la constante supervisión de los emisarios del consejo y, sobre todo, dejar atrás el encierro asfixiante que lo había llevado al límite con Victoria. Por un segundo, la idea de pisar un territorio más amplio y dinámico le supo a victoria pura.

Pero el ejecutor del sindicato jamás mostraba sus cartas a la primera. Menos aún frente a las matriarcas.

Relajando los hombros con una lentitud estudiada, Liam desvió la mirada hacia el ventanal y soltó una exhalación burlona, adoptando de inmediato su habitual fachada de absoluto desinterés. Metió las manos en los bolsillos de los pantalones oscuros, encogiéndose de hombros con una indolencia calculada que exasperaba a cualquiera que lo conociera a medias.

—¿Mudarnos a la boca del lobo con los Vance? —dijo Liam, arrastrando las palabras con una pereza cínica, mientras una media sonrisa torcida se dibujaba en la comisura de sus labios—. Vaya, qué emocionante. Casi se me saltan las lágrimas de la emoción, señora. Pensé que nos dejarían un par de semanas más jugando a las casitas en este agujero perdido.

La madre de Victoria le dedicó una mirada gélida y cortante, acostumbrada a los desplantes del muchacho.

—Guardate la insolencia para el consejo, Liam. Los autos de los Vance estarán aquí en una hora para recoger sus cosas. Más les vale que la fachada de pareja devota esté bien ensayada cuando crucen esas puertas, porque allá nadie perdona un paso en falso.




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