Alianza inesperada

Capitulo 1

El hiperespacio se desplegó en líneas azuladas a través del ventanal de la nave Tariax. Marina tenía una pierna cruzada sobre el tablero de control, el bláster a su alcance, y la mirada fija pero ausente, como si buscara algo más allá de las estrellas.

Un pitido agudo la distrajo de sus pensamientos, volviéndola a la realidad. Fijo su mirada en la consola principal, en donde figuraba la entrada de una transmisión codificada. Frunció el ceño y aceptó la conexión. La imagen que apareció era la habitual: su empleador, un tipo canoso con barba mal recortada, ojos desconfiados.

—Llevaras el cargamento que recogiste al sistema O'drava — dijo sin saludar, como si estuviera apurado por sacarse de encima la conversación — Treinta mil créditos si lo entregás sin abrir. No preguntes qué contiene. No te metas en líos. Y, Briss...

Ella alzó una ceja con fastidio.

—¿Qué?

—No te desvíes. Esa zona está plagada de escoria pirata.

Marina hizo girar el asiento sobre un eje, con una sonrisa torcida. Disconforme con la misión que le fue encomendada.

—Treinta mil apenas cubre el combustible y los riesgos. ¿Qué pasa Frank, no hay más fondos en tu sucia red de contrabandistas?

—Es lo que hay, esperemos que vuelvas viva para cobrarlo.

La transmisión se cortó con un zumbido seco. Marina quedó mirando la pantalla negra durante un segundo. Finalmente solto una carcajada irónica, aunque el mal presentimiento en su nuca seguía allí. Algo no cuadraba.
Con un suspiro pesado activó el protocolo de rastreo oculto, ajustó los escudos laterales y descendió hacia el planeta marcado, O'drava, un mundo envuelto en brumas violetas y rodeado de anillos de asteroides.

Al aproximarse a la órbita baja, una silueta se cruzo en su camino. Era una nave gigante y amenazante, ya sabía de quienes se trataba.

—Separatistas por aquí quien lo diria — murmuró, clavando los ojos en el monitor.

Antes de que pudiera siquiera cambiar el rumbo, un campo de interferencia envolvió su nave. Las luces parpadearon y los sistemas colapsaron un segundo como si la nave hubiera sido golpeada por una pared invisible. Las alarmas aullaron presintiendo el peligro.

De las sombras emergió otra nave, más rápida y peligrosa. Marina intento retroceder pero esta bloqueó su trayectoria de escape. La voz inconfundible del general Grievous resonó por la radio, con ese tono que podía helar la sangre de cualquier ser vivo.

—Identifíquese. Este es un corredor restringido de la Confederación. ¿Para quien trabajas?

Marina soltó un bufido, apretando el comunicador.

—Trabajo para mí. Tranquilo general, solo estoy de paso. ¿Siempre reciben a los visitantes con cañones listos para disparar?

—Nadie llega aquí por casualidad.

La nave de Grievous se posicionó justo al lado de la suya, como un depredador que evalúa si vale la pena cazar o jugar con su presa. Marina apretó los dientes, tomó su bláster y activó los escudos internos.

—Perfecto —murmuró con ironía — El día no podía ir peor...

Y entonces, como si el universo le respondiera con una risa cruel, una alerta saltó en su tablero: múltiples formas de ataque aproximándose. Desde los anillos de asteroides surgieron naves oxidadas, con motores rugientes y cañones improvisados. Piratas. Y no venían a negociar.

—¡Emboscada!— bramó Grievous, y su nave se deslizó con fiereza para cubrir la retaguardia de la Tariax

Marina dio un giro evasivo. Un rayo láser rozó el ala izquierda de su nave.

—¿¡No eran tus amigos esos!?— rugió a través del comunicador.

—¡No juego con carroña!— replicó el general, y su nave destruyó a uno de los atacantes con un disparo quirúrgico.

Los piratas eran como una plaga de langostas metálicas. Marina maniobró con desesperación, esquivando ráfagas que iluminaban el espacio. Los escudos se debilitaban. Las alarmas no paraban, su nave no resistiría por mucho más tiempo.

—¡Estás en medio del fuego cruzado, cazarrecompensas!— bramó Grievous esquivando los ataques—¿Qué demonios estás transportando?

—¡Nada que te interese, pedazo de chatarra con patas!

—Entonces muere con tu secreto.

Un disparo atravesó el casco trasero. La Tariax perdió presión. Marina fue lanzada contra la pared interna. El zumbido del sistema de emergencia la obligó a arrastrarse hasta la cápsula de aterrizaje.

—¡Tengo que bajar! ¡Esto no va a aguantar otra pasada!— gritó por la radio.

Por un momento creyó que Grievous la dejaría morir. Pero su nave descendió junto a la suya, protegiéndola de los disparos piratas como si de pronto compartieran un mismo destino.

Ambas naves cayeron como meteoritos ardientes sobre la atmósfera de la luna Tharnis que orbitaba alrededor del planeta O'drava. Aterrizaron entre dunas y rocas solidas.

Marina salió tambaleante, apuntando su bláster con la vista aún borrosa. Frente a ella, entre el vapor, emergió la figura imponente del General Grievous. Su armadura brillaba a través de la arena que flotaba entre ellos, y sus ojos mecánicos eran dos carbones encendidos de furia contenida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.