Dentro de la pequeña cueva rocosa que les servía de refugio improvisado, Marina yacía tendida sobre una manta, con la herida en su abdomen aún fresca.
La cazarrecompensas respiraba con dificultad, tenia el rostro sudoroso pero desafiante. A su lado, el imponente General Grievous permanecía de pie con los brazos cruzados.
—¿Sigues vigilándome porque te preocupa que escape o porque te estoy empezando a gustar, lata oxidada? —dijo Marina, esbozando una sonrisa sarcástica, aunque su voz se quebró un poco por el dolor.
Grievous emitió un gruñido metálico, pero sus sensores ópticos parpadearon con una luz más tenue.
—Si quisiera eliminarte, ya estarías muerta —respondió seco—. Pero me interesa lo que sabes... y lo que no has dicho aún.
—¿Te refieres al trato con mi empleador, Frank? —replicó Marina, intentando incorporarse con esfuerzo—. Supongo que eso ya no importa. El maldito traidor me vendió también a mí.
Grievous la observó por un largo segundo, evaluando cada microexpresión de su rostro.
—Varnax no apareció por coincidencia —continuó ella—. La señal de auxilio que envié antes de caer estaba manipulada... dirigía a cualquiera a nuestra ubicación. Incluido a ese psicópata.
El General caminó lentamente hacia ella.
—Frank era uno de los míos. Se encargaba de interceptar información de inteligencia y gestionar rutas seguras para mis desplazamientos. Que haya entregado esa información... significa que no actúa solo.
—Tienes una rata en tu fortaleza, Grievous —murmuró Marina con una mueca—. Y yo tengo parte de los datos cifrados que te ayudarán a encontrar a esa rata. Creo que nos necesitamos.
El silencio se asentó brevemente entre ellos, pesado y denso como la atmósfera tóxica que rodeaba al lugar. Marina lo sostuvo con la mirada, sin miedo. Grievous asintió finalmente.
—Descansa. Al anochecer activaremos el transmisor. He reparado parte del comunicador de largo alcance. Si nadie nos responde... improvisaremos.
—¿Y si Frank intercepta la señal? —preguntó ella con voz más seria.
—Entonces le mostrare que aún no sabe con quién trata —respondió Grievous amenazante.
—Me agrada su plan, general
(...)
Horas más tarde, cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de las dunas infinitas, la temperatura descendió en picada. Marina estaba sentada, envuelta en una manta térmica, mientras observaba los dedos mecánicos de Grievous maniobrar con precisión sobre el panel improvisado del transmisor.
—Admito que no pensé que sabías hacer otra cosa más que matar —dijo ella con una sonrisa torcida.
—Los soldados inútiles mueren rápido. Yo aprendí a no depender de otros —le respondió sin apartar la vista de su trabajo.
—Interesante... porque justo ahora estás dependiendo de mí.
—La que esta herida eres tu, no yo
—Pero yo tengo la información que necesitas, ¿no? Sino porque me dejarías viva... quieres saber quién te traicionó
Grievous volvió la cabeza lentamente hacia ella. En lugar de la respuesta sarcástica que esperaba, él inclinó apenas el mentón.
—Tienes razón. Y eso me irrita más de lo que imaginas.
Una chispa de tensión eléctrica pareció recorrer el aire entre ellos. Marina lo notó, y por primera vez no respondió con una broma. Solo asintió, como si entendiera demasiado bien lo que implicaba para alguien él confiar en otro ser vivo.
Un zumbido agudo surgió del transmisor. Ambos se pusieron alerta. En la pantalla saltó una señal: alguien había recibido el mensaje. Pero en lugar de una respuesta directa, solo apareció una coordenada codificada.
—¿Reconoces eso? —preguntó Marina.
Grievous guardó silencio unos segundos. Luego murmuró:
—Es una base abandonada de almacenamiento de la Confederación. Nadie debería tener acceso a esa red.
—Salvo tu rata.
—Salvo mi rata —repitió él, con un siseo gélido.
De pronto, una detonación sacudió el terreno. Una roca cercana estalló en mil fragmentos y Marina rodó por instinto. Grievous la cubrió con su capa mientras se erguía.
—¡Emboscada! —gritó ella, sacando su bláster.
De entre las sombras apareció una figura alta y encapuchada. Varnax había vuelto, aunque su aspecto parecía más salvaje. Sus ojos brillaban con locura mientras blandía dos espadas láser
—¿Como un cazador tiene sables de luz? ¿Eres un sith?— preguntó Grievous soltando un gruñido.
Varnax lo ignoró y fijo su mirada en su objetivo.
—Marina... —gruñó, casi con ternura venenosa—. Pensaste que podías matarme, ¿no? Que podías desaparecer como si no fueras nada...
Marina retrocedió instintivamente y Grievous dio un paso al frente, colocándose parcialmente delante de ella. Varnax rió al verlo.
—¿Así que ahora eres su perro guardián, general? —escupió con desprecio—. Ella me pertenece. ¡Nadie me arrebata mi presa!