La oscuridad era espesa y sofocante, interrumpida solo por la intermitente luz roja de un generador averiado. Marina yacía en el suelo, encadenada por las muñecas a unos ganchos colgantes.
-¿Lo sientes?- la voz de Varnax interrumpió el silencio- La soledad. La idea de saber que no hay nadie que venga a buscarte.
Marina alzó la cabeza con esfuerzo. Tenía la cara hinchada por los golpes, la ropa manchada de polvo y sangre seca. Aun así, arqueó una ceja, desafiante.
-Tu aliento sigue siendo peor que tu ego.
Él se aproximó sin apuro, arrastrando las botas sobre el metal oxidado. Rodeó su cuerpo encadenado como un cazador que ya había atrapado a su presa, deleitándose con la quietud del sufrimiento ajeno.
-Me diste por muerto. Me enterraste. Y aun así...- extendió una mano, tomándola del rostro con una delicadeza inquietante- sigues siendo mia
Ella giró el rostro, conteniendo una arcada. La mano de Varnax se deslizó por su cuello hasta detenerse en su pecho, empujándola apenas hacia la pared metálica.
-¡No me toques!- rugió ella, con odio contenido.
-Tus gritos eran iguales cuando te cazaba en Nox-Terra -murmuró, acercando sus labios al oído de ella-. Solo que ahora no podras correr.
Marina cerró los ojos un segundo, tratando de controlar el pánico. El sarcasmo era su escudo, pero las fisuras se ensanchaban a cada minuto que pasaba con él.
-¿Qué quieres de mi, Varnax?
-Lo mismo que siempre -respondió él, con una sonrisa torcida-. Ver cómo te rompés. Pero esta vez, voy a asegurarme de que no quede nada para reconstruir.
Y lo hizo. No con cuchillas, sino con palabras, juegos mentales, hambre y privación.
Pasaron días. En las que estuvo aislada, encadenada y sometida a cambios constantes de temperatura. En ocasiones, la cámara se volvía una heladera; en otras, un horno.
Varnax aparecía cuando se le daba la gana, hablaba sin pausa, la manipulaba, le mentía. En alguna ocasión la drogó con gases psicoactivos para que alucine con visiones de su infancia, de su madre pidiéndole ayuda.
Le robaba el sueño. Le arrancaba la noción del tiempo.
-Ya nadie te busca -le susurraba mientras le apoyaba una daga helada en el muslo- Eres basura olvidada. Y yo soy lo único que queda.
La tocaba. Nunca del todo, pero lo suficiente para hacerla sentir que el siguiente paso sería peor. Su control era sádico, frío y premeditado. Cada vez que ella cerraba los ojos, lo veía acechando en la oscuridad.
Cuando finalmente se atrevió a gritar, lo hizo sin palabras. Solto un sonido seco y desesperado.
Y él disfrutó cada segundo.
-Grievous no vendra a rescatarte-dijo una noche, viéndola temblar en el rincón de la celda, encadenada por el cuello esta vez-. Ese monstruo te usó. Como todos. Como siempre hacen contigo porque no eres importante para nadie, cariño
Marina ya no respondió con sarcasmo esta vez. Solo bajó la vista, resignada. Y Varnax sonrió al conseguir su objetivo.
-Al fin.
Esa fue la última vez que la dejó sola.
(...)
Desde la distancia, el visor térmico de Grievous captó el leve pulso vital en la estructura. No sabía cuánto tiempo había pasado. Solo que las señales que ella había dejado -débiles, casi imperceptibles- estaban hechas para él. Como un rastro secreto que solo él sabría leer.
No venía por ella. Eso se decía.
Sin embargo, la imagen proyectada en su memoria no era un código ni una ruta secreta. Era Marina colapsando frente a él, siendo atrapada por una maquina que la arrastraba lejos de el por el desierto. Y algo en eso... lo había dejado temblando.
Saltó entre escombros, aplastó la vigilancia automatizada con sus brazos metálicos y se infiltró como un espectro. No hubo misericordia. Solo el sonido sordo de huesos rotos, chispas y acero. Todo un deleite para el.
Hasta que la vio.
Marina colgaba, casi sin fuerzas. Su traje estaba rasgado, sus costillas marcadas por moretones. Tenía un corte profundo sobre la ceja, otro en su abdomen, y un leve rastro de sangre bajándole por el cuello. Aun así, sus ojos no estaban vacíos. Eran puro desafío.
Grievous se quedó inmóvil, con la respiración agitada. La escena lo paralizó.
Entonces, Varnax apareció de nuevo, sin percatarse aún de su presencia. Se acercó a Marina, acariciándole la mejilla con una navaja. Ella no reaccionó. Solo se tensó. Había miedo en su mirada, aunque tratara de ocultarlo y eso dejó a Grievous inquieto. ¿Qué le había hecho ese monstruo? ¿Dónde quedó aquella chica ruda y sarcástica que conoció semanas antes?
-¿Sabés lo que más me gusta de ti Marina? -murmuró Varnax, con una sonrisa torcida- Que incluso rota, seguís mirándome como si tuvieras poder aunque tiembles. Eso me encanta.
Ella lo escupió. Pero sin fuerzas.
Él la sujetó del mentón, apretandola con furia. Su otra mano descendió por su cintura.
-¿Qué te dije sobre llevarme la contraria?- murmuró tocando su pierna, mientras con su navaja le hacia un corte en su pecho- tendré que castigarte un poco más, y sabes que me fascina hacerlo