Alicia (spin off saga cliché love)

Extra regalo - epílogo

Diez años después…

Alicia golpeteaba su pie entretenida con la música infantil que provenía desde el exterior, en el gran parque que la mansión vacacional Baron tenía. En sus brazos el jovenzuelo que bebía de su pecho entretenidamente había dejado de hacerlo hacía varios minutos atrás y ahora estaba utilizando su pezón como un chupón mientras raspaba con sus uñitas las pequeñas cicatrices de su escote.

Ella sonrió enternecida. Su hijo parecía adorar tener algo con lo que entretenerse mientras mamaba de su pecho y a ella esas cicatrices ya no la avergonzaban más.

—¡Mamá! —una pequeña cabellera rubia, casi blanca, ingresó a toda velocidad a la cocina. —Papá ha caído de bruces del tobogán. Estaba intentando salvar a Kevin y ha resbalado…

Ella entrecerró sus ojos y suspiró.

—Y se ha ensuciado la ropa, supongo —fingió disgusto y su hermoso hijo mayor, William, movió su cabeza afirmativamente. Era obvio que su padre lo había enviado como chivo expiatorio para suavizar el terreno con ella. Y ante ese pensamiento, el susodicho apareció. Él traía entre sus brazos a otra de sus copias idénticas mientras le hacía monerías con la nariz. —Sergio —jadeó cuando vio la camisa rosa toda manchada de kétchup y mostaza. —¿Qué… te pasó? —se tragó una maldición. A ella le costaría un infierno quitar esas manchas.

—He resbalado del tobogán—contestó su pareja con simpleza y una sonrisa. La misma que compartía con sus tres hijos. El chiquillo Lovensko no había perdido el tiempo y transcurrido diez años desde que se encontraran de nuevo, había puesto a tres hermosos bebés en su barriga. Alicia era, a sus cincuenta y cinco años, la madre de su pequeño ejercito personal de Lovenskos. —No te enojes, estrellita. Juro que yo mismo fregaré la tela.

—Mentiroso —dijo ella con ojos entrecerrados. —Lo mismo dijiste del sweater melocón* que manchaste con salsa barbacoa.

Él enseñó sus hermosos dientes.

—Era hilo, mi amor. ¿Cómo querías que fregara…?

En ese momento las palabras de Sergio fueron interrumpidas por la silueta de Adali, la esposa de Khalil, entrando a la cocina. La muchacha era agradable y a pesar de que los medios de comunicación dijeran que era inaccesible y fría como el hielo, ella sabía cómo entretenerse con los amigos de su esposo. Era la mas jovencita de todos y al principio había parecido un pollito asustado. A diferencia de su pareja que se unió al grupo como si siempre hubiesen sido amigos.

Sergio sonrió ampliamente, sintiéndose salvado.

—Ah, Adali ¿quieres que te ayude con eso?

—Son sándwiches solamente…. —él le entregó al joven Kevin a ella y tomó la bandeja que cargaba. —Yo lo llevo, saludaré a Khalil.

Adali frunció el ceño.

—Pero si estabas con él… —vio a Sergio marcharse y se volvió a hacerle una sonrisa a Alicia que ahora golpeaba suavemente la espalda de su bebé. —¿Escapó de una regañina?

Ella se encogió de hombros.

—Volverá. Siempre lo hace —y así era, no tan solo para las regañinas. Alicia confiaba absolutamente en su hombre, el mismo que la enamoraba día a día y que la hacía sentir completa. Después de tantos años juntos, ellos aún se trataban como el primer día, ella no sabía cómo, pero junto a Sergio sentía que su amor se fortalecía minuto a minuto.   

La puerta tras ellas se abrió y una silueta familiar ingresó a la cocina.

—¡Bibi! Llegaste —gritó la rubia y espantó a su bebé. La reina de Liechtenstein sonrió cálidamente y recibió su beso, tras ella el príncipe Laurie saludó y después las gemelas. A lo último Daniel, pero a Alicia le gustaba molestarlo haciéndole creer que olvidaba saludarlo. —¡Ow! Mírense, príncipes. Tan grandes y hermosos.

Laurie, de catorce años ahora, sonrió y pidió al bebé en sus brazos. El príncipe heredero de Liechtenstein era encantador en todas sus facetas, y la de cuidador era una de las mejores. Él parecía haber sido parido para hacerse cargo del reinado del que su padre tantas veces renegó en el pasado.

Bibi y Daniel junto a las gemelas, dieron los saludos pertinentes y salieron al jardín para saludar a la cumpleañera. Victoria, la primera hija de Nicholas y Dolores se encontraba cumpliendo su primera década de vida.

—No sentí a su seguridad —dijo Alicia mientras lo miraba hacerle morisquetas a su niño. Laurie levantó la cabeza y un par de sus rizos rubios cubrieron sus pestañas. —Siempre hacen un gran escándalo cuando vienen.

—Es que no es un viaje oficial —contestó el muchacho con perfecto acento y miró a Adali que se había quedado con ellos. —Quiere decir que no se encuentra en la agenda de la realeza. Papá no quiere que la prensa nos atosigue.

—Pensé que no vendrías —Alicia se sentó a su lado. —Como estas tan ocupado ahora con tus cosas de príncipe.

Laurie rio.

—Tía Dolores no me lo perdonaría. Además, tenía que conocer a este caballero —el bebé gorjeó en sus brazos. —¿Cómo has estado, tía Alicia? Mamá dijo que tuviste un cuadro de anemia. Lamento no haber podido viajar, no estaba autorizado hasta que finalizara mis exámenes. Pero, ¿recibiste las flores que envié?

 Ah, el chiquillo era encantador.

—Sí, las recibí todos los días que las enviaste.

—Excelente, entonces.

***

Después de cantar el feliz cumpleaños y llenar todas las barrigas de pastel, fue el momento de los adultos de disfrutar de la noche cálida.

Alicia miró a su alrededor y agradeció a los cielos las bondades que habían recibido tanto ella como sus amigas. Cerca de la parrilla, Dolores y Nicholas conversaban animadamente mientras él sostenía una copa de vino. Alicia bajó la mirada en Dolores y se sintió contenta por el nuevo Baron en camino, esta vez la vida los estaba premiando con el primer varón de la familia y su corazón se contentaba por ellos. Bibi por otra parte conversaba entretenida con Adali y tenía a una de sus gemelas en su regazo. La niña peinaba entretenida el cabello rubio de su madre, a diferencia del castaño que ella y su hermana tenían. Las dos niñas parecían copias de su tía Catalina y habían nacido con muy pocos rasgos de su madre, pero igual de encantadoras.




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