Mía Montenegro.
La lluvia de Nueva York golpeaba los cristales de la sala de emergencias con una fuerza salvaje, como si el cielo compartiera la misma agonía que me estaba consumiendo por dentro. El aire no me alcanzaba. Cada bocanada que intentaba dar se sentía como tragar vidrio molido, y el pitido incesante del monitor a mi lado me recordaba que a mi propio cuerpo se le estaban acabando las excusas para seguir luchando.
A mis veintidós años, mi vida se reducía a esa camilla fría de un hospital público, al olor a antiséptico y a las manos de una enfermera anciana que me sostenía con lástima. Yo era solo una joven humilde costurera que vivía al día; no tenía dinero, no tenía influencias y, según el médico que acababa de entrar a la sala con el rostro sombrío, tampoco tenía tiempo.
—Mía... —el doctor se inclinó hacia mí, ajustándome la máscara de oxígeno—. Tu miocardiopatía ha entrado en la fase terminal. Tus pulmones se están llenando de líquido porque tu corazón ya no tiene fuerzas para bombear. Los medicamentos dejaron de hacer efecto.
Me quité la máscara un centímetro con los dedos temblorosos. La piel me ardía de la fiebre y el cansancio.
—¿Cuánto... cuánto me queda, doctor? —mi voz no fue más que un hilo de voz, un susurro frágil que casi se ahogó en el ruido de la tormenta.
El médico evitó mi mirada por un segundo antes de hablar con una crudeza que me heló la sangre.
—Horas, Mía. Quizás un par de días si tu cuerpo resiste. Necesitamos un milagro. Un trasplante urgente, pero estás muy abajo en la lista de espera pública y no tienes los recursos para un traslado privado...
Una lágrima ardiente resbaló por mi mejilla, perdiéndose en el plástico de la máscara. Pensé en mi pequeño cuarto, en los vestidos a medio coser que se quedarían sobre la mesa, en lo mucho que quería vivir, viajar, conocer el amor... en todo lo que se me estaba escapando de las manos por el simple hecho de ser pobre. Cerré los ojos con fuerza y, desde lo más profundo de mi alma rota, lancé una sutil súplica al vacío.
«No quiero morir... Dios, por favor. Quiero vivir. Déjame vivir».
De repente, un sonido estridente rompió el ambiente fúnebre. El teléfono del doctor vibró con violencia en su bolsillo. Él contestó a toda prisa, frustrado, pero a los pocos segundos vi cómo sus ojos se abrían de par en par. Se giró para mirarme con una mezcla de shock y absoluta incredulidad.
—¿Un donante compatible? ¿En el hospital presbiteriano? —el doctor casi gritó por encima del ruido de las máquinas—. Sí, sí, entiendo. Preparen el quirófano de inmediato. Trasladen a la paciente Montenegro ahora mismo. ¡Muévanse!
El médico colgó y se arrodilló al nivel de mi camilla, tomándome de los hombros con una emoción que me hizo temblar.
—Mía, mírame. Alguien acaba de morir... una mujer joven en una clínica privada, y sus padres acaban de autorizar la donación de sus órganos. Eres compatible con ella en un noventa y un por ciento. Tu milagro está aquí. Te van a operar ahora mismo.
El corazón que me estaba matando dio un vuelco violento, como si supiera que eran sus últimos minutos dentro de mi pecho. Los camilleros entrararon corriendo, el techo del hospital comenzó a pasar a toda velocidad sobre mis ojos y el caos de las sirenas se apoderó de la noche.
Mientras me deslizaban hacia el quirófano, me llevé la mano temblorosa al centro del pecho. Sentí esos latidos agónicos, débiles, y pensé en esa persona desconocida que, al apagarse, me estaba encendiendo a mí.
—Gracias... —susurré hacia la nada, con los ojos empañados en lágrimas—. Te prometo que voy a cuidar de tu corazón. Lo haré latir con todas mis fuerzas. Por las dos.
En ese momento, anestesiada y al borde del desmayo, yo no tenía idea de que a solo unos kilómetros de distancia, un frío y amargado magnate llamado Alexander Vance lloraba con rabia ciega sobre el cuerpo sin vida de su prometida. No sabía que el corazón que estaba a punto de salvarme la vida traería consigo sus propios recuerdos, sus propios secretos y una atracción magnética hacia un hombre de hielo que jamás había visto.
Yo solo sabía que quería vivir. No me imaginaba que el precio de mi salvación sería quedar encadenada al destino de un monstruo corporativo que me amaría y me destruiría con la fuerza de un corazón que, antes de ser mío, ya le pertenecía a él.
Alexander (Xander) Vance.
La lluvia de Nueva York golpeaba con una fuerza salvaje los cristales de mi oficina en el último piso de la Torre Vance. Las luces de la ciudad abajo se desdibujaban, borrosas, como si el mundo entero se estuviera deshaciendo. En mi mano derecha sostenía un vaso de whisky intacto; en la izquierda, un informe médico que amenazaba con destrozar entre mis dedos.
A mis treinta y dos años, se decía en Wall Street que yo era un hombre implacable, el depredador definitivo del mundo corporativo. Pero esa noche, mis miles de millones no servían para nada. No podían comprar lo único que le suplicaba al maldito universo: tiempo.
La puerta se abrió con un roce suave. Marcus, mi abogado y único amigo, entró con el rostro sombrío. No necesité que hablara para sentir el primer hachazo de hielo en el pecho.
—Alexander —su voz sonó baja, arrastrando una lástima que me revolvió el estómago—. Los médicos del hospital presbiteriano acaban de llamar. La situación de Katherine no ha cambiado. El daño cerebral tras el accidente es irreversible. Está en estado vegetal... puramente mecánico.