Amada amante.

No caigas tan fácil

Buen día Señorita- dijo Martín cruzando las piernas.
-¡Sacame de aquí! te lo ruego- dijo Martha-
-Aun no se si haz aprendido la lección además te sienta bien la camisa que llevas-dijo este refiriéndose a la camisa de fuerzas-
-Por favor- rogó Martha con los ojos llenos de lágrimas, creía ella en su interior que si pasaba una semana más en ese lugar ahora si se volvería loca. Nunca pensó que su vida podría terminar así solo por desear una vida más austera; pero después de muchos días de alucinar a causa de la droga especial en su cuerpo entendió que si el destino quiere que ella lo tenga se lo pondrá en el camino.
Vio que Martín estaba apunto de irse y ella se levantó y arrodilló delante de él.
-Por favor, ya entendí, ya entendí, ya entendí, por favor déjame ir- dijo ella tomando las piernas de Martín con fuerza-
-Si te dejo salir, ¿podrás volver a tu trabajo sin pensar en que el señor te ve con otros ojos?-pregunto Martín colocándose de cuclillas para tomar el mentón de la mujer en el suelo.
-Si puedo conservar mi trabajo, yo solo me dedicaré a trabajar, nunca más veré al señor con otros ojos- dijo Martha con esperanza-
-Debe entender que esto es solo una lección de lo cruel que pueden llegar a ser con usted si vuelve a hacer, decir o pensar en su jefe; la próxima vez talvez termine como ella- dijo señalando a la mujer del final del pasillo.
Esta mujer tenía la cara y todo su cuerpo desfigurado, le faltaban los ojos, no tenía una mano, su cabello eran solo unos cuantos mechones y no podía moverse de su lugar, razón por la que tenía una silla especial para mantenerla segura.
Martín hizo señas a un enfermo y señaló la mujer, este solo asintió y fue por ella; al momento de estar junto a Martín está empezó a temblar y las lágrimas caían de su cara.
Martha se levantó de inmediato para alejarse ya que la mujer daba miedo solo de verla de lejos ya que parecía un monstruo horrendo.
-Ella es Samantha; Samantha te presento a Martha- dijo este haciendo presentaciones como si de un encuentro casual se tratara-
La mujer en la silla de ruedas solo temblaba, pero con dificultad pudo articular unas palabras.
- Dé, de, de-ja-me... mo, mo, mo-rir-dijo ella con la cara llena de lágrimas-
Martha se horrorizó al escucharla hablar, parecía que voz eran como uñas en una pizarra, pero lo peor ella solo perdía morir.
-¿Que hizo?- preguntó, pero no debía hacer eso, ya en su interior ella tenía la respuesta-
-Desear lo ajeno fue su pecado, creer que podía hacerle daño a la señora sin consecuencias fue su error, ella fue la que drogó a la Señora el día de la pelea hace 4 años, su contrincante casi la deja inválida pero gracias al esfuerzo de ella para descubrir la verdad dimos con esta-refieriendose a la mujer en la silla de manera despectiva-una de las amantes de nuestro jefe; ya se le había dado una lección pero no entendió y ve ahora las consecuencias- dijo Martín como si de alguna competencia de tratara-
-La señora Camil hizo esto- dijo ella-
-Esto lo hizo el jefe y eso que en ese momento el no la consideraba en nada su esposa apesar de serlo en papel- contestó Martin-
-Ya entendí- su cara de horror no hacía más que hacer el orgullo en su interior-  por favor sacarme de aqui- volvió a decir horrorizada-
-Esta bien ordenaré tu salida y te incorporaras de nuevo al trabajo; de lo que ha pasado aquí nunca debes mencionarlo a nadie por nada del mundo o ese día se acaba tu suerte. No vuelvas a caer sino esto es poco a comparación con lo que puede llegar a suceder- dijo Martín-
Luego se dio la vuelta para señalar a un enfermero quien le entregó a Martha una bolsa que llevaba ropa.
-Recuerda algo importante: La señora no es tan cruel como lo es Anthon; ella prefiere una muerte rápida y él - hizo una pausa para mirar a la desfigurada mujer-  bueno ya lo viste-dijo Martín dándole una sonrisa diabólica.
Martha salió ese día del psiquiátrico en un auto diferente al que Martín llevaba, se le dio una semana para que descansara y si quería podía volver a su trabajo o irse.
Ella sabía que no podría obtener otro empleo si se marchaba así que con el miedo que ahora le provocaba estar cerca de su jefe le hizo frente a volver.
Martha jamás volvió a acercarse más de lo necesario o a dirigirse con familiaridad a su jefe después de eso; todas las noches tenía pesadillas con lo vivido en esas tres semanas en ese lugar.

 




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