
Dante
Dicen que el odio entre nuestras familias nació por una vieja costumbre. Qué mentira tan conveniente. Las costumbres pueden romperse; lo nuestro no.
Lo nuestro nació mucho antes de que yo existiera. Es una herencia podrida que pasa de padres a hijos como si el odio corriera por la sangre. Una deuda que ninguno de nosotros contrajo, pero que todos estamos obligados a pagar. Nos enseñaron a disparar antes que a perdonar, a desconfiar antes que a escuchar, a odiarnos antes incluso de aprender nuestros propios nombres.
Y, aun así, me enamoré de Aurora Ricci, la mujer que debió ser mi enemiga.
A veces creo que el destino disfruta burlándose de nosotros. Entre millones de mujeres, mi corazón eligió precisamente a la única que jamás debía mirar: a la hija de la familia que juró borrar el apellido Bellini de la faz de la tierra. Pero el corazón jamás pidió permiso y el mío jamás obedeció órdenes.
No sé cuándo empezó. Quizá la primera vez que la vi sonreír, o quizá mucho antes de nacer. Hay días en los que siento que nuestras almas ya se conocían; como si en otra vida no hubieran existido los Ricci ni los Bellini, como si ya hubiera prometido encontrarla una y otra vez sin importar cuántas guerras tuviéramos que atravesar.
Mientras nuestras familias cuentan cadáveres, nosotros contamos los segundos que conseguimos robarle al tiempo para compartir el mismo aire y sentirnos libres. Ellos hablan de venganza; nosotros hablamos de un futuro que probablemente jamás nos permitan tener.
No nos enseñaron a amar. Nos enseñaron a desconfiar, a disparar, a vengar. Nos enseñaron a creer que un Ricci y un Bellini nacieron para destruirse, jamás para sostenerse la mano. Hasta donde alcanza la memoria de ambas estirpes, nunca ha existido una historia de amor entre los nuestros; si alguna vez la hubo, se encargaron de enterrarla junto con quienes se atrevieron a sentirla. Han borrado cualquier intento de paz, convencidos de que el odio es la única herencia digna de conservar.
Por eso lo nuestro permanece oculto. Porque nuestro amor no puede respirar bajo la luz del día; vive entre encuentros robados, miradas furtivas y promesas susurradas en la penumbra de la frontera. Solo Aurora y yo conocemos la verdad. Solo nosotros sabemos que, mientras nuestras familias alimentan una guerra que ya ni recuerdan cómo empezó, dos de sus hijos eligieron amarse. Y aunque el mundo entero insista en convertirnos en enemigos, jamás podrán obligarme a odiar a la única mujer que le dio sentido a mi vida.
Hace apenas unos días, la guerra volvió a recordarnos quiénes somos. Un convoy con una tonelada de oro cruzaba la frontera rumbo a los mercados cuando uno de los conductores tomó la ruta equivocada. Bastaron unos pocos kilómetros dentro del territorio Ricci para convertir aquel viaje en una emboscada. Horas después regresaron nuestros hombres: ensangrentados, con los huesos rotos y humillados. De los camiones no quedó nada. Una tonelada de oro disappeared como si la tierra se la hubiera tragado.
El dinero vuelve y el oro puede recuperarse, pero la dignidad de los nuestros, no. En mi familia eso solo significa una palabra: guerra. Mi padre ya prepara el golpe; nadie habla de negociar ni de escuchar explicaciones, solo esperan el momento exacto para devolver el ataque con una violencia todavía mayor.
Aurora no sabía nada de esto. No porque desconfiara de ella —jamás podría hacerlo—, sino porque a su lado necesito olvidar que nuestros apellidos llevan décadas bañándose en sangre. Durante unas horas quiero creer que no existen los Bellini ni los Ricci; que solo somos un hombre desesperadamente enamorado y la única mujer capaz de hacerme sentir vivo. Aurora es mi paz, mi debilidad y mi maldita perdición. Y también lo único que jamás permitiré que me arrebaten.
Por eso, cuando escuché de sus labios las palabras «Me han prometido en matrimonio», sentí que el mundo se abría bajo mis pies. La sola idea de verla en brazos de Mathias Moretti despertó un monstruo que llevaba años intentando mantener encadenado.
—Si insisten en casarte con él... te robaré antes de que llegues al altar —le dije mirándola fijamente—. Y delante de Dios o del infierno, te convertiré en mi esposa. Antes dejo de respirar que permitir que otro hombre te llame su mujer.
Su respiración se cortó y sus ojos se agrandaron buscando los míos.
—Me matarán si hago eso... —susurró—. Mi propia familia me considerará una traidora.
Le acaricié el rostro con ambas manos, obligándola a mirarme.
—Entonces moriremos siendo culpables de amarnos. Porque lo único que no pienso hacer es entregarte. No después de haberte encontrado. Están llevando nuestro amor al límite, Aurora. Llegará un momento en que tendremos que elegir: o vivimos para ellos... o vivimos para nosotros.
—¿Crees que algún día puedan perdonarnos? —preguntó con la voz quebrada.
Sonreí sin alegría.
—No lo sé y tampoco me importa. Nunca elegí ser Bellini, pero sí te elegí a ti. Volvería a hacerlo mil veces, aunque eso significara enfrentar a mi familia, perder mi apellido o incendiar el mundo entero. Mi lugar está donde estés tú.
Aurora permaneció en silencio unos segundos antes de sonreír. Esa sonrisa capaz de detener todas las guerras que existen dentro de mí.
—Nos casaremos —afirmó sin vacilar.
Y en ese instante comprendí que ya no había vuelta atrás.
—Mañana te traeré mi identificación para que inicies los trámites —susurró apoyando su frente contra la mía. Sus labios rozaron los míos—. Te amo.
—Y que lo escuche quien quiera —respondí, sujetándola de la cintura—. Tú eres mía y yo soy completamente tuyo.
Pero la resignación en sus palabras cuando mencionó que tendría que casarse con Mathias si no encontraba salida terminó por cegarme. La rabia tomó el control de mi cuerpo. Saqué el teléfono ahí mismo, frente a ella, y marqué a mis hombres: «Quiero a todos los Bellini armados antes del amanecer. Dile a mi padre que la paz acaba de morir».
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Editado: 28.08.2026