Amando al enemigo

3. Amor en secreto.

Aurora.

Despierto con el estruendo de las olas golpeando la costa, como si el mar quisiera recordarme que hoy nada volverá a ser igual.

Abro lentamente los ojos y camino hasta la ventana.

El sol baña la terraza con una luz que hace días no aparecía. El cielo está completamente despejado, el mar parece infinito y, por primera vez en mucho tiempo, siento que el mundo conspira a mi favor.

Es como si el día me estuviera regalando su bendición.

Como si incluso el destino aprobara la decisión que estoy a punto de tomar.

Hoy comenzaré a preparar una boda.

Una boda que nadie conoce.

Una boda que, cuando salga a la luz, hará estallar una guerra entre los Ricci y los Bellini.

El miedo sigue ahí.

No puedo negarlo.

Me duele imaginar el rostro de mi madre cuando descubra que me fui sin despedirme.

Me aterra pensar en la furia de mi padre cuando comprenda que desobedecí la única orden que jamás debía romper.

Pero ellos ya habían elegido mi futuro mucho antes de preguntarme qué quería.

Decidieron con quién debía casarme.

A quién debía amar.

Y a quién debía odiar.

Como si mi corazón les perteneciera.

Pues se equivocan.

Mi corazón ya tiene dueño.

Siempre lo tuvo.

Y lleva el apellido que mi familia más desprecia.

Podrán perseguirme.

Podrán llamarme traidora.

Podrán borrar mi nombre de la historia de los Ricci si así lo desean.

Pero ya tomé una decisión.

No pienso caminar hacia el hombre que eligieron para mí.

Voy a correr hacia el único hombre al que elegí con el corazón.

Hacia Dante.

Y, si para llegar a él tengo que incendiar el mundo que me vio nacer...

Entonces que arda.

Acabaré con cada obstáculo que intenten levantar entre Dante Bellini y yo.

No importa si es mi apellido.

No importa si es mi padre.

No importa si es una guerra que lleva generaciones cobrando vidas.

Nada podrá detenerme.

Porque amar a Dante no me hizo más débil.

Me hizo invencible.

Su amor vive dentro de mí con la misma fuerza con la que el mar golpea una y otra vez el rompeolas que protege nuestra ciudad. No importa cuántas veces las olas sean rechazadas; siempre regresan, más fuertes, más decididas, hasta desgastar la piedra.

Así también late mi corazón.

No dejará de luchar hasta llegar a él.

Aparto la mirada del mar y la llevo hacia el pequeño sillón junto a mi cama.

Allí duerme mi hermana.

Amada.

Apenas tiene seis años y todavía le teme a la oscuridad. Muchas noches se queda dormida en mi habitación porque dice que las pesadillas desaparecen cuando estoy cerca.

No sabe cuánto me recuerda a mí.

A la niña que alguna vez fui.

A aquella que todavía creía que el mundo estaba hecho de cuentos, y no de hombres que comerciaban con el destino de sus propias hijas.

Hace apenas unos meses perdió a su madre.

Mi padre la trajo a esta casa como quien recoge una deuda pendiente, obligando a mi madre a criar a la hija que tuvo con otra mujer.

No puedo imaginar cuánto debió dolerle.

Y, aun así, jamás la escuché descargar ese dolor sobre Amada.

Porque mi madre entiende algo que mi padre nunca comprenderá.

Los niños nunca tienen la culpa de los pecados de los adultos.

Ella hace todo lo posible por quererla, aunque sabe perfectamente cuál será el destino que los hombres de esta familia ya escribieron para nosotras.

Las mujeres en esta familia no somos lo que importa.

Nacemos convertidas en alianzas.

En promesas.

En mercancías con las que se negocian territorios, poder y sangre.

Mi padre la llamó Amada.

Qué ironía.

Durante seis años negó que existiera.

Durante seis años fingió que aquella niña nunca había nacido.

Y ahora pretende compensarlo con un nombre que significa todo lo que él jamás le dio.

Desde el instante en que cruzó la puerta de esta casa, hice una promesa silenciosa.

Jamás permitiré que tenga el mismo destino que intentan imponerme a mí.

Porque si algún día logro romper las cadenas que atan mi vida...

También romperé las de ella.

Porque aquí las mujeres no nacemos libres. Nacemos convertidas en alianzas. En promesas. En mercancías con las que se negocian territorios, poder y sangre.

Nadie comprende el verdadero poder que puede llegar a tener una mujer.

Mejor dicho… los hombres de nuestras familias lo comprenden demasiado bien.

Por eso jamás permitirían que una ocupara el lugar de mando.

Aquí las mujeres no heredamos el poder.

Heredamos el deber de entregárselo al hombre con el que nos obliguen a casarnos.

Mi padre no tuvo hijos varones.

Solo me tuvo a mí.

Lo que me convierte en la única hija legítima de los Ricci.

Eso significa que el futuro de nuestra familia no se hereda por sangre masculina.

Se hereda a través de mi matrimonio.

No importa cuánto haya aprendido sobre los negocios.

No importa que conozca cada ruta de contrabando, cada puerto y cada acuerdo mejor que muchos de los hombres que trabajan para mi padre.

Jamás me verán sentada en su silla.

Porque esa silla ya tiene dueño.

Aún no saben su nombre, o al menos esta muy lejos de ser el que esperan.

El nombre será del hombre que consiga convertirme en su esposa.

Yo soy la llave del poder.

Y mi padre lleva toda la vida intentando decidir quién tendrá el privilegio de usarla.

Lo que nunca imaginó...

Fue que yo terminaría entregando esa llave al único hombre al que considera su enemigo natural.

Sonrío para mis adentros.

Quizás enamorarme de Dante Bellini sea la mayor traición que podría cometer.




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