Amando al enemigo

4. Eres mia en secreto

Dante.

El mercado de Vortalia no le pertenece a la policía, ni a la ley, ni a los gobernantes. Nos pertenece a nosotros porque garantizamos que siga en pie. Aquí no se cobran deudas con sangre ni se desenfundan armas; es el único trozo de tierra donde un Ricci y un Bellini pueden cruzarse sin que el suelo termine teñido de rojo.

El mercado nunca conocía el silencio.

Las voces de los comerciantes se superponían unas con otras, anunciando especias traídas del otro lado de la frontera, telas importadas y joyas recién llegadas de Venecia. Cada puesto luchaba por conquistar a los clientes como si de ello dependiera la vida.

Y, en cierta forma, así era.

Aquí todos vendían algo, mientras yo solo buscaba a una persona.

Recorro lentamente el pasillo principal, fingiendo observar la mercancía mientras mis ojos la buscan entre la multitud.

Desde la noche anterior vivo con una única imagen clavada en la cabeza.

Aurora pronunciando el nombre de Mathias.

Desde entonces no consigo respirar con normalidad.

Intento convencerme de que todavía no ha ocurrido nada.

Que sigue siendo mía.

Que todavía puedo impedirlo.

Pero basta imaginar las manos de ese hombre sobre ella para que la rabia me apriete el pecho.

Pretenden vestirla de blanco.

Llevarla hasta un altar.

Entregársela como si fuera una alianza comercial.

Como si pudieran decidir sobre la mujer que amo.

Sobre mi mujer.

Porque aunque el mundo todavía no lo sepa… mi corazón la eligió hace mucho tiempo y estoy dispuesto a incendiar esta frontera antes que verla convertida en la esposa de otro.

Levanto la vista.

Y entonces la encuentro.

Aurora avanza despacio entre los puestos llevando de la mano a Amada, su pequeña hermana de la que me suele hablar pero no tengo permitido conocer.

Ellas se mueven con la brisa que llega desde el puerto y, durante un instante, todo el ruido del mercado desaparece.

Solo existe ella.

Como si siempre hubiera existido únicamente ella.

Nuestros ojos se encuentran.

Y ocurre lo de siempre.

El mundo deja de importar.

Empiezo a caminar hacia ella.

No pienso.

Simplemente necesito acercarme como si ella fuese mi imán.

—Dante. —La voz de Berk me obliga a detenerme.

Cierro los ojos un instante.

—¿Qué ocurre?

Mi hermano levanta un pequeño estuche de terciopelo.

—Acaban de llegar las joyas nuevas, dijiste que querías revisarlas antes de exhibirlas.

Maldigo en silencio.

Vuelvo a mirar hacia Aurora.

Ella también ha visto a Berk y entiende inmediatamente que no estamos solos.

Sin apartar la vista de mí, cambia lentamente de dirección, como si jamás hubiera pensado acercarse.

Una sonrisa casi imperceptible aparece en sus labios.

Me conoce demasiado bien.

Sabe exactamente lo frustrado que estoy y también sabe que, dentro de unas horas… Mathias aparecerá en este mismo mercado, como siempre siendo su admirador personal.

Mathias jamás ocultó lo que sentía por Aurora. Solo que nadie supo verlo. Nadie... excepto yo. Mientras ella seguía tratándolo como al hijo del socio de su padre, él encontraba cualquier excusa para estar cerca. Se ofrecía a acompañarla. Recordaba cada uno de sus cumpleaños. Le llevaba pequeños regalos que ella agradecía con la inocencia de quien cree estar frente a un simple amigo de la familia. Pero yo veía la forma en que la miraba. Esa clase de mirada no se aprende a esconder. Yo la reconocería en cualquier hombre, porque es exactamente la misma con la que llevo años mirando a mi mujer.

Solo observo cómo Aurora desaparece entre los puestos, y yo me alejo un poco de mi hermano para poder volver a encontrarla a una corta distancia, sin que mi presencia sea notoria para ella.

—¿Podemos ir por dulces? —escucho la pequeña voz de Amada.

—Solo un momento. No te alejes demasiado.

La niña corre ilusionada hacia una pequeña tienda decorada con frascos de caramelos de colores.

Aurora permanece unos pasos atrás.

Sola.

Solo unos segundos.

Los suficientes.

La sigo sin hacer ruido hasta el estrecho callejón que separa dos antiguos edificios de piedra.

Ella apenas alcanza a girarse cuando una mano rodea suavemente su cintura y la atrae hacia la sombra.

Su espalda choca contra mi pecho.

No se sobresalta.

Reconocería mi forma de abrazarla entre miles de hombres, tanto como yo reconozco su perfume aún en la noche más oscura.

—Dante… —Su voz apenas es un suspiro.

Hundo el rostro en su cuello.

Aspiro lentamente su perfume.

Necesitaba comprobar que seguía siendo real.

Que no había sido un sueño.

Mis labios rozan su piel despacio.

Sin prisa.

Dejando un beso húmedo justo debajo de su oreja.

Siento cómo un escalofrío recorre todo su cuerpo.

Sonrío contra su cuello.

—Eres mía desde siempre... —susurro con la voz ronca—. Y eso no va a cambiarlo ningún apellido, ningún altar... ni mucho menos Mathias Moretti.

Ella deja escapar una respiración temblorosa.

Sus manos buscan las mías por un instante.

Entrelaza nuestros dedos con fuerza.

Como si necesitara recordarse que sigo aquí.

—No digas eso... —murmura con los ojos cerrados—. Me haces querer creer que todo esto tiene solución.

Me aparto apenas unos centímetros.

Lo suficiente para encontrarme con sus ojos.

—La tiene.

Acaricio su mejilla con el dorso de los dedos.

—Solo confía en mí.

A lo lejos se escucha la risa de Amada.

El tiempo se termina.

Vuelvo a besar el mismo lugar de su cuello, esta vez un poco más despacio, dejando una marca apenas visible.

Una promesa.




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