
Dante.
Nunca me gustaron los restaurantes.
Demasiado ruido.
Demasiadas conversaciones vacías.
Demasiadas personas fingiendo cordialidad mientras observan con atención los movimientos de los demás.
Pero cuando Berk propone almorzar antes de regresar a casa, no encuentro una razón para negarme.
Quizá porque necesito convencerme de que todavía puedo seguir respirando.
Que una promesa de matrimonio no basta para arrebatarme a la mujer que amo.
Entramos.
El aroma a pan recién horneado, vino y carne asada invade el salón.
Las mesas comienzan a llenarse de comerciantes, familias y hombres que cierran acuerdos mientras fingen brindar por la amistad.
Todos sonríen.
Todos parecen felices.
Qué curioso resulta el mundo cuando el único que se está rompiendo soy yo.
—Aquí está bien —dice Berk señalando una mesa junto a la ventana.
Asiento sin discutir.
La camarera aparece casi de inmediato.
Mi hermano pide vino.
Yo apenas hojeo el menú.
Hace horas que olvidé lo que significa tener hambre.
—¿Te ocurre algo?
Levanto la vista.
—No —le respondo sin mucha importancia.
Berk resopla.
—Podrías esforzarte un poco más. Desde esta mañana solo sabes responder con monosílabos.
No contesto.
Porque la puerta acaba de abrirse y todo lo demás deja de importar.
Aurora.
Entra caminando junto a su familia.
Su padre avanza primero.
Amada salta emocionada al descubrir los postres exhibidos detrás de un mostrador de cristal.
Aurora la toma suavemente de la mano antes de que salga corriendo.
Siempre igual.
Siempre cuidando de todos antes que de ella misma.
Mi pecho duele.
Porque recuerdo perfectamente el día en que me confesó que, si algún día tenía hijos, quería que crecieran creyendo que el mundo era un lugar bueno.
Todavía no sabe que yo llevo años dispuesto a convertirme en el peor hombre de esta frontera para que ella jamás deje de creerlo.
Entonces aparece Mathias, camina directamente hacia ellos, saluda al padre de Aurora con un abrazo.
A Amada revolviéndole el cabello.
Y finalmente… a ella.
Aparta la silla para que tome asiento.
Aurora le dedica una sonrisa educada.
No una sonrisa feliz.
Una sonrisa aprendida.
La misma que utiliza cuando alguien le hace un cumplido que no desea escuchar.
La misma que usó aquella tarde en que un comerciante insistió en regalarle flores y después me preguntó, entre risas, si parecía una mujer enamorada.
"Solo estoy siendo amable, Dante."
Conozco cada una de sus sonrisas.
Y esa nunca ha sido para él.
—¿Dante?
No respondo.
Mathias acaba de servirle agua.
Ella acepta el vaso, pero no bebe.
Claro que no.
Nunca bebe cuando está nerviosa.
Empieza a girar lentamente el anillo de plata que lleva desde los quince años.
Solo hace eso cuando intenta mantener la calma.
Nadie en esa mesa parece darse cuenta.
Yo sí.
Porque fui yo quien la vio hacerlo por primera vez.
—Dante.
Parpadeo.
Berk me observa.
—¿Me escuchaste?
No tengo idea de qué acaba de decir.
—Claro.
—¿Entonces?
Silencio.
No puedo responder.
Mi atención sigue atrapada en la mesa del fondo.
Berk suspira.
—Jamás te había visto distraerte por una mujer.
Mi corazón se detiene un segundo.
¿Una mujer?
No.
No es una mujer cualquiera.
Es Aurora.
Es la niña que aprendió a silbar antes que yo.
La adolescente que escondía flores secas entre los libros porque decía que los recuerdos también merecían una segunda oportunidad.
La única persona capaz de reconocer mi presencia sin necesidad de verme.
La única que sabe que estoy compartiendo su mismo espacio con solo reconocer el rastro de mi perfume.
—Te equivocas — Mi respuesta sale demasiado fría.
Berk no insiste.
Pero tampoco deja de observarme.
Entonces ocurre, Mathias se inclina hacia Aurora le dice algo que no alcanzo a escuchar.
Ella baja la cabeza.
No sonríe.
Solo aprieta los labios.
Maldita sea… Está incómoda.
Y él ni siquiera es capaz de notarlo.
Su mano asciende lentamente hasta apartarle un mechón de cabello.
No.
No la toques.
Mis dedos se cierran alrededor de la copa.
El cristal protesta bajo la presión.
Cruje.
Una vez.
Dos.
Tres.
Berk baja la vista hacia mi mano.
Berk baja la vista hacia mi mano. Después vuelve a mirar a Aurora, mientras yo tomo una de las servilletas para hacer presión en mi mano en la cual corre la sangre. Luego mira a Mathias y finalmente a mí. No dice nada. No hace falta. Empieza a entender que mi interés por Aurora Ricci va mucho más allá de una simple mirada.
Entonces Mathias se pone de pie.
El restaurante entero guarda silencio.
Levanta su copa.
—Quiero aprovechar que hoy están presentes tantos amigos de nuestras familias...
No.
Aurora deja de respirar.
Lo sé porque deja de mover el anillo.
Porque baja los hombros.
Porque evita mirarlo.
Ella sabe exactamente lo que va a decir y no puede impedirlo.
—...para compartir una noticia que me llena de orgullo.
Siento el corazón golpeándome las costillas.
—Dentro de muy poco tendré el honor de convertirme en el esposo de Aurora Ricci.
Los aplausos estallan inmediatamente.
El padre de Aurora sonríe satisfecho.
Algunos comerciantes levantan sus copas.
Amada comienza a hacer preguntas inocentes sobre vestidos y flores.
Todo el restaurante celebra.
Todo...
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Editado: 28.08.2026