Amando al enemigo

6. Un amor nuestro.

Aurora.

Este amor es lo único que he considerado mío en la vida.

No una joya.

No un vestido.

No el apellido que llevo desde que nací.

Nada de eso me pertenece realmente.

Desde pequeña aprendí que las decisiones importantes siempre encontraban otra voz antes que la mía. Mi padre elegía el camino, mi familia decidía el destino y el resto de nosotros solo debíamos caminar sin preguntar si aquel sendero era el que deseábamos recorrer.

Nunca me molestó demasiado.

Hasta que apareció él, entonces descubrí que existían cosas imposibles de obedecer.

Porque nadie puede ordenar a un corazón dejar de reconocer el lugar donde siempre ha querido quedarse.

Dante llegó a mi vida mucho antes de que supiera qué era el amor. Crecimos compartiendo silencios, miradas y promesas que nunca necesitaron ser pronunciadas para existir. Poco a poco dejó de ser el muchacho que encontraba cualquier excusa para hacerme sonreír y se convirtió en el único lugar donde mi alma conocía la paz.

Tal vez por eso jamás sentí que estuviera robándole algo a mi familia cuando escapaba para verlo.

Ellos podían quedarse con mi apellido.

Con las tierras.

Con los acuerdos.

Con el futuro que llevaban años escribiendo para mí, pero había una parte de mi existencia que nunca les perteneció.

Una que nació mucho antes de que alguien pronunciara mi nombre junto al de Mathias Moretti.

Porque este amor no fue un regalo.

Ni una casualidad.

Fue una elección que hicimos cada día durante años.

Una que sobrevivió al miedo, a la distancia y al peso de dos familias que jamás aceptarían vernos juntos.

Hoy, cuando Mathias anunció delante de todos que pronto sería su esposa, comprendí que había llegado el momento de dejar de esperar que el destino sintiera compasión por nosotros.

Si quería salvar aquello que realmente era mío tendría que ir a buscarlo.

Y eso era exactamente lo que pensaba hacer esta noche.

Al llegar a casa, solo busqué refugiarme en mi habitación.

El aire se me volvió espeso desde que lo escuche anunciar nuestro compromiso, porque sentía que me estaba traicionando a mi misma y aun peor, lo traicionaba a él, no fui capaz de mantener mis ojos en él, cuando sentí su mirada sobre mi, solo necesitaba encontrarlo un segundo para comprobar cómo se encontraba, pero sentí que mi sangre quemaba con solo pensarlo, pero no es por estar comprometida con otra persona, siempre he sabido que mi vida jamás sería mi decisión, pero el solo pensar el daño que ese anuncio le ocasionó a Dante senti que queria correr hacia él, pero no puedo porque se la guerra que desatara.

Voy hacia el baño de mi habitación, solo para encontrar el escondite del teléfono.

Tranco la puerta y abro la ducha, antes de sentarme en el suelo.

Escribo un mensaje breve.

“Lo siento, necesito verte y hablamos, en la casa de la costa te estare esperando luego de la medianoche.”

Apago el telefono y lo dejo en su lugar.

Jamás espero una respuesta, jamas dejo el telefono encendido ni siquiera de forma visible, yo ni siquiera tengo permitido tener un teléfono, una vez cuando mi padre me vio con el teléfono de una de las chicas de la cocina lo destrozó y yo termine encerrada en el calabozo una semana a pan y agua.

Pero eso pronto llegará a su fin, porque cuando me case no importa con quien sea ese control sobre mi se acabará, porque incluso cuando sea su enemigo en las reglas está claro, ese control pasa hacia mi esposo, pero solo podrá tomarlo quien yo lo permita.

Me di un baño y me quedé en mi habitación pensando en cómo huiría esta noche.

Me concentro en estudiar la guardia del día de hoy y sonrió para mis adentros cuando lo veo rotar a las seis de la tarde. Del tiempo que llevo estudiandolos he aprendido a que tienen turnos de seis y ocho horas, dependiendo de si tienen que ir a cubrir la frontera.

Salgo de mi habitación con la única intención de buscar una excusa en la cocina.

—Amelie, hoy no cenaré, tengo cólicos —le digo mientras me acomodo en uno de los taburetes junto a la isla.

Ella asiente con suavidad, mirándome de cerca.

—Te ves muy pálida. Deberías comer algo; saltarte las comidas jamás te ha hecho bien.

—Solo necesito un té. Hoy no me he sentido nada bien, así que tomaré algo y me iré a dormir. Por favor, avísale a mi madre que le haré caso sobre dejar mi habitación cerrada.

Amelie vuelve a asentir, y su mirada se desliza hacia el pasillo antes de hablar en un susurro apenas audible:

—Esa niña está muy unida a ti... Es muy triste que, siendo tan pequeña, haya echado a su madre y ahora solo te tenga a ti.

Me quedo en silencio, limitándome a asentir. Las paredes de esta casa siempre tienen oídos. Es lamentable que ella haya caído en las garras de mi padre; con su madre tal vez tenía una vida más sencilla y menos ostentosa, pero sin duda era mucho más tranquila que esta.

Lo único que me mantiene en pie es el deseo de ser un buen ejemplo para ella. Si mi padre logra someterme, aprenderá que ese es su único destino, y no puedo permitirlo. No solo por mí, sino por ella.

Amelie me tiende una taza humeante.

—Esto te hará bien para los cólicos.

No alcanzo a responder. El eco inconfundible de unos tacones resonando contra el suelo de mármol me avisa quién se aproxima antes siquiera de verla. De inmediato, enderezo la espalda.

—¿Esa es la ropa que usarás para cenar? —La voz de Vittoria Ricci corta el aire a mis espaldas.

Me bajo del taburete y me giro para enfrentarla por un segundo.

—He venido por un té. No me siento bien hoy, así que no los acompañaré a la cena.

—Debes bajar —tercia ella, implacable—. Comenzaremos con los preparativos de la boda y necesitamos saber qué es lo que quieres.




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