
El sonido de las olas contra el rompeolas era lo único capaz de ahogar el ruido que retumbaba en la cabeza de Dante. Cada segundo que había pasado en ese maldito restaurante escuchando el nombre de Aurora en labios de Mathias Moretti se sentía como una brasa ardiendo directamente sobre su piel.
Cuando la encontró allí, sentada en la penumbra de la casa abandonada junto al muelle donde solían robarle al tiempo sus mejores horas, ni siquiera intentó frenar el impulso.
—Dante... —comenzó a decir ella, girándose sobresaltada apenas escuchó el crujir de las pisadas sobre la grava.
No la dejó terminar.
Las manos de Dante la rodearon con una urgencia violenta, posesiva, atrapándola contra su cuerpo como si el aire que los rodeaba pudiera desaparecer en cualquier momento. La empujó contra el muro de piedra, protegiéndola del mundo exterior, pero cubriéndola con el peso de su propia desesperación. Su espalda chocó contra la fría roca, pero el calor que irradiaba Dante quemaba cualquier rastro de frío.
—No digas mi nombre así —la voz de Dante salió ronca, áspera, casi un gruñido pegado a sus labios—. Como si estuvieras pidiendo permiso para respirar mi aire.
—Estaban todos allí, Dante... Mi padre, Mathias... —la voz de Aurora se quebró, traicionada por las lágrimas que amenazaban con desbordarse—. Tenía que sonreír. Tenía que fingir que no me estaba muriendo por dentro.
—No vuelvas a sonreírle —le exigió él, interrumpiéndola con un beso hambriento, desesperado, que sabía a sal y a rabia contenida. No era un beso suave; era una demanda, una marca de propiedad en medio del caos—. No tolero ver que otro hombre te mire, Aurora. No soporto la idea de que ese imbécil crea que puede tocarte el pelo, llamarte suya, o poner un anillo en tu mano. ¡Esa mano es mía! ¡Tú entera eres mía!
Aurora sintió que el pecho se le contraía, pero en lugar de asustarse por su ferocidad, una corriente eléctrica recorrió su columna. Hundió los dedos en la solapa de su chaqueta, acercándolo aún más, necesitando fundirse con él para borrar cualquier rastro del futuro que su familia intentaba imponerle.
—Lo sé... —susurró contra su boca, perdiéndose en el sabor de sus labios—. Sabes que solo te pertenezco a ti.
Dante deslizó una mano por su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel, mientras la otra aferraba su cintura con tanta fuerza que dejaría marcas invisibles pero imborrables. Sus labios bajaron por su mandíbula, recorriendo el cuello de Aurora con una lentitud tortuosa, sabiéndose dueños de un territorio prohibido. Cada caricia era una mezcla de adoración y una furia sorda contra el destino.
—Demuéstramelo —murmuró él contra su piel, con la respiración caliente agitando los cabellos de ella—. Demuéstrame que no te importa lo que digan allá afuera, ni los acuerdos de nuestros padres, ni el maldito apellido que llevas.
Aurora dejó escapar un suspiro tembloroso cuando las manos de Dante comenzaron a deslizarse por la tela de su ropa, buscando el calor directo de su piel en un refugio donde las reglas de la frontera no existían.
—Haz que te olvide... —suplicó ella, enredando los dedos en el cabello oscuro de Dante y atrayéndolo hacia un abismo del que ninguno de los dos quería regresar—. Haz que desaparezca todo lo demás.
Aurora
Cerré los ojos dejando que su aroma esa mezcla invariable de piel, mar y noche borrara cada rastro de la cena con los Moretti. Habían pasado semanas sin tenerlo así de cerca, pero bastaba un solo instante para recordar que mi corazón jamás había aprendido a latir lejos del suyo.
Cuando volví a abrir los ojos, Dante se detuvo un milímetro, observándome en silencio bajo la luz pálida de la luna. No había simple deseo en su mirada; había hambre, una necesidad desesperada de asegurarse de que seguía siendo yo la que estaba entre sus brazos.
—Lo anunció delante de todos —su voz sonó rota.
Asentí con dificultad.
—Lo sé.
Su mandíbula se tensó.
—Lo vi acercarse a ti. Lo vi tocarte... —Dio un paso más, reduciendo el espacio hasta que compartimos el mismo aliento—. Y tuve que quedarme inmóvil imaginando que algún día sería él quien pudiera besarte cuando nadie mirara.
Su confesión me atravesó por completo. Negué con la cabeza, con los ojos anegados.
—Nunca. Nunca será él.
Mis dedos buscaron su cuello por instinto, perdiéndose entre su cabello mientras él me sostenía la cintura con una firmeza que jamás me hizo sentir atrapada. Con él siempre era distinto: Dante no me retenía, me sostenía.
Su boca volvió a buscar la mía en besos largos, cargados de todo lo que habíamos guardado. Mis manos descendieron despacio hasta entrelazarse con las suyas y fue entonces cuando sentí la venda improvisada alrededor de sus nudillos. La misma mano que había sangrado por mí tras romper la copa en el restaurante.
La levanté con cuidado, depositando un beso sobre la tela manchada.
—No debiste hacerte daño.
Él soltó una sonrisa cansada.
—Ya estaba roto antes de romper esa copa.
—No vuelvas a romperte por mí —le supliqué.
Dante apoyó la frente sobre la mía. Sus labios rozaron apenas los míos al responder en un susurro íntimo:
—Aurora... si tengo que elegir entre romperme sin ti o perderme contigo... siempre voy a elegir perderme contigo.
Guardó silencio. Su mandíbula volvió a endurecerse con una resolución inquebrantable. Sin apartar sus ojos de los míos, metió lentamente la mano en el bolsillo oscuro de su pantalón.
Mi corazón dio un vuelco sordo.
Cuando sacó el puño cerrado y lo abrió frente a mí, el brillo de la plata cortó la oscuridad. Era un anillo frío, pesado, grabado con las líneas toscas de una promesa que nuestras familias considerarían un sacrilegio, pero que para nosotros era la única verdad absoluta.
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Editado: 28.08.2026