Amando al enemigo

8. Rival o amor.

Aurora.

Volver después de estar con él siempre es doloroso. Es como dejar una parte de mí a su lado, una parte con la que solo me reencuentro cuando estamos juntas.

Cada vez que me he entregado en cuerpo y alma a él, ha sido porque representa mi único acto de verdadera libertad. Mi deber siempre ha sido bajar la cabeza y aceptar el destino que otros escribieron para mí. No importa que sea la última Ricci: para la ecuación, soy solo una mujer sin poder de decisión.

Irónicamente, en mí todo termina a pesar de mi padre. Él no pudo tener un hijo varón, por lo que depende exclusivamente de mí que el apellido continúe. Esa es una de las razones por las que eligió a su posible futuro yerno: cree que, de esta forma, podrá afianzar su poder una generación más.

Cuando llego a casa, veo a la guardia en constante movimiento. Me apresuro a quitarme el anillo del dedo y a esconderlo. No tengo forma de saber qué hora es ni por qué hay tanto revuelto, así que me quedo en uno de los callejones elevados observando, hasta que veo salir la camioneta de mi padre junto a otra detrás de ella. En mi interior, solo deseo que no estén saliendo a buscarme.

Me acerco a los viñedos cuando ya no veo más movimiento. Allí encuentro a Amélie recolectando fruta; me ve y me hace una seña para que me aproxime.

—¿Qué haces afuera? —me dice, visiblemente nerviosa—. Tu padre acaba de irse. Los Bellini hicieron explotar un camión con mercancía y el conductor llegó a pie hace un momento.

—No podía dormir y salí a caminar.

Amélie me observa detenidamente.

—Solo lo entendemos quienes sabemos leer la mirada de las personas... Pero no haré preguntas. Solo te pido que la próxima vez que salgas me avises; si tu padre hubiera querido buscarte, te habría descubierto.

No le respondo nada. Solo me apresuro a ir a mi habitación para prepararme.

Al llegar al pasillo, me encuentro a Amada sentada en el suelo, abrazando sus rodillas junto a mi puerta. Al verme, sus ojos se iluminan.

—¡Rora! —exclama, corriendo hacia mí a toda prisa para envolver sus bracitos alrededor de mis piernas con fuerza, como si temiera que me fuera a desaparecer.

—Amada, mi amor, ¿qué sucede? —me agacho de inmediato a su altura, acariciándole la espalda para calmarla.

—¿Puedo quedarme contigo? —pregunta con la voz temblorosa, mirándome con esos ojitos llenos de necesidad de afecto.

Saco de mi bolsillo una aguja para empujar la llave que quedó puesta por dentro y, con la de reemplazo, abro la puerta.

—¿Quieres desayunar conmigo aquí en mi habitación? —le digo con ternura mientras le acomodo con delicadeza la diadema en el cabello y le doy un beso en la frente.

Ella asiente en seguida, regalándome una sonrisa que me derrite el pecho.

—Me doy un baño rápido y desayunamos juntas. Ve a la cocina con Amélie y pídele que nos prepare el desayuno, ¿sí?

—¿En el sol? —pregunta, señalando entusiasmada hacia mi ventana.

Se me oprime el corazón al recordarlo. Ha tenido una vida tan difícil siendo tan pequeña... Mi padre la tenía escondida en una casa en el pueblo que prácticamente estaba en ruinas, sin preocuparse por cubrir sus necesidades básicas. Salir al sol o comer algo rico eran lujos que no conocía. Por eso ahora soy incapaz de negarle nada; daría mi vida entera por verla feliz y protegerla de la oscuridad de esta familia.

—Donde tú quieras, mi princesa —le respondo, dándole un abrazo apretado y lleno de amor antes de ir a bañarme.

Al salir del baño, la encuentro esperándome. Ha abierto la puerta del balcón y sobre la pequeña mesa desplegó un libro donde estaba pintando. A su lado ya está la bandeja del desayuno.

—Preciosa, ya estoy aquí —digo, sentándome junto a ella y abrazándola por los hombros para darle un beso en la mejilla.

Ella me sonríe con dulzura y se acurruca un segundo contra mí.

—¿Me cuentas una historia, Rora? —pide de repente, mirándome con enorme curiosidad. —Claro que sí. ¿Qué historia te gustaría escuchar? —pregunto mientras me acomodo a su lado y comienzo a trenzarme el cabello.

—¿Por qué papá dice que debemos odiar a esas personas que son como... avellanas?

Me quedo en silencio un segundo. Seis años y mi padre ya ha comenzado a sembrar ese veneno en su corazón infantil. Escuchar "avellanas" en lugar de "Bellini" me muestra lo chiquita e inocente que es. Definitivamente, él está intentando cosechar una generación más de odio, pero no voy a permitir que la corrompa a ella.

—El odio nunca es bueno, mi vida —acaricio su mejilla con infinita ternura—. Te voy a contar un cuento sobre eso, pero quiero que me prometas algo: por más que los adultos digan que hay que odiarlos, ellos no son monstruos ni buscan hacerte daño a ti. ¿De acuerdo?

Ella asiente con la boquita llena mientras come un trozo de fruta.

—Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro abuelo Baltazar y la abuela Vittoria eran niños chiquitos como tú, no existían las peleas. Jugaban en las calles e iban a la escuela con los niños de la familia Bellini. Incluso eran muy buenos amigos, igual que yo cuando fui más grande. —¿Eran amigos? —pregunta Amada abriendo mucho los ojos, sorprendida. —Sí, muy amigos —le sonrío—. Pero en la ciudad donde vivían había un mar hermoso, y un día los adultos decidieron cerrar el paso a los barcos por la noche para que no entraran desconocidos a hacer travesuras o a quitarle las cosas a la gente. —Como los piratas —susurra Amada muy atenta. —Exacto, como piratas. Para cuidar el mar, hicieron un trato de caballeros: la mitad del mar la cuidaría nuestra familia y la otra mitad la cuidaría la familia Bellini. Dijeron: "Nadie puede dejar pasar a ningún barco si no estamos los dos de acuerdo".

Amada deja su lápiz de pintar y apoya las manitas en la mesa para escuchar mejor.




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