Amando al enemigo

9. Matrimonio ficticio.

Aurora.

El papel arrugado quemaba entre mis dedos con el peso de una sentencia de muerte.

Amélie me lo había entregado con un disimulo casi imperceptible al pasar junto a mi puerta, fingiendo llevar sábanas limpias. La letra de Dante, rápida y marcada con la fuerza inconfundible de su mano, apenas ocupaba tres líneas:

«Llegó la hora. A las tres de la mañana en la casa abandonada junto al viejo límite de la frontera. Sé que puede asustarte, pero ellos no se detendrán, y nosotros tampoco. Dos días y nos enfrentaremos a un por siempre.»

Miré la hora en el reloj de mesa. Las ocho y diez de la noche.

Mi corazón era un tambor salvaje retumbando contra mis costillas. Me deslicé en silencio por el pasillo en sombras de la casona, descalza para no activar el crujido traicionero del mármol, hasta llegar a la habitación de Amada. La puerta cedió sin emitir un solo ruido.

Allí estaba ella, hecha un ovillo bajo las cobijas, tan pequeña e indefensa que la garganta se me cerró por el dolor. Me arrodillé a su lado y le acaricié el cabello con una ternura infinita.

Podía arriesgarlo todo y dejar atrás mi propia vida, pero jamás a ella. No estaba dispuesta a convertirme en un fantasma lejano en su memoria ni a dejarla a merced de las garras de mi padre. Sabía de lo que él era capaz; conocía la violencia contenida en sus palabras y la forma en que nos usaba como piezas de ajedrez. Si me iba sola, mañana, cuando el sol descubriera mi cama vacía, la furia de mi padre haría arder esta casa y Amada pagaría el precio de mi huida.

Ella no merecía crecer creyendo que el matrimonio es una condena o que la familia es sinónimo de opresión. A mí me enseñaron a obedecer; pero a mi hermana quería enseñarle algo distinto: que el amor verdadero no aprisiona ni se vende, sino que cura y protege cuando es correspondido. Quería salvarla de la jaula antes de que aprendiera a amar sus barrotes.

No lo había acordado con Dante, pero sabía que él lo entendería.

—Amada... mi vida, despierta —susurré, pegada a su oído.

La niña abrió sus ojos grandes y oscuros, parpadeando con confusión entre las sombras.

—Princesa —murmuré, envolviéndola en un abrazo protector.

—¿Aurora...? ¿Qué pasa? ¿Es de noche todavía?

—Escúchame muy bien, mi amor —le dije tomándole las manitas, que estaban heladas—. Vamos a salir a dar un paseo. Tienes que ser muy, muy valiente y no hacer ni un solo ruido. ¿Me lo prometes?

Amada ladeó la cabeza y me miró con una inocencia que me atravesó el pecho.

—¿Nos vamos con el chico alto de los ojos tristes? —preguntó en un hilo de voz.

La emoción casi me ahoga. Un nudo se me formó en la garganta al darme cuenta de que, aunque jamás se lo había presentado formalmente, ella lo había visto furtivamente desde la ventana, entre las sombras de los viñedos. Asentí, forzando una sonrisa cálida para no asustarla.

—Sí, mi amor. Nos vamos con Dante. Él nos va a cuidar, y yo te protegeré como siempre te he prometido hacerlo.

La vestí rápidamente con su abrigo más grueso y nos deslizamos por la puerta trasera de la cocina. El aire helado de la noche nos golpeó la cara como un latigazo en cuanto pisamos la grava exterior. Amada apretaba mi mano con todas sus fuerzas mientras nos adentrábamos en la espesura del bosque.

Corrimos durante veinte minutos. La sola idea de imaginar a mi padre descubriendo la casa vacía al amanecer me infundía una adrenalina mortal. Finalmente, el olor a humedad y madera vieja anunció el refugio. La casa abandonada de la frontera se erigía entre los árboles como un fantasma de piedra.

Dentro, la luz dorada de decenas de velas dispuestas con delicado esmero transformaba las ruinas en una catedral secreta.

Dante estaba allí.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron en la penumbra, la tensión de sus hombros se quebró. En tres zancadas acortó la distancia y me envolvió entre sus brazos con una devoción tan feroz que me dejó sin aliento. Apoyó la frente contra mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera su único oxígeno.

—Están aquí... —murmuró, con una voz ronca que temblaba de puro alivio—. Estás aquí, Aurora.

—Te dije que vendría —susurré, hundiéndome en el calor de su pecho—. No iba a dejar que nos destruyeran.

Dante bajó la vista y descubrió a Amada, aferrada a mi falda. Por un instante temí su reacción, pero él no dudó. Se arrodilló sobre la madera gastada, quedando exactamente a la altura de la niña. Extendió su mano grande, mostrando sus nudillos vendados y cansados de luchar, y rozó su hombro con una delicadeza abrumadora.

—Hola, pequeña —dijo, fijando en ella una mirada ardiente y solemne—. A partir de esta noche, nadie volverá a alzarte la voz ni a hacerte daño. Si tu padre o todo su imperio vienen tras de nosotros, te prometo que antes reduciré su mundo a cenizas. Las protegeré a las dos con mi vida.

Amada no se asustó. Asintió despacio, fascinada por la fuerza serena que emanaba de él.

Dante volvió a ponerse de pie y señaló una pequeña caja de madera sobre una mesa improvisada.

—Abre el paquete, Aurora —pidió, con los ojos brillando de una intensidad que me hizo estremecer.

Desaté el cordón. Dentro, envuelto en seda, descansaba un vestido blanco. No tenía la rigidez ni el corsé opresivo con el que mi madre pretendía venderme a Mathias Moretti; era de un encaje liviano, suave como el viento, diseñado para correr, para volar, para ser libre.

—No voy a permitir que te vistas de blanco para nadie más —dijo Dante, dando un paso hacia mí y rozando la tela con reverencia—. Ese matrimonio con el que te amenazan no existe. El único compromiso real es el nuestro.

Me retiré tras una columna rota para cambiarme. Cuando salí, el vestido fluía sobre mi cuerpo como una caricia. Dante se quedó inmóvil. La devoción en su rostro era casi divina, como si frente a él no hubiera una fugitiva, sino la única verdad por la que valía la pena morir.




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