
Aurora.
El sol del mediodía caía como plomo sobre el camino de tierra que conducía al paso fronterizo. La línea divisoria estaba a solo unos metros: la promesa de una vida donde nuestros apellidos dejaran de ser una condena. Yo llevaba puesto el vestido blanco, sencillo y ligero, con el que nos casaríamos en cuanto pusiéramos un pie al otro lado. Dante me apretó la mano con fuerza, girándose un segundo para asegurarse de que Amada nos seguía el paso.
Faltaban solo diez pasos. Diez pasos para ser libres.
Entonces, el rugido metálico de varios motores hizo retumbar la tierra bajo nuestros pies.
Tres camionetas negras irrumpieron en el camino a toda velocidad, levantando una cortina de polvo espeso que nos cegó. Antes de que pudiéramos reaccionar, dos vehículos más taparon nuestra retirada por la espalda. Las puertqq se abrieron casi al unísono, y el chasquido seco de docenas de armas siendo amartilladas cortó el aire sofocante.
Dante reaccionó por instinto. Nos empujó a Amada y a mí detrás de su espalda, cubriéndonos con su propio cuerpo mientras desenfundaba su pistola en un movimiento ciego. Pero al ver a los hombres que bajaban, su postura se congeló.
No eran solo los hombres de mi padre. Luciendo la insignia de la casa Ricci, una docena de guardias armados cerró el perímetro. Y en el centro, caminando hombro con hombro como si no hubieran sido enemigos mortales durante décadas, avanzaban mi padre y el patriarca de los Moretti. Justo detrás de ellos, luciendo una sonrisa triunfal, venía Mathias.
—Baja el arma, Bellini —ordenó la voz fría de mi padre, rasgando el silencio.
—¿Qué es esto? —masculló Dante. Sus nudillos, envueltos en vendas gastadas, blanqueaban sobre la empuñadura—. Retrocedan. Tóquenlas y les juro que no saldrán vivos de aquí.
Mathias dejó escapar una risotada burlesca, ajustándose el saco con absoluta calma.
—¿De verdad creías que estaban jugando a los fugitivos en secreto, Dante? —dijo Mathias, escupiendo cada palabra con veneno—. Qué patético. Creyeron que sus pequeños encuentros nocturnos y sus promesas ridículas pasaban desapercibidos.
—Pensaron que su "amor prohibido" era una obra maestra del disimulo —añadió mi padre, deteniéndose a solo tres pasos de nosotros—. No se escaparon, Bellini. Los dejamos llegar hasta aquí. Los dejamos armar las maletas, soñar y correr... solo para enseñarles que no hay rincón en esta tierra donde puedan esconderse de nosotros. Nuestras familias cerraron un trato hace semanas.
El aire se escapó de mis pulmones. Toda nuestra planificación, las noches en vela, la esperanza... todo había sido una ilusión montada por ellos. Nos habían dejado correr solo para disfrutar la cacería.
—¡Atrapenlos! —ordenó el padre de Mathias.
Dante intentó apretar el gatillo, pero no le dieron margen. Cuatro hombres se le echaron encima. El sonido del impacto fue brutal. El choque de los cuerpos en la tierra seca, los gritos descontrolados de Amada y el sonido seco de los golpes me llenaron de pánico. Dante luchó como una bestia acorralada, logrando derribar a dos de ellos con pura rabia, pero la ventaja era aplastante. Un culatazo pesado con el cañón de un fusil resonó en su cráneo.
Dante cayó de rodillas sobre la tierra caliente. Luego vinieron las botas: golpes secos contra sus costillas, su estómago y su rostro. La sangre brotó de inmediato, manchando el polvo del camino.
A mí me sujetaron violentamente por los hombros, inmovilizándome mientras arrastraban a Amada, que pateaba y gritaba fuera de sí. El delicado encaje de mi vestido blanco se rasgó con el esfuerzo del agarre.
—¡Basta! ¡Dejen de pegarle! ¡Por favor, basta! —supliqué, luchando con todas mis fuerzas contra el agarre de acero de los guardias.
Mi padre caminó despacio hacia mí, ignorando el cuerpo de Dante que yacía en el suelo respirando con dificultad. Me tomó del mentón con dedos de hierro, clavándome las uñas para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Mírate, Aurora. Vestida de novia para casarte con un miserable en mitad del monte —escupió con un desprecio insondable—. Qué vergüenza para la sangre Ricci.
—No me voy a casar con Mathias —dije en un hilo de voz, pero sosteniéndole la mirada con todo el odio que me quedaba en el pecho—. Puedes matarme aquí mismo si quieres. Prefiero morir mil veces en este camino antes que dejar que ese hombre me toque.
Mi padre soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humanidad.
—¿Morir? No, Aurora. Tú no vas a morir. Eso sería librarte demasiado fácil de tu deber.
Se giró lentamente hacia donde dos guardias sostenían a mi hermana. Amada temblaba de pies a cabeza, con las lágrimas limpiándole surcos en el rostro cubierto de polvo. Mi padre se acercó a ella y puso una mano pesada sobre su pequeño hombro. La niña se petrificó al instante bajo su tacto.
—Si tú no caminas hacia el altar con Mathias Moretti este fin de semana, no me importa —continuó mi padre con una calma que me heló la sangre—. Mataremos a Dante Bellini aquí mismo y tiraremos su cuerpo a los buitres. Y en cuanto a la pequeña Amada... esperaremos unos años. Solo son unos años de espera, ¿sabes? Cuando cumpla los dieciocho, ella tomará tu lugar con los Moretti para saldar nuestra alianza.
—No... —un susurro rasgado salió de mi garganta. El mundo entero se desplomó—. No... con ella no. ¡Con ella no!
—Tú decides, Aurora —sentenció mi padre, apretando ligeramente el hombro de la niña—. O aceptas tu destino como una Ricci obediente, o condenas a tu hermana al mismo infierno que pretendes evitar.
Miré hacia el suelo. Dante intentaba alzarse, arrastrándose sobre codos y rodillas, mirándome con desesperación a través de sus ojos hinchados y ensangrentados.
—No... Aurora... no lo hagas... —alcanzó a articular en un susurro agónico, escupiendo sangre—. No te entregues...
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Editado: 28.08.2026