Amando al enemigo

11. Una verduga entre murallas.

Aurora.

Una semana. Solo siete días faltaban para que mi condena se transformara en una realidad irreversible. Sentía el alma pulverizada y el corazón hecho trizas, pero dentro de este pecho destruido aún ardía una llama intacta, estaba dispuesta a incendiar el mundo entero con tal de asegurar el futuro de mi hermana, lejos de cualquier hombre que se creyera con el derecho de ser el dueño de su destino.

Y aquí estaba. Encerrada en un calabozo helado de la familia Ricci como si fuera una vulgar criminal, siendo que por mis venas corría esa misma sangre. Llevaba puesto aún el vestido de novia; el tul de encaje, antes símbolo de una farsa victoriosa para mi padre, ahora arrastraba el polvo de las piedras. El anillo con la inicial R tallada en mi dedo me quemaba la piel. Su peso me recordaba una verdad amarga: los Ricci son capaces de destruir a su propia carne con tal de no perder el control.

Me arrebataron a Amada. Sé por qué lo hicieron, mi hermana es la única carta que tienen para doblegarme, el único freno a mi furia. La preocupación me carcomía las entrañas, pero no me dejaría vencer. Me mantendré firme, cueste lo que cueste. Solo debo obedecer por un poco más de tiempo. Solo debo dejar que este matrimonio impuesto se consolide para que mi padre crea que ha ganado, sin saber que el verdadero poder que ostenta comenzará a desmoronarse desde esa misma noche.

Pensar que todo esto terminará es lo único que me mantiene cuerda. No tienen idea de lo que soy capaz. Mi padre cree que me ha entregado como un trofeo, pero en realidad ha puesto a su propia verduga dentro de sus murallas. Arruinaré cada uno de sus planes desde adentro. Planeo convertirme en la aliada secreta de los Bellini, en la peor pesadilla que jamás esperarían de su propia heredera.

Yo nunca pedí llevar el apellido Ricci; yo solo elegí ser libre. Ellos se negaron a dármela, pero no entienden que al otro lado de esta celda me aguardan el amor de mi vida y la libertad. Juro por mi vida que, cuando cruce esa puerta, Amada estará a salvo y mi familia pagará por cada lágrima.

Solo pienso en que probablemente Dante esté tan mal como yo, pero lo prefiero así a muerto. Debo mostrarme obediente y distante de él, por más que sienta que me estoy traicionando a mí misma. Aún siento el roce de su piel contra la mía, siento el vacío del espacio que dejó su anillo en mi dedo; ni siquiera eso me dejaron.

Solo debo organizarme bien, mostrarme como esperan que sea Aurora Ricci y preparar a Amada para la guerra que iniciaré desde adentro. Planeo ponerlos unos contra otros a tal punto que entre ellos mismos se destruyan, para luego salir de allí de la mano de mi hermana y de todo aquel que no se involucre en esta guerra de poder.

El solo hecho de que mi padre usara a mi hermana para obligarme a estar aquí dice mucho más de lo que suponía de él como persona y como padre. No le bastó con haberla abandonado durante años; ahora que está sin su madre, pretende marcar su destino así como ha marcado el mío. Sé que esa idea habita en su mente: criarla, hacerla ver como una Ricci y luego entregarla al mejor postor, tal como está sucediendo conmigo. Mis manos tiemblan de ira al recordar haber cruzado a esa niña pequeña por las calles de Vortalia, descalza y sin que él se preocupara jamás por darle un techo digno.

Al ponerme de pie, el estómago se me revolvió de golpe. Un vértigo repentino me hizo apoyarme contra la fría pared de piedra, parpadeando para disipar las manchas oscuras que nublaron mi vista. El agotamiento me está jugando en contra, me dije a mí misma, apretando la mandíbula mientras contenía la extraña agitación de mis entrañas. El encierro y el asco me están matando.

Escuché el crujir de las escaleras. No me atreví a bajar la mirada; reconocí de inmediato el peso de sus pasos, seguidos por el andar más ligero de mi madre.

—¿Ya vas a comer? —dijo él, lanzando la bandeja al suelo. El metal chocó contra las piedras con un estruendo seco.

El olor a grasa fría me golpeó la nariz de golpe. Sentí un vuelco repentino en el estómago, un mareo punzante que me hizo apretar los puños para no tambalearme. Es el asco, me mentí para no pensar en cuantos dias llevo comiendo la porqueria que me traen a escondidas, tragándome la náusea. El encierro y esta maldita humedad.

Me erguí despacio, manteniendo la espalda recta a pesar de que la cabeza me daba vueltas. Pero antes de responderle, el aire de la celda me trajo algo más: entre el moho y la comida rancia, flotó una ráfaga de ese perfume amaderado y pretencioso.

Mathias. Estaba ahí arriba, agazapado en la penumbra de las escaleras, disfrutando de la humillación desde la sombra.

Sonreí con desprecio helado.

—Tu falta de modales nunca deja de darme lástima —dije con una calma afilada, asegurándome de que mi voz resonara por todo el hueco del calabozo—. Pero ya que estás aquí, tomémonos un minuto para dejar las reglas claras. Aceptaré tu circo. Me casaré con tu marioneta, pero solo por mi hermana.

—Cierra la boca, Aurora —advirtió él, dando un paso amenazante.

—No quiero fiesta —continué, ignorándolo por completo y alzando la voz hacia la sombra de la escalera donde el aroma a perfume se volvía más denso—. No quiero celebraciones ni fingimientos. Nos casamos en privado, firmamos el papel y nada más. Y que le quede bien claro a Mathias que no espere nada de mí. Ni una mirada, ni un toque. Se casará con un cadáver que solo respira para proteger a Amada. De mí solo obtendrá la nada mism —

El impacto cortó mi frase en el aire.

La bofetada resonó en las paredes de piedra con una fuerza brutal. Mi cabeza giró violentamente a la izquierda y el golpe me hizo perder el equilibrio. Caí de rodillas contra el suelo helado; el choque de mis manos contra la piedra envió un chispazo de dolor por mis brazos.




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