Amando al enemigo

12. En las sombras.

Dante

El sonido del teléfono retumbó por tercera vez consecutiva contra las paredes de la habitación, rompiendo el silencio sofocante que me rodeaba. No me moví. Ni siquiera me molesté en alzar la vista para ver quién insistía en la pantalla iluminada sobre la mesa de noche. Dejé que la llamada muriera, igual que las anteriores, hasta que la habitación volvió a quedar a oscuras.

Permanecí tirado en el suelo, con la espalda fría apoyada contra la base de la madera de la cama y una botella de licor medio vacía sujeta entre mis dedos. El líquido me quemaba la garganta a cada trago, pero no era suficiente. Nada de lo que bebiera tenía la fuerza necesaria para apagar el ruido en mi mente, para silenciar las voces que llevaba escuchando todo el día como una condena.

«La heredera Ricci se casa este fin de semana».

Las palabras del mercado central volvían una y otra vez, clavándose como cristales rotos en mis sienes. Recordaba las risas, las celebraciones entre los comerciantes, los brindis por la unión entre dos grandes familias mientras yo caminaba entre los puestos intentando mantener la compostura. Cada felicitación que escuché en la calle hacia los Ricci se sintió como una bofetada directa al pecho. Ella se casaba. El fin de semana. Con otro.

Apreté el cuello de la botella hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Le di un trago largo, desesperado, buscando ese punto de anestesia que simplemente se me negaba.

Unos pasos pesados en el pasillo precedieron al sonido de la puerta al abrirse de golpe. La luz exterior se coló en el cuarto, cortando la penumbra.

—Sabía que te encontraría así —la voz de mi hermano resonó en la entrada, cargada de una mezcla de frustración y preocupación.

Entró a la habitación y se detuvo a pocos pasos de mí, observando el desastre en el suelo, la botella, la penumbra y la forma en que yo intentaba desaparecer en la oscuridad. Soltó un suspiro pesado y se acercó, cruzándose de brazos mientras me miraba hacia abajo.

—No has respondido una sola llamada en todo el día. En el mercado todos preguntan por ti y tú estás aquí, hundiéndote en alcohol. ¿Qué demonios te pasa, Dante?

No respondí. Me limité a mirar fijamente un punto ciego en la pared opuesta antes de llevarme la botella a los labios otra vez. Él no esperó a que yo hablara. Dio un paso más, inclinándose ligeramente hacia mí, y cuando volvió a hablar, la rabia en su voz se había evaporado, reemplazada por una gravedad que me heló la sangre.

—Déjalo ya, Dante. Ya lo sé.

Mi mano se congeló a mitad de camino.

—Sé por qué estás así —continuó él, con la voz baja, casi en un susurro cargado de peligro—. Sé perfectamente que estás enamorado de una Ricci.

El silencio que siguió a sus palabras fue sofocante, tan denso que el peso del aire en la habitación parecía sofocarme. La botella se sintió repentinamente demasiado pesada en mi mano. Lenta, deliberadamente, la dejé sobre el suelo de madera, produciendo un sonido sordo que retumbó en la penumbra.

—No sabes de qué estás hablando —dije. Mi voz salió áspera, rasposa por el alcohol y el desuso, pero intencionalmente desprovista de cualquier emoción.

—¡No me mientas, Dante! —estalló mi hermano, acortando la distancia que nos separaba hasta quedar justo frente a mí. Se agachó, agarrándome por la solapa de la chaqueta con una fuerza desesperada que me obligó a enderezarme—. Te he visto. He visto cómo la miras cuando crees que nadie se da cuenta. He visto cómo se te transforma la cara cada vez que alguien pronuncia el apellido Ricci en esta casa. ¡¿Tienes idea de la locura que estás haciendo?!

Traté de soltarme de su agarre con un movimiento brusco, pero él no cedió. Su mirada, clavada en la mía, no solo transmitía rabia; había un miedo genuino en el fondo de sus ojos.

—Ella se casa este fin de semana, Dante —continuó, bajando el tono a un susurro frenético, lleno de urgencia—. Se casa con alguien de su nivel, de su sangre. Para la familia Ricci, nosotros no somos más que polvo en sus zapatos. Si su padre o cualquiera de ellos llegan a sospechar un solo segundo lo que sientes por ella, te van a matar. No van a dudarlo ni un instante.

—¡¿Y crees que no lo sé?! —rugí, poniéndome de pie de golpe y apartando sus manos de un empujón. El alcohol me hizo tambalear un segundo, pero la rabia contenida durante meses me devolvió el equilibrio—. ¡Crees que no sé perfectamente quién es ella y quién soy yo!

Me pasé las manos por el rostro, arrastrando el cansancio y la frustración mientras caminaba en círculos por la habitación como un animal enjaulado.

—No lo elegí, ¿entiendes? —continué, con la voz quebrada por una mezcla de odio y dolor puro—. No elegí levantarme cada mañana odiando el aire que respira su familia mientras me muero por verla a ella. No elegí escuchar a todo el maldito mercado celebrar su boda como si fuera un festival, mientras siento que me arrancan el pecho pedazo a pedazo.

Mi hermano se quedó inmóvil en el centro del cuarto, observándome mientras la respiración se me aceleraba. El silencio volvió a caer entre los dos, pero esta vez estaba cargado de una amarga realidad.

—Tienes que olvidarla, Dante —dijo finalmente, con una voz baja, firme y carente de compasión, la voz de alguien que intenta salvarte de un acantilado—. Acéptalo de una vez. Ella pertenece a ese mundo de seda y sangre, y tú perteneces a este. Este fin de semana, ella cruzará las puertas de una iglesia y se convertirá en la esposa de otro hombre. Si intentas interponerte, no vas a cambiar su destino; solo vas a firmar tu propia sentencia de muerte, además mamá quiere presentarte a una chica que ha conocido, no te digo que la veas como tu futura esposa, pero deberias darte una oportunidad a conocer mas personas.




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