Amando al enemigo

12. Noticias que llegan.

Dante

El humo del cigarrillo ya me quemaba los dedos, pero no me importó. Lo tiré al suelo y lo aplasté con la bota mientras observaba la calle desde la penumbra. Siete días. Siete malditos días mas sin saber de Aurora.

He movido a cada uno de mis contactos, he cobrado favores que juré nunca usar y he patrullado las calles hasta que la madrugada se vuelve gris, pero es como si la tierra se la hubiera tragado. Nadie sabe nada. O peor aún, nadie quiere hablar.

La incertidumbre me está carcomiendo por dentro, transformando cada segundo de espera en una tortura silenciosa.

Y luego están esos malditos rumores.

Ayer en el club, entre susurros y miradas evasivas, escuché lo que pretendían mantener oculto: le habían comprado un vestido de novia. A ella. A mi Aurora.

Sentí cómo la sangre se me congelaba en las venas antes de convertirse en puro fuego. La sola idea de que la estén forzando a vestir de blanco para entregársela a otro me da ganas de quemar esta ciudad entera hasta que no quede piedra sobre piedra.

Estaba a punto de volver al auto para planear una locura cuando la vi.

Entre el tumulto de la plaza, una pequeña figura caminaba acompañada de una institutriz. Amada. La pequeña hermana de Aurora.

El corazón me dio un vuelco. Sin medir las consecuencias, corté distancia rápidamente, aprovechando el descuido de la mujer que la cuidaba cuando se detuvo ante un puesto de flores.

—Amada —murmuré, agachándome a su altura tras la sombra de un pórtico.

La niña dio un pequeño brinco, pero sus ojos se iluminaron al reconocer el rostro que tanto había visto junto a su hermana.

—¡Dante! —exclamó en un susurro.

—Escúchame con atención, pequeña —dije, sujetándola suavemente por los hombros mientras mis ojos escaneaban los alrededores—. No he sabido nada de Aurora. ¿Dónde está? ¿Por qué no ha salido?

La expresión de la niña se ensombreció, y ese gesto infantil me oprimió el pecho.

—Aurora está encerrada en su habitación —dijo Amada, bajando la voz con temor—. Dicen que está muy enferma. Mamá no deja que nadie entre a verla y ella tampoco sale para nada.

Enferma. Encerrada.

Las piezas encajaron en mi cabeza con la fuerza de un golpe.

No estaba enferma; la tenían prisionera.

Los Ricci la estaban aislando para doblegarla, para obligarla a aceptar esa boda.

Una rabia ciega me nubló la vista, pero me obligué a mantener la calma frente a la pequeña.

Llevé la mano al bolsillo interior de mi saco y saqué una nota que había escrito en medio de una de mis noches en blanco, con el papel arrugado y la tinta corrida por la prisa.

—Necesito que me hagas el favor más importante de tu vida, Amada —le dije, mirándola fijamente a los ojos mientras ponía el papel doblado en su pequeña mano—. Tienes que darle esto a Aurora. A solas. Que nadie te vea, como una misión de espias, ¿me lo prometes?

La niña asintió con firmeza, guardando la nota en el bolsillo de su abrigo.

—Dile que estoy desesperado —añadí, con la voz quebrándoseme por la impotencia—. Y dile que lea lo que está escrito ahí.

Porque si en esa carta no le dejaba espacio para dudas:

Si no tengo noticias tuyas pronto, voy a ir con los Bellini. No me importa quién esté en la puerta, ni cuántos hombres tengan custodiando la propiedad. Voy a entrar a la fuerza y te voy a sacar de ahí.

Tomo papel de un puesto para escribir otra nota antes de entregarsela.

—Tengo que irme antes de que me vean —mencionó mientras la institutriz la llamaba a lo lejos.

—Recuerda lo que me prometiste, Amada —le pedí una última vez.

La vi correr de vuelta a la plaza. Me erguí despacio, ajustándome el saco. El juego de las sombras y los susurros se había terminado. Si los Ricci pensaban que iban a encerrar a la mujer que amo y venderla al mejor postor, estaban a punto de descubrir hasta dónde llega mi desesperación.

“Mi amor, mi Aurora:

Me estoy volviendo loco. Catorce días sin saber de ti han sido un infierno en el que apenas puedo respirar. He movido a medio mundo, he preguntado en cada rincón y la tierra parece habérsela tragado a la única persona por la que aún vale la pena luchar.

Acabo de encontrarme con Amada. Me dijo que te tienen encerrada en tu habitación, que dicen que estás «enferma». Sé muy bien lo que significa esa mentira: te tienen prisionera. También he escuchado los rumores sobre ese maldito vestido de novia. Te juro, Aurora, que la sola idea de que alguien pretenda tocarte o distanciarte de mí me hace perder el juicio.

Necesito que escuches bien lo que te voy a decir y que confíes en mí como nunca antes lo has hecho. Si no me haces llegar alguna señal, si no tengo noticias tuyas en las próximas horas para saber que estás a salvo, se acabaron los rodeos.

Voy a ir a buscarte a la villa Ricci, ya no me importa que crean que soy un loco por irme contra mis enemigos de forma directa.

No me importa cuántos hombres pongan en la entrada, ni el apellido de tu familia, ni las consecuencias que esto traiga. Voy a tirar esa puerta abajo y voy a entrar a la fuerza a sacarte de ese encierro. Nadie va a decidir tu vida por ti, y mucho menos te van a obligar a casarte con alguien más mientras yo siga respirando.

Resiste un poco más, mi vida. Dame una respuesta con Amada o prepárate, porque voy a ir por ti y no habrá nada ni nadie en este mundo capaz de detenerme.

Tuyo siempre, Dante”




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