Amando al enemigo

13.

Aurora

El peso del agotamiento comenzó a ceder lentamente, permitiéndome abrir los ojos. Me encontré sumida en una penumbra cálida, en el lugar menos pensado: una de las habitaciones de la mansión Bellini. No hizo falta pensarlo mucho; la majestuosa letra B grabada en la madera de la pared confirmaba dónde estaba.

Sentí una tibieza ligera sobre mi estómago y bajé la mirada. Una pequeña manita descansaba sobre mí con una confianza absoluta. Una sonrisa dulce, cargada de un alivio indescriptible, se dibuja en mis labios.

Libres. Y juntas.

Respiré hondo y el aire se sintió sorprendentemente seguro. La habitación entera estaba impregnada de un aroma que conocía de memoria: notas de madera, cuero y esa fragancia limpia que siempre anunciaba su presencia. Fue entonces cuando lo descubrí. Estaba durmiendo en un sillón individual, con la postura tensa de quien se niega a descansar del todo para mantenerse en guardia.

—Dante... —lo llamé apenas en un suspiro, con la voz desgastada.

Le bastó escuchar su nombre para despertar de golpe. Sus ojos buscaron los míos con desesperación antes de cruzar la habitación en dos zancadas. Se inclinó sobre la cama y se sentó a mi lado; la vibración de su angustia acumulada aún flotaba en el aire.

—Al fin despiertas, mi vida —murmuró.

Tomó mi mano entre las suyas con una delicadeza casi reverencial y pegó sus labios a mi piel, dejando un beso largo y tibio sobre mis nudillos antes de desviar la mirada hacia Amada.

—Le di un sedante suave. Despertará en unas horas, descansada y sin dolor —dijo, volviendo a fijar toda su atención en mí—. Pero necesito hablar contigo.

Intenté erguirme para estar más cerca de él, pero un punzada aguda me atravesó la sien, haciéndome jadear.

—Hey, no. Quédate quieta —suplicó suavemente. Su palma, cálida y firme, se posó en mi mejilla, acariciándome con una ternura que me deshizo por dentro—. Estás deshidratada y débil.

Sostuvo mi mirada con una intensidad que me quitó el aliento. En el fondo de sus pupilas oscuras no había dudas, solo una promesa de protección indestructible.

—Estás con mi familia. Te quedarás aquí como nuestra protegida, nadie va a tocarte. Pero tenemos un problema... Mi madre quiere que me comprometa con una chica que trajo para mí. Dice que ante los ojos de la sociedad se ve mal que estés aquí tras haber huido de tu compromiso, mientras en esta casa viva un hombre soltero.

Un nudo opresivo se me formó en la garganta. La resignación, esa vieja conocida, amenazó con empañar el momento.

—¿Vas a casarte con otra mientras yo esté bajo tu techo? —pregunté, intentando disfrazar la fragilidad de mi voz.

—Jamás —respondió de inmediato, casi con rabia por el solo pensamiento—. No. Tenemos opciones. Su nombre es Iris, la conozco de vista. Podríamos hablar con ella y pactar una alianza, fingir que acepto el arreglo solo para ganar tiempo.

Puse mi mano sobre la suya, deteniendo sus palabras. No podía permitir que siguiera cargando con todo el peso del mundo por mí.

—¿En cuántos problemas más vas a meterte por protegernos, Dante? —lo miré con súplica—. Hay un camino más sencillo... Tratémonos como enemigos frente a los demás y listo.

Dante apretó la mandíbula, haciendo una mueca de rechazo absoluto.

—Si sigo adelante con la farsa del compromiso, haré que te conozcan, pero quiero que te quede algo bien claro, Aurora —se inclinó hasta que su aliento tibio me rozó los labios, aprisionando mi rostro entre sus manos—. No pienso casarme con ninguna otra mujer que no seas tú. Nadie más que tú. Pueden hacer desfilar a miles de prometidas frente a mí, pero ante Dios y en mi corazón, mi única esposa eres y serás tú.

El peso de su declaración disipó de golpe cualquier sombra de duda. Le dediqué una sonrisa tranquila, llena de una certeza infinita.

—Y tú serás mi único esposo —le aseguré, acariciándole el pulso en la muñeca—. Muy pronto, cuando el mundo deje de perseguirnos, podremos casarnos a plena luz del día. Sin secretos. Sin prohibiciones.

Dante no se movió; su mirada me devoraba con una mezcla de devoción y alivio puro.

—Perdóname, mi amor... Perdóname por tener que envolverte en esta red de mentiras. Pero estamos juntos, y mientras respire, ese será nuestro único destino.

Sus palabras siempre habían sido mi único refugio verdadero. Se inclinó despacio, buscando mi frente para sellar la promesa con un beso largo y pausado, antes de rodearme con sus brazos. Me pegó a su pecho con firmeza pero sin lastimarme, permitiéndome escuchar el latido acelerado de su corazón. En ese instante, envuelta en su calor, el caos de mi mente se detuvo por completo.




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