Dante
Observarla mientras dormia luego de aclarar unos puntos para sobrevivir entre nosotros.
Verla tan frágil, tan preciosa y tan mía.
Apenas respiraba tranquila, su cuerpo estaba muy tenso y se veía agotado. El sube y baja de su pecho era tan leve que por momentos el pánico me helaba la sangre, obligándome a inclinarme sobre ella solo para comprobar que la vida no se le estaba escapando entre los dedos.
El amor por Aurora no era algo que sintiera en el pecho; era una fuerza brutal que me atravesaba por completo, que me desarmaba y me reconstruía a su antojo. Pero en este instante, ese mismo amor se sentía como una herida abierta. Me rompía el corazón en mil pedazos verla reducida a esto, envuelta en una palidez casi transparente que la hacía parecer hecha de cristal.
No saber me estaba volviendo loco.
La incertidumbre era una tortura lenta. ¿Qué le habían hecho? ¿Cuántas veces lloró en silencio sin que yo pudiera protegerla? ¿Cuántas cicatrices invisibles traía grabadas en el alma? Cada marca de cansancio en su rostro, cada pequeño espasmo de dolor mientras dormía, clavaba un puñal directo en mi orgullo y en mi cordura. Sentía una rabia sorda y destructiva ardiendo en mis entrañas contra cualquiera que le hubiera hecho daño, una necesidad visceral de destruir al mundo entero solo para garantizar que nadie volviera a tocarla.
Permanecía en un estado de alerta constante. Mi cuerpo no respondía a la fatiga; mis músculos estaban tensos, listos para saltar ante el más mínimo ruido fuera de la habitación. No podía cerrar los ojos. Tenía miedo de que si me dormía, todo esto fuera un sueño cruel y al despertar ella ya no estuviera a mi lado.
Pasé los nudillos de mi mano por la línea suave de su mandíbula, apenas rozándola, temiendo que la presión de mis dedos pudiera lastimarla.
—Estás a salvo, mi vida —murmuré con la voz ahogada, inclinándome hasta que mi frente rozó la suya—. Juro por mi vida que nunca más nadie va a ponerte una mano encima. Vas a tener que sanar, Aurora... y yo voy a sostenerte cada segundo mientras lo haces.
Acomodé la sábana sobre sus hombros con extremo cuidado, asegurándome de no despertar a Amada, y me obligué a ponerme de pie. Cada músculo de mi espalda protestó por las horas acumuladas en el sillón, pero el cansancio físico no era nada comparado con la tormenta que me desgarraba por dentro. Antes de cruzar la puerta, eché una última mirada hacia la cama, guardando la imagen de su respiración pausada como un amuleto para mantener la cordura.
Cerré la puerta detrás de mí con mucho cuidado. Apenas el pestillo hizo un suave click, me topé de frente con la silueta inconfundible de mi madre, esperándome en mitad del pasillo con los brazos cruzados y la postura rígida que utilizaba cuando la autoridad de la familia estaba en juego, incluso se notaba que me estaba esperando.
—Finalmente sales —dijo con voz baja, pero marcada de una severidad helada.
—Está descansando —respondí con frialdad, dando un paso al frente para cortar el espacio entre los dos y alejarla de la habitación—. Necesita recuperarse.
Mi madre dejó escapar un resoplido de incredulidad, acomodándose la bata de seda con un gesto lleno de aristocrático desdén.
—Lo que necesita esta casa es orden, Dante. Me parece una absoluta locura que hayas traído a dos Ricci bajo nuestro techo. ¡Las dos! —enfatizó, apretando los labios con rabia—. Es una provocación directa, un peligro innecesario para nuestro apellido. Si alguien se entera de que la prometida que huyó de los Ricci y su pequeña están escondidas en la residencia Bellini, convertirán esta casa en un infierno.
—No son enemigas, madre. Son mujeres desprotegidas que no tienen a dónde ir —repliqué, endureciendo la mandíbula—. Y mientras yo respire, están bajo mi protección. Te guste o no.
Ella me sostuvo la mirada con frialdad, midiendo la determinación en mis ojos. Supo que no ganaría esa batalla ahora mismo, así que prefirió cambiar de estrategia, usando el protocolo como su mejor arma.
—Eso está por verse —dictaminó en un tono que no admitía réplica—. Por lo pronto, vas a hacerte cargo de tus obligaciones con esta familia. Quiero que bajes y les avises a las invitadas. Esta noche tendremos una cena formal.
—¿Invitadas? —pregunté, sintiendo cómo la ira comenzaba a hervir en mis venas.
—Iris y su madre —respondió con una sonrisa fría y calculadora—. Serán presentadas oficialmente ante la casa como nuestras invitadas de honor, y es hora de que conozcan las reglas bajo las cuales se rige este apellido. No pienso permitir que la presencia de dos fugitivas arruine el acuerdo de compromiso que he estado construyendo para ti. Prepárate, Dante. No voy a tolerar desaires esta noche.
Se dio media vuelta, dejando tras de sí el eco de sus tacones contra el suelo de mármol. Me quedé solo en el pasillo, apretando los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos. La cacería apenas comenzaba, y el enemigo no solo estaba fuera... también caminaba por los pasillos de mi propia casa.
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Editado: 16.09.2026