Ámanos, papá

1. Debemos concebir un bebé

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Andreina

—Avísanos cuando llegues, hija. —Me pide mamá, mientras papá baja mi maleta del baúl del coche.

Asiento y sonrío, dejando un beso en el dorso de la mano de mamá, al tiempo que con mi otra mano seco algunas lágrimas que ruedan por sus mejillas.

Soy la actriz perfecta porque ellos creen conocerme, pero no es cierto.

Nadie sospecha nada.
Eso me repito mientras el pecho me duele como si me lo estuvieran apretando con las dos manos.

No saben que no me gané ninguna beca.
No saben que no empiezo el camino como estudiante modelo.
No saben que cada palabra que dije anoche, sentada en la mesa familiar, fue una mentira cuidadosamente ensayada.

—Come bien, no te trasnoches tanto y mantente centrada en tus estudios —me aconseja papá, dejando un beso en mi frente, intentando estar en calma.

—Lo haré, papá, y tú prométeme que no te estresarás tanto. Últimamente te la pasas muy preocupado —le pido, recordándome que mi decisión de hacer lo que haré es precisamente por él y por mamá. Ellos han hecho todo por mí y ahora llegó el momento de ser yo quien haga todo por ellos…

¿Qué problema tengo que arreglar? Se trata de algo que no da espera.

Papá hipotecó la casa para invertir en un negocio que él pensaba que iba a ser un éxito. Lastimosamente, fue una vil estafa; perdió todo su dinero, y ahora tiene una deuda impagable y estamos a punto de quedarnos en la calle. Él no le ha contado nada ni a mi madre, mucho menos ha tocado ese tema con mi hermana ni conmigo; su promesa de ser el cuidador y protector de la familia no se lo permite. Yo lo sé porque sin querer lo escuché hablando con su abogado de este asunto. Estaba tan preocupado y devastado que me prometí ayudarlo aunque fuera a escondidas, y…

He aquí la razón para mentir y desaparecer… En contadas horas no solo venderé mi cuerpo, mi vida y mi dignidad, sino una parte de mi ser que no sé si algún día podré recuperar.

—Aún puedes decidir quedarte, mi amor. Estudia en un instituto o en una universidad aquí en tu país. Ni tu hermana ni tú han estado tanto tiempo lejos de nosotros y… —Me pide mamá, con los ojos llorosos.

—Solo será un año de estudio, mami —le digo—. Un año se pasa rápido —les mentí anoche en nuestra última cena familiar, mirándolos a los ojos, así como les miento ahora.

—Vete tranquila, nena. Ya se nos pasará la melancolía —susurra papá, dándome un abrazo. Me aprieta fuerte, muy fuerte, como si supiera que necesitaré de estos abrazos más que nunca.

—Cuida a mamá y cuídate tú también, papi. Los amo mucho. No entren conmigo al aeropuerto, porque perderé mis fuerzas y no podré irme tranquila si los veo tristes —les pido y me despido rápido, antes de que mis ojos me traicionen.

Agarro mi maleta, dejo un último beso en la mejilla de mi madre, otro en la de mi padre y, sin más demoras, empiezo a andar.

La voz triste de mi madre pidiéndome que no me vaya todavía resuena en mi cabeza cuando cruzo las puertas automáticas del aeropuerto.

Entro al lugar, me pierdo entre la multitud y me siento en una esquina alejada, tratando de frenar mi pensamiento, mi culpa y mis miedos.

Miro el reloj impaciente y, cuando creo que pasó el tiempo prudente, me pongo de pie, camino a la puerta de salida del aeropuerto y salgo, porque no iré a ningún lado, no habrá viaje, no saldré del país, no hay beca, no hay estudio y no hay nada, solo una gran mentira que me tiene el corazón temblando.

Arrastro la maleta hasta la fila de taxis. A medida que avanzo, mis piernas tiemblan por lo que sé que viene después.

Cuando me siento en el asiento trasero y el chofer pregunta la dirección, mi voz sale más baja de lo normal.

—Clínica Palermo.

Lo digo rápido, como si el nombre pudiera quemarme la lengua.

Apoyo la frente contra la ventana y la ciudad pasa borrosa frente a mis ojos.

Pienso en mis padres. En su orgullo. En la hija buena que creen que criaron.

Y pienso en lo que estoy a punto de hacerles… sin que jamás lo sepan.

—Lo que haré no es por ambición.

Aprieto los dedos en la tela de mi vestido y respiro hondo.

—Es por necesidad —me digo—. Solo por necesidad.

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Ignacio

—Hoy no lanzo solo una candidatura —digo frente al micrófono—. Hoy lanzo una promesa.

De inmediato, los aplausos llenan el salón.

Sonrío, sé exactamente cuándo hacerlo. Sé cómo inclinar la cabeza y sé cómo mirar para parecer sincero.

Aprendí desde joven que el poder no solo se tiene: se interpreta.

Las cámaras me enfocan, los flashes estallan y mi apellido aparece en todas las pantallas gigantes detrás de mí, sólido, impecable, poderoso y heredado.

A mi derecha está mi esposa sonriendo. Se ve muy bella y con una serenidad que transmite calma. Su vestido claro la hace ver elegante y su mano firme sobre mi brazo declara que me apoya.




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