Amantes de Cristal

El amor no pide perdón

Anthony no sentía culpa. Ni una pizca. Y no porque fuera cruel, sino porque recordaba.

Recordaba el día en que Eldermoon dejó de ser hogar y eligió ser jaula. Recordaba las miradas que evitaron a Evan. Las palabras que no se dijeron, pero que pesaron más que un grito. Recordaba cómo, con la excusa del orden, permitieron que el odio entrara.

—No fue un accidente —dijo Anthony, esa noche, apoyado en la baranda del balcón—
Fue una elección.

Evan estaba detrás de él, rodeándolo con los brazos, la barbilla apoyada en su hombro.

—Entonces ¿no te duele? —preguntó con cuidado.

Anthony giró apenas el rostro y lo besó en la sien.

—Me dolería si hubieran sido inocentes. Pero despreciarte fue suficiente para perder mi compasión.

La mansión, sensible a la honestidad brutal, encendió luces cálidas en todas las habitaciones. Como si estuviera de acuerdo. En el salón principal, Aurelian y Kael jugaban a algo que solo ellos entendían.

—Yo soy el villano —anunció Kael— Pero uno torpe.

—Entonces yo soy el héroe —respondió Aurelian— Pero uno que se tropieza.

Ambos se lanzaron sobre la alfombra, rodando entre risas. Un cojín decidió levitar para amortiguar el golpe. Otro se colocó estratégicamente debajo de la cabeza de Kael.

—La casa te prefiere —gruñó Kael.

—No —dijo Aurelian, con solemnidad infantil— La casa ama la justicia.

Kael lo miró. Luego sonrió.

—Entonces hoy la justicia tiene cosquillas.

Y lo atacó. Las luces parpadearon. El sistema de sonido reprodujo una fanfarria épica para luego cambiar abruptamente a una canción infantil. Anthony se tapó la cara.

—Evan…
—No fui yo —respondió él, riendo— Fue felicidad no supervisada.

Más tarde, cuando los niños ya dormían, Anthony habló en voz alta. No para Evan. No para la casa. Para sí mismo.

—Eldermoon eligió obedecer antes que amar.

Evan lo escuchó desde el umbral.

—¿Y tú qué eliges ahora?

Anthony se giró. Sus ojos no tenían odio. Tenían decisión.

—Elegirte a ti. Elegirlos a ellos. Y aun así no permitir que ese hombre use lo que robó para someter al mundo.

Evan se acercó despacio.

—Eso suena…
—A mí —terminó Anthony— Y no pienso disculparme.

Se besaron. Lento. Seguro. Las paredes se tiñeron de un dorado suave, casi imperceptible. La casa no celebró. Respiró. A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una noticia curiosa. Todas las pantallas mostraban el mismo mensaje, firmado por Anthony Valémont:

No buscamos salvarlos. Buscamos impedir que vuelvan a ser esclavos..Si quieren líderes, miren alrededor. Si quieren amos, miren a otro lado.

Debajo, sin explicación alguna, apareció una foto: Evan riendo en la cocina, con Aurelian colgado de su cuello y Kael haciendo caras detrás. El enemigo, en algún lugar del mundo, rompió una pantalla.

—¿Por qué? —gruñó— ¿por qué no tiene miedo?

Anthony, ajeno a eso, estaba peleando con la cafetera.

—Evan, juro que esta cosa me odia.

—No te odia —respondió Evan— Está celosa.

La cafetera expulsó espuma como protesta. Anthony la miró fijo.

—No compitas con mi esposo.

La cafetera se apagó. Kael, desde la mesa:

—Papá ganó otra guerra.

Esa noche, Anthony se sentó al borde de la cama de Aurelian. Le acomodó el cabello.

—Papá —murmuró el niño, medio dormido—
¿El mundo va a estar bien?

Anthony no mintió.

—No siempre.

—¿Nosotros sí?

Anthony sonrió.

—Siempre.

Aurelian asintió y se durmió. Kael, desde la otra cama, habló sin abrir los ojos:

—Si el enemigo viene…
—No va a encontrarnos solos —terminó Anthony.

Evan los observó desde la puerta. Amor intacto. Familia firme. Y muy lejos, entre ruinas tecnológicas, el enemigo comprendió algo por primera vez:

No estaba luchando contra dioses..Estaba luchando contra algo peor. Una familia.que no pedía permiso, ni perdón para amar. Y eso no había aprendido a controlarlo.




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