No era una metáfora: las persianas se abrieron solas con entusiasmo exagerado, el sistema de climatización decidió que era día perfecto y ajustó la temperatura exactamente a la que Evan solía decir así está bien, y la cafetera ya reconciliada preparó café doble sin que nadie se lo pidiera. Anthony la miró con sospecha.
—No confío en esto.
Evan, todavía despeinado, lo besó en la mejilla.
—Déjala. Está de buen humor. Como yo.
Anthony arqueó una ceja.
—Eso explica por qué la casa parece enamorada.
La lámpara del comedor parpadeó con coquetería. Aurelian apareció corriendo por el pasillo con una capa hecha de cortinas.
—¡KAEL DIJO QUE NO PODÍA VOLAR!
Kael salió detrás, indignado, con un cuaderno en la mano.
—¡Dije que no podía volar sin permiso! ¡Eso es diferente!
Aurelian extendió los brazos dramáticamente.
—¡La libertad no pide permiso!
El sofá decidió deslizarse suavemente para recibirlo. Aurelian aterrizó de espaldas con una risa victoriosa. Anthony se cruzó de brazos.
—¿Quién autorizó a los muebles a participar?
Evan levantó la mano.
—Creo que fue mi culpa. Estoy… muy feliz hoy.
La mesa del comedor vibró de entusiasmo. Kael suspiró.
—La casa necesita límites.
Aurelian lo miró, solemne.
—La casa es como papá cuando besa a Evan.
Anthony escupió café.
—¿QUÉ?
Evan se dobló de risa. Las luces titilaron como si aplaudieran. Más tarde, Anthony intentó trabajar en su despacho.
Intentó..Evan entró sin hacer ruido, se apoyó contra la puerta y lo miró en silencio. Anthony levantó la vista.
—¿Por qué me miras así?
—Porque puedo —respondió Evan— Porque eres hermoso cuando te concentras..Y porque me gustas.
Anthony cerró los ojos. La pantalla del ordenador se apagó sola..El sillón giró lentamente para alejarlo del escritorio.
—La casa conspira contra mi productividad —murmuró.
Evan se acercó y lo besó, suave, sin prisa. La habitación se iluminó en tonos cálidos..Los cuadros cambiaron de lugar para tener mejor vista.
—Esto es acoso tecnológico —dijo Anthony entre besos.
—Amor ambiental —corrigió Evan.
Desde el pasillo, Kael comentó:
—Los muros se sonrojaron.
Anthony gruñó:
—¡KAEL!
Aurelian apareció detrás, con una sonrisa traviesa.
—No están haciendo nada malo. Están haciendo hogar.
La casa emitió un ding de aprobación. Evan decidió cocinar. Mala idea. Cada vez que Anthony lo miraba, la cocina reaccionaba: el horno se precalentaba solo, la campana extractora se encendía por nervios, y los cuchillos flotaban demasiado cerca.
—Anthony —advirtió Evan— Si sigues mirándome así, voy a quemar algo.
—Eso nunca te detuvo antes.
La tostadora lanzó una rebanada directamente a la mano de Evan.
—La casa está de tu lado —dijo Kael.
—Traidora —murmuró Anthony, mirando a la tostadora.
Aurelian levantó el plato terminado con orgullo.
—La comida sabe mejor cuando hay amor.
Anthony probó.
— Maldita sea. Tiene razón.
Esa noche, los cuatro estaban tirados en la alfombra del salón. Aurelian dormía con la cabeza sobre el pecho de Evan. Kael, con los pies apoyados en las piernas de Anthony, dibujaba sin darle forma a nada.
—¿Sabes qué es lo mejor? — dijo Evan en voz baja — No estamos salvando el mundo hoy.
Anthony besó su cabello.
—Hoy solo lo estamos ignorando.
Kael murmuró:
—Eso debería ser una estrategia oficial.
La casa bajó las luces, lenta, cuidadosa. Como si no quisiera interrumpir. Aurelian, medio dormido, susurró:
—Me gusta cuando somos solo nosotros.
Anthony cerró los ojos.
—A mí también.
Y en algún lugar lejano, entre sistemas robados y mentes sometidas, el enemigo frunció el ceño sin entender por qué la felicidad de esa familia seguía siendo el único punto del mundo que no podía tocar.
Ni siquiera rozar. Porque no gritaban. No amenazaban. No pedían perdón. Vivían.