Recordaba órdenes dadas con frialdad, cenas impecables sin risas, pasos que nunca se detenían a escuchar. Anthony no había vuelto allí por nostalgia, sino por cálculo. Evan lo supo en cuanto cruzaron el umbral.
—Este lugar no perdona —dijo Evan en voz baja.
La puerta se cerró sola detrás de ellos. No con violencia. Con criterio.
—Tampoco pide disculpas —respondió Anthony.
Las luces tardaron un segundo de más en encenderse. El sistema domótico, antiguo y orgulloso, parecía evaluar si aún debía obedecer a su dueño. Cuando lo hizo, lo hizo mal: la iluminación quedó demasiado blanca, quirúrgica, como una sala de operaciones.
—Perfecto —murmuró Evan— Si vamos a sufrir, que sea con buena visibilidad.
El ascensor decidió no funcionar. Subieron por la escalera. Cada escalón crujía como si comentara la decisión.
—¿Escuchas eso? —preguntó Evan— La casa nos juzga.
—Siempre lo hizo —contestó Anthony— Antes solo fingía educación.
Llegaron al salón principal. El piano, cubierto por una tela gris, emitió una nota sola. Un do cansado.
—No toques —advirtió Evan— Si empiezas a tocar, el edificio va a llorar.
Anthony no sonrió. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla que inmediatamente se apartó un centímetro, como si no quisiera cargar con el peso.
—Estamos solos aquí para que nadie más pague el precio —dijo Anthony— Eso no lo hace más fácil.
Evan caminó hasta la ventana. La ciudad brillaba abajo, indiferente, hermosa en su ignorancia. Cuando apoyó la frente en el vidrio, la temperatura del salón bajó dos grados. El termostato titiló, confundido.
—Mi poder odia este lugar —dijo Evan— No hay emoción limpia. Todo es eco.
—Mi infancia —respondió Anthony— Un eco largo.
La pantalla central del salón se encendió sin permiso. No mostró imágenes; mostró datos. Caídas bursátiles leves. Ajustes invisibles. Decisiones tomadas en oficinas donde nadie levantaba la voz.
—Está probando el terreno —dijo Anthony— No ataca aquí porque no necesita hacerlo.
—Todavía —agregó Evan.
El sistema de sonido emitió un pitido breve, como un carraspeo.
—Gracias —le dijo Evan— Tu comentario fue muy oportuno.
La lámpara del techo osciló. Un vaso se resquebrajó sin romperse del todo.
—Anthony —dijo Evan, girándose— Si esto sale mal…
—No empieces —interrumpió Anthony.
—No —insistió Evan—Si sale mal, no quiero que recuerdes esta casa. Quiero que recuerdes el pueblo. Los niños. La risa. No este mausoleo con Wi-Fi.
Anthony se acercó. Le tomó el rostro con ambas manos. La domótica registró el contacto y, confundida, atenuó las luces hasta un dorado tibio que no pertenecía a esa casa.
—No pienso perderte —dijo Anthony—
Y no pienso pedir permiso para salvar lo que amo.
—Eso es romántico —respondió Evan— Y estadísticamente imprudente.
Una carcajada breve escapó de ambos. Negra. Necesaria. El reloj de pared se detuvo. No por poder, sino por agotamiento.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Evan—
Que él no nos odia.
Anthony cerró los ojos.
—Nos considera un error corregible.
La cafetera del rincón, que nadie había encendido, empezó a preparar café. Muy cargado. Muy tarde.
—Genial —dijo Evan— La casa también sabe que no vamos a dormir.
Anthony apoyó la frente en el hombro de Evan. El sistema de seguridad activó un protocolo antiguo: encierro nocturno. Todas las persianas bajaron a la vez. El mundo quedó afuera.
—Si esto es una tragedia —susurró Evan— al menos no será silenciosa.
—No —respondió Anthony— Será honesta.
En el reflejo del vidrio oscuro, ambos se vieron juntos. No como símbolos. No como amenazas. Como dos hombres cansados que habían decidido no huir.
Y muy lejos, en una red que no necesitaba cables, algo registró el cambio: No estaba tratando con héroes. Estaba tratando con personas que ya habían aceptado el dolor.
Y eso lo sabía bien era lo único que nunca se podía programar.