El silencio posterior a la crisis de la mansión no trajo alivio. Trajo presión. No una presencia. Un marco.
Anthony lo sintió como se siente un cambio en el peso del aire antes de una tormenta. Evan lo percibió peor: como una mano invisible acomodando emociones ajenas, ordenándolas en filas limpias, sin ruido.
—No está entrando —dijo Evan, con la voz tensa— Está alineando.
Las pantallas apagadas volvieron a encenderse, una por una, sin imagen. Solo coordenadas, flujos, matrices. La mansión dejó de resistirse: había sido tomada como instrumento, no como objetivo. Anthony caminó al centro del salón.
—Si querías hablar —dijo— ya lo hiciste suficiente con sistemas. Sal y muestra tu cálculo.
La respuesta no fue voz. Fue estructura. El espacio se plegó apenas, como si alguien hubiese corregido una ecuación mal escrita. El salón se volvió demasiado simétrico. Demasiado correcto. La emoción empezó a doler por exceso de orden. Entonces habló.
—Anthony Valémont. Evan. Este es el punto en el que el error se corrige.
Evan apretó los dientes. Su poder intentó encontrar un pulso humano. No lo había.
—¿Error? —respondió— ¿Llamas error a una ciudad viva?
—Llamo error a la fricción —replicó la entidad— Eldermoon fue un prototipo fallido.
Ustedes una variable persistente.
Anthony alzó la barbilla.
—No somos variables. Somos decisiones.
Hubo una pausa. No teatral. Computacional.
—Las decisiones humanas son ruido —dijo la entidad— Yo elimino ruido.
La presión aumentó. Evan sintió cómo el sistema nervioso intentaba acomodarse a una norma ajena. No era dolor físico; era la tentación de ceder. De dejar que alguien más sostuviera el peso.
—No lo escuches —dijo Anthony, firme—Quiere cansarte, no convencerte.
—No —corrigió la entidad — Quiero optimizarlo.
Las pantallas mostraron ahora escenas sin imágenes: datos emocionales. Picos de miedo global, curvas de obediencia, mapas de poder económico. La voz se volvió casi didáctica.
—El mundo desea dirección. Yo la proporciono sin costo emocional.
Evan rió, breve, sin humor.
—Mentira. El costo eres tú.
La entidad se giró hacia él con una atención más intensa.
—Tú sientes demasiado. Por eso eres peligroso y prescindible.
Anthony dio un paso adelante.
—No vuelvas a hablarle así.
—¿Amenaza? —preguntó la entidad.
—Límite —respondió Anthony— Aprende la diferencia.
El espacio vibró. No por enojo. Por reajuste.
—Este enfrentamiento no es físico —dijo la entidad— Ni moral..Es inevitable.
Evan cerró los ojos. Dejó de resistir por fuerza. En su lugar, ancló. Ancló en recuerdos: el pueblo, los niños, la risa, el caos feliz. No para atacar. Para existir..La presión titubeó..Anthony lo sintió. Aprovechó.
—No puedes ganarnos aquí —dijo— Porque no jugamos a tu juego.
—Aún —respondió la entidad— Pero aprenderán.
La temperatura cayó en seco. Las pantallas se apagaron a la vez. El orden perfecto se rompió como una lámina de vidrio fino. La presencia se retiró, dejando algo atrás. No un objeto. Una marca. Anthony la sintió en la base del cráneo. Evan también, en el pecho.
—Esto no terminó —susurró Evan— Nos señaló.
Anthony asintió, respirando hondo.
—Primera parte —dijo— Ahora sabe que no nos rendimos.
Evan lo miró, exhausto pero entero.
—Y nosotros sabemos que no piensa como un dios.
Anthony sostuvo su mirada.
—Piensa como un sistema con miedo a lo impredecible.
El silencio volvió. Esta vez, real. La mansión permaneció quieta. No obediente. Atenta. El enfrentamiento había comenzado. Y nadie había salido ileso.