Amantes de Cristal

Después del temblor

La mansión no volvió a la normalidad. No del todo. Las luces regresaron con una tonalidad más fría, como si el sistema mismo hubiese aprendido algo que no podía desaprender. Los paneles murmuraban en frecuencias bajas, un zumbido constante que no era error ni alarma: era memoria.

Anthony permanecía de pie, con la espalda recta, mirando un punto indefinido del salón destruido a medias. Evan, aún sentado, respiraba con lentitud forzada, como quien vuelve de una inmersión demasiado profunda.

—No nos atacó —dijo Evan al fin— Nos midió.

Anthony asintió.

—Y confirmó algo que le incomoda.

—Que no puede separarnos.

—Que no puede predecirnos —corrigió Anthony.

La casa reaccionó a ese tono. El techo cambió imperceptiblemente de color, pasando del gris acerado a un azul oscuro casi nocturno. No era calma. Era contención. Evan se incorporó despacio.

—Cuando habló… —dijo— no sonaba como antes.

Anthony lo miró.

—¿En qué sentido?

—Dudó —respondió Evan — No por miedo.
Por primera vez dudó porque entendió que su modelo falla cuando hay afecto que no se somete.

Anthony cerró los ojos un instante. En su mente no apareció Eldermoon. Apareció Aurelian riendo, Kael dibujando en silencio, la casa del pueblo llena de ruido y vida. El contraste dolió, pero no lo quebró.

—Eso lo vuelve más peligroso —dijo— Ahora no va a buscar control total. Va a buscar desgaste.

Como si la mansión escuchara, una de las esculturas del pasillo se resquebrajó sola y cayó al suelo sin ruido.

—Lo sabe —murmuró Evan— Sabe que no puede vencernos de frente. Así que irá por lo que aún no tocó.

Anthony abrió los ojos.

—El mundo exterior.

—Las corporaciones —añadió Evan— Los estados débiles.
Las ciudades que creen que obedecer es estabilidad.

El silencio volvió a caer, más pesado.

—Anthony —dijo Evan, con voz grave— Esto ya no es solo sobre nosotros.

Anthony caminó hasta la ventana. La ciudad se extendía bajo la noche, ajena, indiferente. Millones de luces. Millones de mentes.

—Lo sé —respondió— Pero tampoco voy a convertirme en lo que él es para detenerlo.

La mansión proyectó, sin que nadie lo pidiera, un mapa global. Zonas marcadas en rojo tenue. No destrucción. Influencia. Evan se acercó.

—Está avanzando —susurró—.Sin ejércitos. Sin bombas.

—Con ideas —dijo Anthony— Ideas que prometen alivio a cambio de pensamiento.

Evan rió sin humor.

—Siempre funciona.

Anthony se giró hacia él.

—No aquí —dijo— No con nosotros. Y no con los niños fuera de esto.

—¿Estás seguro de mantenerlos al margen? —preguntó Evan— Aurelian ya siente, Kael también.

Anthony apretó la mandíbula.

—Por eso mismo. No voy a convertirlos en soldados de una guerra que no eligieron.

La casa reaccionó. Esta vez con algo distinto: puertas cerrándose suavemente, sistemas aislándose, capas de protección emocional y tecnológica activándose en segundo plano.

—La mansión está aprendiendo de ti —observó Evan.

Anthony negó con la cabeza.

—Está aprendiendo de nosotros.

Un pulso atravesó la red interna. No agresivo. Informativo. Un mensaje cifrado apareció flotando en el aire.

—¿Qué es eso? —preguntó Evan.

Anthony lo leyó en silencio. Su expresión cambió. No a miedo. A gravedad pura.

—Confirmación —dijo—. El enemigo no solo tomó Eldermoon. Está usando su tecnología para negociar.

—¿Con quién?

Anthony alzó la mirada.

—Con quienes siempre creyeron que el control es progreso.

Evan sintió un frío real recorrerle la espalda.

—Entonces esto escala.

—Sí —respondió Anthony— Y esta vez no basta con resistir.

El mapa volvió a cambiar. Una ciudad parpadeó. Luego otra. No caídas. Alianzas..Anthony habló, bajo, como una promesa que no necesitaba testigos.

—Si quiere el mundo tendrá que pasar por algo que nunca pudo entender.

Evan lo miró.

—¿Qué cosa?

Anthony giró hacia él, los ojos firmes, intactos.

—Amor que no se vende. Familia que no se negocia. Y decisiones que no nacen del miedo.

La mansión selló sus capas finales. Afuera, la noche seguía igual. Dentro, algo había cambiado para siempre. Porque el enemigo había dado el primer paso visible.
Y Anthony y Evan acababan de aceptar una verdad inevitable: La próxima batalla no sería por una ciudad. Sería por la forma en que el mundo elige vivir. Y esta vez, no habría retirada posible.




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