Existía en un punto intermedio, un lugar sin tiempo donde su cuerpo obedecía y su alma gritaba. Caminaba junto a él junto al enemigo, hablaba cuando se le indicaba, asentía cuando la lógica correcta debía asentir. Desde fuera, era impecable. Serio. Íntegro. El Anthony perfecto que el control necesitaba exhibir.
Pero por dentro por dentro estaba encerrado. Intentó mover un dedo sin permiso. Nada. Intentó callar cuando la voz lo obligó a hablar. Nada. La desesperación no llegó como pánico, sino como una lucidez insoportable: seguía siendo él, completamente consciente, atrapado en un cuerpo que ya no le pertenecía.
Evan…
El nombre no salió por su boca. Ardió en su pecho.
—No luches —susurró la voz dentro de su mente—. Has elegido bien. Esto es orden. Esto es paz.
Esto es una mentira, pensó Anthony, con una furia muda.
Fue entonces cuando ocurrió algo que el enemigo no había previsto. En lo más profundo, donde no había algoritmos ni jerarquías, Anthony dejó de pensar y comenzó a sentir. El recuerdo de unas manos cálidas. Una risa baja en la noche. Un hogar construido a pesar del mundo. Dos niños durmiendo seguros. Y a Evan. El vínculo no era mental. Era del alma.
—Evan —suplicó, sin voz, sin forma — Escúchame. Por favor.
La prisión mental se tensó. La voz reaccionó.
—Comunicación no autorizada.
Pero ya era tarde. Evan despertó sobresaltado en el pueblo, con el corazón golpeándole el pecho como si hubiese corrido kilómetros. El aire vibraba. Las luces parpadearon. La tecnología doméstica se agitó sin razón aparente.
—Anthony… —susurró, llevándose la mano al pecho.
No fue una visión. Fue un dolor ajeno. Cayó de rodillas, jadeando, mientras una presión brutal le atravesaba el cráneo. No imágenes. No palabras claras. Solo una emoción devastadora que no era suya… pero que lo buscaba.
Ayúdame.
Evan cerró los ojos. Se obligó a respirar. No podía entrar en pánico. Anthony necesitaba claridad, no ruido.
—Estoy aquí —murmuró— No sé cómo pero estoy aquí.
En la distancia imposible que los separaba, Anthony sintió esa respuesta como una grieta en la jaula.
No puedo moverme, envió Anthony, con un esfuerzo que lo desgarró— Mi cuerpo no es mío. Pero sigo siendo yo. No me dejes aquí.
La voz del enemigo se alzó con más dureza.
—Estás agotándote. La resistencia emocional es inútil.
Anthony quiso reír..Quiso llorar.
No sabes lo que es inútil, pensó— Porque nunca amaste.
El castigo llegó como un dolor blanco, controlado, preciso. No para destruirlo. Para silenciarlo. Anthony cayó de rodillas en el mundo físico, ante la mirada fría del enemigo. Desde fuera, parecía un momento de debilidad controlada. Desde dentro, era una tortura.
Evan…
La súplica ya no era palabra. Era esencia. En el pueblo, Evan gritó. No con la voz. Con el alma. Las paredes temblaron. Los objetos se elevaron unos centímetros. Aurelian se incorporó de golpe, con los ojos abiertos, brillando con una comprensión que no era infantil.
—Papá está sufriendo —dijo.
Kael se levantó despacio, el cuaderno olvidado en la cama.
—No está solo —añadió— Nunca lo estuvo.
Evan los miró, con lágrimas silenciosas cayéndole por el rostro.
—Lo tengo —dijo, con una certeza nueva— No sé cómo pero lo tengo.
Volvió a cerrar los ojos. Esta vez no buscó ver. No buscó controlar. Se abrió.
—Anthony —susurró — No te suelto..Aunque el mundo entero te encierre yo voy a encontrarte.
En la prisión mental, Anthony sintió algo distinto al dolor. Sintió esperanza. Y eso fue lo primero que el enemigo no pudo bloquear..Porque el control puede dominar la mente. Puede usar el cuerpo..Puede imponer decisiones.
Pero cuando dos almas se reconocen más allá del miedo ni siquiera el dominio absoluto es suficiente. Y en algún lugar, entre jaulas invisibles y vínculos imposibles, la resistencia acababa de empezar de verdad.