Amantes de Cristal

La ley como arma

El enemigo no necesitó volver a tocar la mente de Anthony. Le bastó con dejarlo pensar bajo las reglas correctas.

Los documentos llegaron al pueblo una mañana gris, impecables, sellados con una legalidad irrefutable. Anthony los había firmado con su nombre, su título y su autoridad. No había coerción visible. No había error técnico. Todo estaba hecho conforme a la ley humana.

La mansión, esa que había sido hogar, refugio y milagro, no pertenecía a Evan. Nunca había pertenecido a Kael.
Y legalmente, tampoco a Aurelian. Evan leyó una y otra vez sin comprender del todo.

—No —susurró—. Esto no es posible.

Anthony no estaba allí para explicarlo. Solo su firma. El desalojo fue silencioso. No hubo violencia. No la necesitaban. Los funcionarios evitaron mirarlos a los ojos. La casa, obediente a su verdadero dueño, se cerró desde dentro. Las paredes dejaron de responder a Evan. La tecnología quedó muda. Kael apretó el cuaderno contra el pecho.

—Anthony no haría esto —dijo, más como ruego que como afirmación.

Evan se arrodilló frente a él y le sostuvo el rostro con ambas manos.

—No lo está haciendo —respondió— Lo están usando.

El golpe final llegó horas después. Anthony apareció, escoltado, impecable, distante. Aurelian sintió el vacío antes de verlo.

—Papá —dijo, avanzando un paso.

Anthony se detuvo.

—Aurelian —pronunció con voz neutra— Ven conmigo.

Evan se interpuso de inmediato.

—No —dijo—..No te lo vas a llevar.

Anthony alzó la mirada. Por un segundo, solo un segundo, Evan vio al Anthony real detrás de los ojos controlados. Dolor. Vergüenza. Súplicas mudas. Luego, la máscara volvió.

—Legalmente —continuó Anthony—, Aurelian es mi hijo biológico. Tengo la custodia absoluta.

Evan sintió que el aire se le iba.

—Esto es una monstruosidad.

—Es la ley —respondió Anthony—. Y tú ya no perteneces a esta propiedad.

Aurelian gritó cuando lo sujetaron.

—¡Evan! ¡Kael! ¡No me suelten!

Anthony no lo miró. Si lo hacía, se quebraba.. Cuando Aurelian pasó junto a Evan, sintió el frío metálico cerrarse alrededor de su muñeca. Un brazalete oscuro, vivo.

—¿Qué es esto? —preguntó, aterrorizado.

El enemigo respondió desde las sombras.

—Un bloqueador —dijo—. Tu poder ya no te pertenece.

Aurelian cayó de rodillas.

—Papá —lloró— Papá, ayúdame.

Anthony se obligó a girarse. Y caminó. Evan no lloró cuando el vehículo desapareció. Kael sí. Horas después, con una maleta improvisada y el cuaderno bajo el brazo, Evan tomó una decisión.

—Nos vamos —dijo— No a huir. A resistir.

Su departamento no era una mansión, pero era suyo. Seguro. Neutral. Allí, por primera vez desde que todo comenzó, Evan se permitió derrumbarse. Se apoyó contra la pared y dejó caer el rostro entre las manos.

—Me lo arrancaron —susurró—. A los dos.

Kael se sentó a su lado en silencio. Luego abrió el cuaderno y empezó a dibujar. No por costumbre. Por necesidad.

—No terminó —dijo al fin— Anthony no se fue. Está partido.

Evan levantó la cabeza.

—¿Qué viste?

Kael señaló el dibujo: una figura dividida por líneas, rodeada de nodos, con un hilo luminoso que salía de su pecho.

—Ese hilo sigue unido a nosotros.

Evan respiró hondo.

—Entonces aún podemos tirar de él.

En la guarida del enemigo, Aurelian estaba solo. Anthony estaba allí pero no era libre. El niño intentó concentrarse. Nada. El brazalete ardía, sofocando cada intento de conexión. Se sentía pequeño, inútil, por primera vez en su vida.

—¿Te duele no ser especial? —preguntó el enemigo con una calma cruel— Acostúmbrate. Eso es obediencia.

Aurelian apretó los dientes, con lágrimas cayendo en silencio.

—Evan va a venir —dijo— Kael también.

El enemigo sonrió.

—Que lo intenten.

Aurelian cerró los ojos, temblando. No podía usar su poder. Pero todavía podía sentir. Y en algún lugar, muy lejos, Evan y Kael ya estaban planeando algo que el enemigo aún no había calculado: Una forma de romper la ley, ,la mente y el miedo sin perder el amor. Porque esta vez, no se trataba de resistir. Se trataba de recuperarlos.




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