Amantes de Cristal

Las grietas que quedan

El silencio fue lo primero que volvió.

No el silencio cómodo del descanso, sino ese que se instala después de una tormenta y obliga a escuchar todo lo que quedó roto. La casa que los acogía lejos de mansiones, lejos de símbolos respiraba con dificultad, como si también estuviera aprendiendo a existir después de haber sido testigo de demasiado.

Anthony estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. No se movía. No porque no pudiera, sino porque temía hacerlo. Cada gesto pequeño parecía exigir una comprobación previa: ¿esto lo elijo yo?

Evan lo observaba desde la puerta. No se acercó de inmediato. Había aprendido, a fuerza de dolor, que el amor también podía ser prudente.

—No tienes que quedarte quieto —dijo al fin, con voz suave— No va a pasar nada si te mueves.

Anthony tardó unos segundos en responder.

—Eso es lo que no sé —admitió— Durante tanto tiempo cada movimiento tenía consecuencias.

Evan dio un paso. Luego otro. Se sentó frente a él, a la misma altura, sin tocarlo todavía.

—Ahora también las tiene —dijo— Pero son tuyas.

Anthony levantó la mirada. Sus ojos estaban despiertos y cansados. No había control en ellos. Tampoco había alivio completo. Había algo más difícil de sostener: conciencia.

—Sigo oyéndolo a veces —confesó— No como una voz clara. Más bien como una idea demasiado ordenada. Como si alguien me susurrara que sería más fácil no sentir.

Evan cerró los ojos un segundo, respiró hondo y apoyó la frente contra la de él.

—Entonces cuando pase —murmuró— mírame. No para que te salve. Para que recuerdes dónde estás.

Anthony asintió apenas. Y por primera vez desde que todo había comenzado, se permitió inclinarse hacia adelante. Apoyó la frente en el hombro de Evan. El gesto fue pequeño, pero le temblaron las manos.

—No me rompí —susurró— Pero me doblaron hasta casi olvidarme.

Evan lo rodeó con los brazos, con cuidado, como quien sostiene algo valioso que aún no sabe cuánto peso soporta.

—Aquí no tienes que ser entero —dijo—
Solo presente.

Aurelian estaba sentado en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada en la pared. Tenía las piernas cruzadas y la mirada fija en el brazalete oscuro que aún rodeaba su muñeca. No intentaba quitárselo. Ya no. Sabía que no funcionaba así. Kael se sentó a su lado sin decir nada, como solía hacer.

—¿Duele? —preguntó después de un rato.

Aurelian negó con la cabeza.

—No —respondió— Es raro. Como si mi cabeza quisiera correr y mis pies no.

Kael frunció el ceño, pensativo.

—Papá tampoco corre —dijo— Camina raro desde que volvió.

Aurelian levantó la mirada.

—¿Crees que está roto?

Kael dudó.

—Creo que está reajustándose.

Aurelian se quedó en silencio. Luego apoyó la cabeza contra la pared.

—Yo lo sostuve —dijo, casi en un susurro—
Allá dentro. Si lo soltaba se perdía.

Kael lo miró de reojo.

—Y ahora te toca a ti soltar un poco.

Aurelian frunció los labios.

—No quiero.

Kael sonrió apenas, una sonrisa triste.

—Yo tampoco quise dejar de dibujar cuando me di cuenta de que nadie miraba —dijo—
Pero igual lo hice. Y sigo aquí.

Aurelian giró la muñeca, observando cómo el brazalete capturaba la luz.

—No lo voy a usar —afirmó— Aunque pueda.

Kael asintió.

—Eso también es elegir.

Esa noche, Anthony despertó sobresaltado. No gritó. No se sentó de golpe. Solo abrió los ojos con la respiración acelerada, como si acabara de salir de un lugar donde el aire era demasiado escaso. Evan se incorporó al instante.

—Estoy aquí.

Anthony cerró los ojos con fuerza.

—Creí que había firmado algo —dijo— Otra vez. Que los entregaba. A todos.

Evan le tomó la mano.

—No firmaste nada —aseguró— Y aunque lo hicieras ya no estarías solo.

Anthony respiró hondo, una vez, dos.

—Tengo miedo —admitió— No de él. De mí si vuelve a pasar.

Evan no respondió enseguida. Se tomó el tiempo de pensar la verdad sin adornos.

—A mí me da miedo lo contrario —dijo al fin—
Que te obligues a ser invulnerable para que no vuelva a pasar.

Anthony lo miró.

—¿Y si no puedo evitarlo?

—Entonces lo atravesamos juntos —respondió Evan— No como héroes. Como personas.

Anthony dejó escapar una risa breve, rota.

—Eso suena mucho más difícil.

—Siempre lo fue.

A la mañana siguiente, Kael encontró a Evan en la cocina, revisando mensajes en una pantalla portátil. No eran amenazas. No eran órdenes. Eran rumores. Versiones incompletas. Historias mal contadas.

—Están diciendo que Anthony colaboró —observó Kael— Que todo fue parte de un plan.

Evan apretó los dientes.

—El enemigo cambió de táctica —dijo—
Ahora quiere que nadie confíe en él ni en lo que representó.

Kael cerró el cuaderno.

—¿Y tú?

Evan levantó la vista.

—Yo confío.

Kael asintió.

—Entonces no está funcionando del todo.

Anthony escuchó la conversación desde el umbral. No intervino. No todavía.

Por primera vez desde que había sido liberado, entendió algo con claridad brutal: la batalla no había terminado, pero había cambiado de forma. Ya no se trataba de control directo, ni de rescates imposibles. Ahora era una guerra lenta, hecha de versiones, de cansancio, de fe erosionada.

Y él era el campo de disputa. Aurelian se acercó en silencio y le tomó la mano.

—No te vayas —dijo— No de aquí.

Anthony apretó sus dedos con suavidad.

—No pienso hacerlo.

—Ni aunque te pidan que vuelvas a ser el de antes.

Anthony se agachó hasta quedar a su altura.

—El de antes no sabía elegir —respondió—
Yo sí.

Aurelian sonrió, aliviado. Esa noche, mientras todos dormían, Evan permaneció despierto mirando el techo. Pensó en la oferta que aún no había llegado, pero que sabía que llegaría. El enemigo no insistía sin motivo. Siempre guardaba una carta final.




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