No porque no amara a Evan eso nunca había estado en duda, sino porque su propio cuerpo se había convertido en territorio sospechoso. Cada reacción física era examinada con una cautela casi cruel: ¿esto nace de mí o es un residuo?
Evan lo sentía. En la manera en que Anthony se acercaba y se detenía a un centímetro exacto. En cómo sus manos parecían recordar el camino… pero esperaban permiso.
—No me mires así —dijo Evan una noche, rompiendo el silencio.
Anthony alzó la vista, sorprendido.
—¿Así cómo?
—Como si yo fuera una prueba que puedes fallar.
Anthony tragó saliva.
—Tengo miedo de confundirme —admitió—
De querer y no saber si es mío.
Evan no respondió de inmediato. Se levantó, apagó la luz principal y dejó solo la lámpara pequeña encendida. El ambiente cambió: sombras suaves, respiraciones más audibles.
—Ven —dijo, extendiendo la mano— Pero no como antes.
Anthony dudó. El temor era un animal pequeño y feroz en su pecho.
—Si me pierdo…
—Entonces te traigo de vuelta —respondió Evan— No con órdenes. Con presencia.
Anthony tomó su mano. El contacto fue un relámpago contenido. No prisa. No arrebato. Una electricidad lenta que pedía permiso a cada centímetro. Evan acercó la frente a la suya; sus respiraciones se alinearon sin esfuerzo.
—Dime qué sientes —susurró.
Anthony cerró los ojos.
—Miedo —dijo— Y deseo. Juntos.
Evan sonrió con una ternura peligrosa.
—Eso es humano.
Las manos de Evan subieron despacio por los brazos de Anthony, no para llevarlo a ningún lugar, sino para anclarlo. Cada gesto era una pregunta silenciosa. Cada respuesta, un sí consciente. Anthony dejó escapar un temblor que no era debilidad. Era descarga.
—Cuando me tocas —confesó— mi mente se queda quieta y eso me asusta.
—No porque sea malo —dijo Evan— Sino porque el silencio te recuerda lo que te hicieron.
Anthony asintió, con la garganta apretada.
—Pero también me recuerda lo que somos.
Evan lo besó. No fue un beso urgente. Fue profundo, lento, deliberado. Un beso que no buscaba apagar el miedo, sino caminar con él. Anthony respondió con una intensidad contenida que le quemó los labios y el pecho, como si su cuerpo reclamara un idioma que nunca había sido robado.
El mundo se redujo a respiraciones y piel cercana. Anthony apoyó a Evan contra la pared sin darse cuenta; al hacerlo, se detuvo de golpe.
—Espera —dijo, alarmado— Yo… ¿esto…?
Evan sostuvo su rostro entre las manos.
—Mírame —ordenó con suavidad— Estás aquí. Estoy contigo. Nada te lleva a otro sitio si no quieres.
Anthony buscó sus ojos. Los encontró firmes, vivos, presentes.
—Quiero —dijo entonces— Y lo digo yo.
Evan sonrió, y ese gesto fue una promesa peligrosa. La pasión volvió como una marea controlada. No hubo prisa ni pérdida de foco. Hubo risas breves cuando Anthony, todavía tenso, se detuvo para verificar algo absurdo; hubo un suspiro compartido cuando el miedo intentó interponerse y fue invitado a quedarse sin dirigir. En un momento, Anthony apoyó la frente en el cuello de Evan y se quedó así, respirando.
—Tengo terror de mi mente —susurró— Pero contigo mi cuerpo me cree.
Evan lo rodeó con los brazos.
—Entonces quédate en el cuerpo —dijo— La mente alcanzará después.
En el pasillo, Aurelian se detuvo al sentir el cambio. No escuchó nada indebido; sintió. Una calma distinta, vibrante, imperfecta y honesta. Se sentó en el suelo y dibujó círculos invisibles con el dedo, como si protegiera ese momento. Kael, desde su cuarto, cerró el cuaderno y sonrió sin saber por qué.
Más tarde, cuando la casa volvió a su respiración normal, Anthony permaneció despierto, con Evan dormido a su lado. La pasión había dejado un residuo luminoso… y una sombra. El pensamiento intrusivo llegó sin aviso:
Si puedo sentir esto, también puedo volver a ser manipulado.
Anthony se tensó. Evan se movió, medio dormido, y murmuró:
—No te vayas.
Anthony exhaló despacio.
—No me voy —respondió— Estoy aprendiendo a quedarme.
Apretó el cuerpo de Evan contra el suyo y aceptó la verdad completa, sin adornos. El amor había vuelto. La pasión también. Y el miedo seguía ahí. Pero ahora sabía algo crucial: no necesitaba vencer al temor para amar. Solo necesitaba no dejar que el temor decidiera por él.
En algún lugar distante, una mente fría percibió un pulso inesperado. No de poder. De vínculo. Y comprendió, con una incomodidad nueva, que cada vez que intentara quebrar a Anthony desde dentro, tendría que enfrentarse a algo que no podía replicar ni corromper del todo.
Una pasión consciente. Un amor que pregunta. Y una mente que, aun temiendo, elige.