Había sido grande, solemne, correcta. Un lugar donde el eco obedecía y las paredes parecían escuchar más de lo que decían. Anthony lo sabía mejor que nadie. Por eso, cuando cruzaron el umbral aquella mañana y el silencio duró exactamente tres segundos, supo que algo había cambiado para siempre.
—¡Corre! —gritó Aurelian.
Y la casa perdió la compostura..Los pasos pequeños resonaron por el hall, las puertas se abrieron con un entusiasmo impropio del mármol antiguo y una lámpara que jamás había osado moverse sin permiso osciló como saludando. Kael pasó detrás, sin correr, pero con el cuaderno bajo el brazo y una expresión de curiosidad metódica. Evan se apoyó en la pared, cruzó los brazos y sonrió.
—Cinco minutos —dijo—.Eso es lo que tardan en convertir un palacio en un parque de diversiones.
Anthony soltó una risa corta. Inesperada. Real.
—Te quedaste corto —respondió.
Aurelian apareció de nuevo, arrastrando una alfombra como si fuera un trineo.
—Papá, ¿esto siempre estuvo aquí?
Anthony parpadeó.
—Sí —dijo— Pero nunca hizo eso.
La alfombra, obediente a una lógica que no figuraba en los manuales de la casa, se acomodó en pendiente suave. Aurelian se dejó caer con un “¡woo!” triunfal. Kael observó el recorrido, tomó nota mental y, sin decir nada, ajustó el extremo para que el ángulo fuera más estable.
—Optimización —murmuró.
Anthony se pasó la mano por el rostro. El miedo, ese animalcito nervioso que lo había acompañado durante semanas, retrocedió un paso.
—¿Estás bien? —preguntó Evan, acercándose.
Anthony lo miró. Y, por primera vez en mucho tiempo, no se revisó por dentro antes de responder.
—Sí —dijo— Estoy… aquí.
Evan le besó la mejilla, rápido, sin ceremonia.
—Entonces disfruta —sonrió —La casa también parece feliz de verte.
Como si hubiera escuchado, el sistema de climatización subió dos grados y una música suave que Anthony no recordaba haber programado empezó a sonar desde el salón principal.
—Eso no es mío —dijo Anthony.
—Tampoco mío —respondió Evan.
Kael levantó la vista del cuaderno.
—Es de la casa —explicó— Está reaccionando a que ya no te vigilas todo el tiempo.
Anthony se quedó quieto.
—¿Eso hacía? —preguntó, genuinamente sorprendido.
Kael asintió.
—Sí. Era incómodo.
Aurelian volvió a aparecer, esta vez con un casco antiguo puesto al revés y una espada decorativa que claramente no era para niños.
—¡Soy el guardián del castillo! —anunció—.
Protejo a papá de pensamientos raros.
Anthony se rió. Una carcajada abierta, sin cálculo. La espada se le cayó a Aurelian en el proceso, pero el niño no pareció notar la pérdida.
—Acepto el servicio —dijo Anthony— Con una condición.
Aurelian se cuadró.
—¿Cuál?
—Que me avises antes de salvarme —respondió— Para no asustarme.
Evan aplaudió, teatral.
—Bienvenido de vuelta —dijo— Te extrañábamos.
El almuerzo fue un desastre glorioso. La cocina, acostumbrada a chefs silenciosos y recetas exactas, se vio sometida a una tormenta de decisiones improvisadas. Evan tomó el control con la naturalidad de quien sabe moverse entre fuegos; Kael intentó ayudar cortando verduras con precisión quirúrgica; Aurelian decidió que el mejor uso del tiempo era probar cada cosa antes de que estuviera lista.
Anthony, por su parte, se quedó en medio, observando.
—¿Puedo? —empezó, levantando una cuchara.
Evan lo miró de reojo.
—¿Vas a pedir permiso para revolver una salsa?
Anthony sonrió, un poco avergonzado.
—Vieja costumbre.
Evan le entregó la cuchara.
—Revuélvela mal —dijo— Para variar.
Anthony obedeció. Revueltó con torpeza deliberada. La salsa salpicó.
—¡Papá! —protestó Aurelian— Eso es un crimen culinario.
Anthony levantó la cuchara como si fuera un trofeo.
—Aprende, hijo —dijo— La perfección es sospechosa.
Kael levantó la vista.
—Anotado.
Cuando se sentaron a comer, el ruido fue constante: comentarios cruzados, risas, una discusión absurda sobre si el pan estaba “demasiado redondo”. Anthony escuchó, participó, se equivocó, corrigió. Y, sin darse cuenta, dejó de vigilar sus pensamientos.
En un momento, Evan le apoyó el pie sobre el suyo bajo la mesa. Un gesto mínimo. Un ancla suave. Anthony respiró hondo.
—Gracias —murmuró.
—¿Por la comida? —preguntó Evan.
—Por esto —respondió Anthony— Por no hacerme sentir frágil.
Evan lo miró con cariño.
—No eres frágil —dijo— Estabas cansado de sostenerlo todo solo.
Anthony asintió. Esa verdad ya no dolía. Por la tarde, la mansión se llenó de sonidos nuevos: Aurelian jugando a esconderse detrás de columnas demasiado elegantes para eso; Kael dibujando planos imposibles del lugar con rutas secretas que “podrían servir algún día”; Evan riéndose cuando una cortina se cerró sola justo cuando intentaba pasar.
Anthony los observó desde el sillón del salón, con una taza de té olvidada en la mano. Algo en su pecho se acomodó.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo de pronto.
Evan levantó la vista.
—¿Que la casa parece tener humor propio?
—No —respondió Anthony— Que no estoy esperando a que algo salga mal.
Evan se acercó y se sentó a su lado.
—Eso no significa que no vaya a haber problemas —dijo— Solo que ya no vives para anticiparlos.
Anthony apoyó la cabeza en su hombro.
—Creo que eso es volver —susurró.
Aurelian se acercó corriendo y se subió al sillón, aplastándolos un poco.
—¡Si están tranquilos es sospechoso! —anunció— Algo bueno está pasando.
Kael se unió, sentándose en el brazo del sillón.
—Confirmo —dijo— Las variables son estables.
Anthony los rodeó con los brazos. Sintió el peso real de sus cuerpos, el calor, el desorden.
—Prometo algo —dijo— No volver a ser el de antes si eso significa dejar de ser este.