Amantes de Cristal

EL REGRESO A ELDERMOON

No hubo anuncio. No hubo desafío final ni proclamas. La caída del enemigo comenzó cuando dejó de ser temido.

Anthony lo comprendió antes que nadie. No por intuición mística, sino por algo más peligroso: claridad. Esa madrugada, mientras el mensaje aún ardía en la memoria de la casa, Anthony no sintió urgencia. Sintió cálculo. El enemigo no volvería a intentar quebrarlo a él; ya había entendido que ahí no había victoria posible. El próximo movimiento sería expandirse, aferrarse a la tecnología de Eldermoon como a una corona robada.

—Quiere ser eterno —dijo Anthony en voz baja, mirando el símbolo residual—.
Y lo eterno necesita testigos sometidos.

Evan apareció en el umbral del estudio. No preguntó nada. Se acercó, apoyó la mano sobre el hombro de Anthony y miró la proyección.

—Entonces no lo enfrentamos como enemigos —respondió— Lo enfrentamos como final.

Aurelian y Kael escuchaban desde la escalera. No habían sido llamados, pero ya no esperaban invitaciones.

—Eldermoon sigue ahí —dijo Aurelian— No está rota. Está dormida por la fuerza.

Kael asintió.

—La red mental no cayó —agregó—.
Está encadenada a una sola conciencia.
Si esa conciencia desaparece…

Anthony cerró los ojos.

—Las cadenas se disuelven.

No entraron con armas. No entraron con ejércitos. Entraron con verdad. La ciudad no estaba en ruinas, como el enemigo había querido hacer creer al mundo. Eldermoon seguía intacta: sus torres blancas, sus jardines suspendidos, su tecnología silenciosa y perfecta. Pero algo era distinto. Las calles estaban llenas… y vacías al mismo tiempo. Los hombres caminaban con movimientos mecánicos, obedientes, sin conflicto, sin deseo.

Esclavizados sin saberlo. Evan sintió el impacto como un golpe en el pecho.

—Dios —susurró— Nunca destruyo Eldermoon. La convirtió en una jaula limpia.

Anthony apretó los dientes.

—Eso es peor.

El enemigo los esperaba en el núcleo central, rodeado por lo que quedaba de la tecnología robada: amplificadores mentales, matrices de control, fragmentos del sistema original de Eldermoon deformados y retorcidos para obedecer a una sola voluntad.

—Llegaron —dijo con calma— .Era inevitable.

Anthony dio un paso al frente.

—Terminó.

El enemigo sonrió.

—Nada termina —respondió— Todo se hereda.

Aurelian avanzó un paso.

—No cuando el heredero elige —dijo.

No fue una explosión. Fue una implosión. El enemigo intentó expandir su control, activar todos los nodos a la vez, forzar a Eldermoon a obedecerle como una extensión de su mente. Pero no contó con algo esencial: Eldermoon no era una máquina.

Era una comunidad..Anthony cerró los ojos y dejó de resistirse. Evan hizo lo mismo. Aurelian y Kael se tomaron de las manos..Y por primera vez desde su fundación, Eldermoon recordó quién era.

Las mentes comenzaron a despertar una por una. Confusión. Dolor. Rabia. Vergüenza. Pero también algo más fuerte: voluntad. La red que el enemigo había usado como látigo se convirtió en espejo. Cada orden que lanzó regresó amplificada, multiplicada por miles de conciencias que ya no querían obedecer.

—No —murmuró el enemigo, retrocediendo— Esto no es posible.

Anthony abrió los ojos.

—Nunca lo fue —dijo— Solo te dejamos creerlo.

Evan dio el golpe final. No con poder. Con corte. Separó la conciencia del enemigo de la red de Eldermoon como quien arranca una raíz podrida del suelo. La tecnología, liberada, reaccionó de inmediato: rechazó la presencia invasora, se reconfiguró, se apagó voluntariamente.

El enemigo gritó..Por primera vez, no desde el orgullo sino desde el miedo. Aurelian alzó la mano.

—Esto termina ahora.

La conciencia del enemigo colapsó sobre sí misma, incapaz de sostenerse sin las mentes que había parasitado. No hubo cuerpo que cayera. No hubo sangre. Solo un silencio abrupto, definitivo. Y luego…

Respiraciones. Gritos..Llanto. Eldermoon despertó. Los habitantes comenzaron a caer de rodillas, no por adoración, sino por agotamiento. Las mentes, al fin libres, se llenaron de recuerdos que no habían elegido: órdenes obedecidas, palabras dichas sin voluntad, pensamientos que no eran propios.

Anthony caminó entre ellos, sin triunfalismo.

—No les debemos nada —le dijo Evan en voz baja.

—Lo sé —respondió— Pero tampoco les quitaremos la verdad.

Aurelian se arrodilló junto a un hombre que lloraba en silencio.

—No fue culpa tuya —le dijo— Pero ahora sí es tu responsabilidad.

El hombre asintió, temblando..La red mental se apagó por completo. Libre. Anthony y Evan no dudaron.

Uno por uno, destruyeron los amplificadores, las matrices, cada fragmento de tecnología que el enemigo había arrancado de Eldermoon. No para ocultarla. No para protegerla. Para que nadie más pudiera usarla como arma..Las torres se atenuaron. La ciudad quedó humana.

—Nunca más —dijo Evan, dejando caer el último núcleo al vacío.

Anthony lo miró.

—Nunca más.

Cuando el sol se alzó sobre Eldermoon, la ciudad respiraba de nuevo. No perfecta. No pura. Pero libre. Anthony tomó la mano de Evan. Aurelian y Kael caminaron delante de ellos, niños otra vez, al menos por un instante.

—¿Se acabó? —preguntó Kael.

Anthony pensó unos segundos.

—Esta parte sí.

Evan sonrió apenas.

—Y esta vez… —agregó— No dejamos jaulas atrás.

Eldermoon había caído solo para levantarse distinta. Y el enemigo, que había querido ser eterno, no dejó ni siquiera un eco. Porque al final, el poder que no entiende el amor no sobrevive a él.

Fin del arco de Eldermoon.




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