El regreso a Eldermoon no fue solemne. No hubo discursos, ni ceremonias, ni promesas grandilocuentes sobre el futuro. Hubo risas.
Eldermoon los reconoció apenas cruzaron los límites de la ciudad. No como gobernantes, ni como salvadores, sino como lo que siempre habían sido para ella desde el inicio: familia.
Las torres recuperaron su brillo original, pero ahora parecían menos severas. Los jardines suspendidos florecieron de manera desordenada, como si la ciudad hubiera olvidado por completo la idea de simetría perfecta y hubiera decidido abrazar el caos hermoso de lo vivo.
—Está diferente —dijo Evan, mirando a su alrededor.
Anthony sonrió.
—Está respirando.
Aurelian corrió por la explanada central, seguido de Kael, que fingía no competir aunque aceleraba cada vez que su hermano lo alcanzaba.
—¡Mirá! —gritó Aurelian— ¡Las luces me siguen!
Y era verdad. Pequeños destellos luminosos se desplazaban sobre el suelo, como si la ciudad jugara con él. Cada carcajada del niño hacía que las tonalidades cambiaran: dorados cuando reía, azules cuando se concentraba, verdes cuando se sentía curioso. Kael se detuvo, cruzándose de brazos.
—A mí no me sigue nada.
Anthony alzó una ceja.
—¿Seguro?
El suelo bajo los pies de Kael se iluminó con formas geométricas suaves, precisas, tranquilas. Nada caótico. Nada estridente. Kael parpadeó.
—oh.
Evan rió.
—Parece que Eldermoon también entendió cómo sos.
UNA CIUDAD QUE APRENDELa restauración no fue reconstrucción. No hubo que arreglar Eldermoon, porque nunca había estado rota. Solo había que devolverle la elección. Anthony insistió en algo desde el primer día:
—Nada de redes mentales obligatorias.
Nada de control centralizado. Nada que no pueda apagarse.
La ciudad respondió adaptándose. La tecnología se volvió reactiva, empática, más parecida a un compañero que a una herramienta. Las casas cambiaban sutilmente según el estado emocional de quienes las habitaban. Las calles se iluminaban distinto los días de celebración. Los sistemas de transporte se ralentizaban cuando alguien necesitaba tiempo.
—Es como vivir dentro de una enorme casa sensible —comentó Evan una noche.
—Con la diferencia —respondió Anthony—
de que ahora nadie puede usarla para dominar a nadie.
Aurelian levantó la mano desde la mesa.
—¿Eso significa que puedo hacer que la ciudad haga fuegos artificiales cuando estoy feliz?
Anthony lo miró con falsa severidad.
—Solo en ocasiones especiales.
Aurelian sonrió. Los fuegos artificiales aparecieron de todos modos.
DOS HOGARES, UNA VIDADecidieron vivir en Eldermoon. Pero no abandonaron el pueblo. La mansión del pueblo seguía intacta, cuidada por los criados, el mayordomo que se había tomado muy en serio su misión de proteger la casa de cualquier cosa rara y una tecnología mucho más modesta aunque igual de sensible.
—Señor —dijo el mayordomo la primera vez que regresaron de vacaciones— la casa se puso… celosa cuando se fueron.
Anthony suspiró.
—Claro que sí.
Durante las vacaciones, Eldermoon los “dejaba ir” sin reproches. El pueblo los recibía con la misma mezcla de curiosidad y respeto de siempre, aunque ahora con menos inclinaciones exageradas y más naturalidad.
Los niños corrían por los jardines de la mansión, la tecnología reaccionaba al entusiasmo, las paredes cambiaban de color cuando Evan se reía fuerte, y Anthony había aceptado que su felicidad literal alteraba la arquitectura.
—Esto no es normal —dijo una vez, mirando cómo el salón se iluminaba solo porque Evan se le había acercado.
—Nunca lo fue —respondió Evan, besándolo— Y miranos: seguimos vivos.
EL FUTURO, SIN JAULASEn Eldermoon, Aurelian y Kael crecían como niños, no como símbolos.
Iban a aprender, a equivocarse, a pelearse y reconciliarse. Tenían poderes, sí, pero nadie esperaba que fueran salvadores. Solo que fueran ellos mismos. Una tarde, Anthony los observó jugar mientras Evan se recostaba a su lado.
—¿Sabés qué es lo más extraño? —dijo Anthony.
—¿Qué cosa?
—Que por primera vez… no tengo miedo del futuro.
Evan apoyó la cabeza en su hombro.
—Es porque ya no lo estás construyendo solo.
Anthony sonrió. La ciudad, el pueblo, las mansiones, la tecnología todo parecía vibrar suavemente, en armonía con ese momento simple y perfecto. Eldermoon no volvió a ser lo que había sido. Se volvió mejor.
Más cálida.
Más libre.
Más viva.
Y mientras el sol se ocultaba, las luces de la ciudad se encendieron lentamente, no por necesidad sino por costumbre. Porque ahora, al fin, había algo que celebrar.
FIN ✦