Amarnos de nuevo

Capítulo 3

Danielle Reyes

—Bendita cortina, me tiene a punto de coger el monte y un poco más —refunfuñé entre dientes. Por eso la había cambiado por unas nuevas; tengo paciencia ilimitada con estas cosas.

—Hermana de mi corazón, te vas a poner más vieja si sigues quejándote por todo y por nada —miré mal a Pamela, que estaba retirando las manchas de pintura que dejó la "santa" de su sobrina. Tuvo que venir a ayudarme obligada; le encanta defender a Darla, así que resuelva el desorden de mi huracán.

—Ahora resulta que en mi propia casa no puedo hablar. ¡Lo que me faltaba! —le tiré uno de los peluches de Gregory, mi perro.

—¡Oye! —se quejó como si le hubiera lanzado una piedra.

—Termina rápido, Pamela. El olor del thinner me tiene loca.

—Deja tu arranca camión, o ven a hacerlo tú. Esta madre se toma su tiempo en salir. Es buena, esta pintura, carajo.

—Primera y última vez que la compro —murmuré para mí—. En serio, date prisa. No quiero amanecer con la garganta irritada y siendo una máquina de estornudos —casi le rogué. Los olores fuertes son mis archienemigos; me tumban en cuestión de un respiro mal puesto. Sumado a eso, tengo peores defensas que los Atlánticos.

—Voy, voy, voy. Por cierto, ¿dónde está mi niña bella?

—Bañando a Gregory. En sus sueños iba a estar como un vicky o de capataz mientras nos fajamos nosotras solas.

Una Darla con la ropa húmeda de arriba a abajo apareció como si la hubieran invocado. Gregory venía detrás de ella, libre de pintura, con un conjunto de bebé puesto. Me lo habían regalado cuando pensaban que esperaba un varoncito.

—Mami, cumplí mi tarea. Gregory quedó como nuevo. ¿Puedo usar la laptop?

Fingí mi mejor sonrisa de boca cerrada.

—Respuesta corta: no.

—Mami, solo un ratito, prometo comer vegetales.

—De todas formas te los ibas a comer. Afuera no tengo un letrero que diga "Danielle, comedor económico" con letras de neón vibrantes —declaré seria—. No ando muy contenta contigo, y tu castigo solo lleva unas horas. Repito: no.

La pequeña manipuladora se abrazó a mi pierna derecha.

—Ven, mami. Es un ratito.

—Ni un ratito ni un rataso.

—Hermana… —la cortó.

—Pamela, silencio. Dije que no.

Darla se soltó de mi pierna y empezó a saltar en el mueble con energía.

—Mira, ven acá —solté la cortina para detenerla y cargarla—. Estate quieta, chamaquita.

—No. —Se soltó para regresar a saltar, ahora de mueble en mueble.

—¡Papá Dios, cuántas pruebas! ¡Darla, ven acá! —por más que lo intenté, la niña malcriada se me escabullía.

—Dani, para que pare el show de ustedes dos, déjala usar la computadora. Suficiente trabajo te dio con las cortinas manchadas y el resto de la pintura que hay que quitar. Ahora súmale los muebles —intentó persuadirme Pamela, pero eso conmigo no da resultados.

—A ver, no la voy a premiar —dije agitada. Por fin logré alcanzarla, la senté en el mueble y le di una mirada de advertencia para que ni se le ocurriera pararse—. Te vas a quedar ahí sentada, y en los próximos minutos no quiero escuchar tu nombre ni tu voz de queja.

—¡Concho! Igual iba a ser rápido lo que iba a hacer —entrecerré los ojos por el tono sospechoso que empleó.

—¿Se puede saber qué ibas a buscar, señorita Darla Reyes?

—Mami, no me interrogues como si fuera a hackear Netflix para ver los estrenos adelantados.

—Eso no sería sorpresa. Ahora menos te la voy a prestar; estás muy sospechosa por lo que dijiste antes. Quédate ahí, quietecita. Deja que mami termine de limpiar tu desorden, ¡jummm!

Tocaron la puerta tres veces. Pamela se ofreció para abrir.

Rafael, mi hermano, entró con su novia Eliana, que tenía una sonrisa tranquila.

—¡Tío! —gritó de nuevo Darla. Mi hermano es otro sinvergüenza apoyador; si ella le dice algo, es muy capaz de llevársela a comer pizza. Ya me lo hicieron una vez.

Eliana se acercó a saludar a Darla, llenándola de besos en la frente.

—¡Tía Eli! Te extrañé. Quiero dibujar contigo, pero creo que no se va a poder. Mami me tiene mis crayolas confiscadas.

—Podemos hacer pintura casera con harina —le propuso, tocándole el rostro con ternura. En su tonalidad de voz calmada, las palabras de mi cuñada siempre parecen perfectamente ordenadas en su cabeza antes de salir.

—Buenas tardes, hermanitas. ¡Mi sobrina bella! Me dijo un pajarito que alguien te tiene de castigo, pero adivina: tu tío favorito vino a tu rescate.

—Por favor, tío. Mami no me deja divertirme. Me tiene presa. Solo soy una bebé chiquita que hace cosas de niñas —hizo un puchero.

Me crucé de brazos mientras la miraba con irritación.

—Darla no va a ningún lado. La que se soy yo. Tú, Darla, haces muchas cosas, créeme que ninguna tiene que ver con lo que hacen las niñas de tu edad —enfaticé cada palabra con seriedad.




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