Amarnos de nuevo

Capítulo 14

Izan Leclerc

Era de esperarse que ese miserable supiera de Darla tarde o temprano. Su deporte favorito es arruinarme la existencia; mete las narices en todo lo que hago. Puede hacer lo que le plazca conmigo. Todo, menos meterse con ellas. Eso no lo voy a permitir.

Su oscuridad no tocará a mi hija. Mi niña y Dani están fuera de su alcance. Mientras yo respire, no lo permitiré. A ellas no las toca. No voy a perderlas.

No pienso seguir obedeciendo a alguien que solo destruyó lo que amo y pretende volver a hacerlo.

Estoy harto.

Harto de un matrimonio basado en mentiras, al que me vi obligado por sus artimañas.

Harto de llorar cada noche abrazado al fantasma de la mujer que amo. De hablarle a su retrato con la ciega ilusión de que me perdone, cuando la verdadera ni siquiera lo desea.

Harto de sobrevivir en automático. De fingir una vida superficial, cuando mi vida real quedó atrás, en ese modesto departamento.

Y, sobre todo, harto de la escoria de Benjamín Leclerc. De sus imposiciones, de que decida por encima de mí como si fuera su títere, creado para cumplir sus anhelos egoístas. De sus amenazas y trampas, que destruyeron todo en mí. Incluso mi amor más hermoso.

Necesito recuperar el control de mi vida.

No tanto por mí.

Por ellas. Para protegerlas.

Benjamín toma asiento sin perder la sonrisa.

—¿Piensas quedarte callado todo el día? Estoy esperando una explicación —exige con calma.

Entrelazo los dedos. Tuerzo los labios con ironía. Mi "querido" progenitor no dominará esta situación. Ya hizo suficiente daño en mi vida. Lo único puro que me queda de mis errores es mi hija. No permitiré que también destruya eso con su egoísmo.

—Dile a tus payasos que esperen afuera.

Sus guardaespaldas me lanzan miradas cargadas de hostilidad, pero se mantienen estáticos.

—Ellos...

—He dicho que se vayan —dictamino.

Benjamín les hace un gesto con los dedos, y se retiran como robots.

—Bien, ahora. ¿Por qué no me habías contado? Espero tu explicación.

Sonrío, recostado en el respaldo. Finjo que todo está bien, aunque por dentro ardo por romper cada cosa encima de él.

Paciencia, Izan. Puedes hacer algo mejor que una agresión.

—Espérala sentado, porque no te debo nada —disfruto al ver cómo su sonrisa estúpida se desvanece.

Parpadea brevemente y tensa la mandíbula. Mi tono lo toma por sorpresa, más que mi negativa. Se tambalea un instante, pero recupera su pose arrogante.

—Responde mi pregunta. No intentes evadirme con tus sarcasmos baratos —exige de nuevo, ahora con más amenaza.

—No te debo explicaciones —respondo con calma. Eso lo va a exasperar.

—No tengo todo el día, Izan...

—¿Y a mí qué? —me encojo de hombros—. Tú te invitaste solo. No te llamé para darte explicaciones.

Su sonrisa desaparece por completo. Su rostro es un espectáculo de desconcierto y furia. Con contundencia deja caer la palma abierta sobre mi escritorio y se inclina un poco.

—De acuerdo, no quieres hablar. Bien. Olvidaré eso. ¿Cuándo se la quitarás? Es una Leclerc. Debe estar con nosotros.

Mi cuerpo se tensa.

Me inclino hacia él con una tranquilidad helada.

—En tus malditos sueños. No caeré tan bajo.

—No es una petición, es una orden.

—Tanto tú como tu orden pueden irse al diablo. Con mi hija no te metes —respondo sin pestañear.

Mi padre intenta abalanzarse, pero se contiene.

Sonrío con burla.

—No estás entendiendo, Izan. Si quieres seguir siendo el arquitecto que eres, mantener tu vida cómoda, mantener a... ya sabes quién a salvo, obedéceme. Soy tu padre. Quítale esa niña. Hazlo rápido. Yo te ayudaré. Será limpio.

—Mi hija se queda con Danielle. No voy a quitársela. No pienso volver a destruirla. Prefiero perderlo todo antes que causarle otro dolor.

—No me hagas...

—Haz lo que te venga en gana. Ella se queda con su madre. Y esa es mi última palabra —mi voz es un muro.

—¿Crees que voy a permitir tal cosa? —me devuelve la burla. Sus ojos ya no brillan con la misma seguridad con la que entró—. Vas a perderlo todo y más que eso. Te ganarás el odio de tu caribeña si yo...

—Viejo mío —suelto con asco—. Tú no tienes que permitir nada, porque nadie te está pidiendo permiso. A mi hija, tú no la tocas.

Cada palabra llevaba rabia, pero no vacilé. Aunque ardía de furia.

—Esa caribeña te ocultó que estaba embarazada. Sabrá ella con qué propósito —dice con veneno.

—Agradezco, en parte, que no me lo dijera. Hubieras sido muy capaz de secuestrarla para quitarle a nuestra hija. Ahora lárgate, padre... —miro el reloj sin siquiera fijarme en la hora—. El tiempo que nunca te di se acabó.




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