Amarnos de nuevo

Capítulo 30

Izan Leclerc

Amo a Danielle.

Nunca me he cansado de amarla.

A pesar de tantas amarguras y dolor, volvería a salir con ella sin dudarlo. Volvería a tomar su cálida mano, a perderme en su pelo, a saborear de nuevo sus labios. No dejo de sonreír mientras conduzco hacia su casa. Incluso mis manos sudan como la primera vez que salí con ella. Espero no arruinar nada. Todo entre nosotros se está dando fenomenal. Al sacar la verdad, ese muro de orgullo por fin cayó.

Nada mejor que sentirse libre.

No he sabido nada de Tatiana. Prefiere que cambie de casa; probablemente se aparecería solo para armarme un escándalo. No tengo ganas de lidiar con ella. Cillian es quien se ha estado haciendo cargo. Pero no la traeré a mi mente: no vale la pena.

Este día seremos solo yo y mi flor canela.

Al llegar a su casa, me abre la otra personita que es mi vida entera.

—¡Papá! —clama, rebosante de alegría.

Mi corazón se paraliza.

¿Estoy alucinando?

Me dijo papá. Mi princesa huracán acaba de decirme papá. Mis ojos se llenan de lágrimas sin pedir permiso. No sé qué decir. Siento una ternura que casi duele. Por primera vez en mucho tiempo, ese nombre de cuatro letras tiene peso, tiene raíz.

La cargo en mis brazos sin perder tiempo y cierro la puerta como puedo.

—¿Me dijiste papá? —pregunto, nervioso, como si la respuesta pudiera desvanecerse.

—Sipi, papá. Extrañaré decirte “señor no sirve”. Pero me gusta más cómo suena papá. Al fin puedo decirte así —recuesta su cabeza en mi hombro.

—Mi amor, te amo tanto, hija mía —las lágrimas siguen su curso.

Mi pecho se aprieta, como si mi corazón de pronto se hubiera hecho más grande. Bombea amor sin descanso, por mis dos chicas. Por ellas el mundo tiene sentido. Por ellas vale la pena quedarse.

—Oye, sin llorar —me regaña—. Tienes una cita con mi mamita hermosa. Te vas a poner rojo y te van a salir mocos.

Ríe mientras limpia mis lágrimas con sus manitas.

—Está bien, princesa. Es que me emocioné… me agarraste desprevenido.

—Era parte del plan para ver cómo reaccionarías, pero no sabía que te ibas a poner como la versión varón de una magdalena.

Ambos reímos. Beso tu frente. Sus manitas acomodan mi cabello y no sé cómo explicar la paz que ese gesto me regala.

—Soñé con este momento. Es mucho más de lo que creía. Te amo, mi vida.

—Te amo, papi.

Yo más mi vida. Yo muchísimo más.

Pamela aparece de repente.

Darla pide bajarse de mis brazos, la dejo en el suelo y se va corriendo a la cocina.

Pamela se acerca y me da un abrazo rápido.

—Gracias por salvar a mi papá —susurra, agradecida.

—Fue un placer. Lo volvería a hacer. No permitiría tanto daño a un hombre tan inocente.

Me vuelve a abrazar, ahora con más cariño.

—Dime, a ver, Izan. Al fin Dani te volvió a dar la luz —mueve las cejas de forma sugerente.

—Algo así —bajo la cabeza, feliz—. Oye, ¿y Danielle?

—Arreglándose, ¿qué más, compai? —responde obvia—. Tiene que darse su buen ferre para quedar chula y suculenta para ti.

—Tú no cambias, ¿verdad?

—¿Para qué? Ni que yo fuera actualización de software —le entra una llamada—. Vengo ahora, cuñao.

Cierta persona anda en amores.

Pamela ha crecido tanto, parece que fue ayer cuando me cobraba diez dólares y una Coca-Cola para vigilar que a Dani no se le acercara ningún chico.

Tomo asiento, frotando mis manos.

Mi princesa regresa al poco tiempo con un vaso de jugo que reconozco de inmediato: mori soñando.

—Toma, papá, para que te hidrates. No me lo rechaces, ayudé a prepararlo. Prometo que me lavé las manos.

Acepto el jugo sin pensarlo. Le doy un sorbo. Extrañaba estás delicias.

Mientras esperamos que su madre salga, mi princesa saca su flauta para tocarme unas cuantas melodías. También me canta como alguna vez me prometió.

Quedo derretido de ternura.

Mi flor canela aparece, sencilla, sin excesos, sin pretensión. Baja la mirada un segundo, esperando mi reacción. No encuentro palabras. Solo me levanto, torpe, y me acerco. Decir que es la mujer más hermosa que he visto se queda corto. No deslumbra, me alcanza. Sonrío sin darme cuenta. El vestido no compite con ella. La acompaña, afinando una belleza que ya existía. No necesita verse perfecta. Se ve mía.

—Nos vamos antes de que cambie de opinión —esa es mi chica brava, cuánto la adoro, ese sutil sonrojo en sus mejillas le da el toque.

—Te vez deslumbrante, mi flor… —digo embobado.

—Gracias —da un vuelva y el vestido fluye como un río en si cause sobre ella —. Tampoco te ves nada mal. Pero no te la de mucho.




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