Amarnos de nuevo

Capítulo 32

Izan Leclerc

Mi flor canela está en coma.

Me cuesta respirar.

Es más que un simple dolor. Es peor. No sé cómo se respira después de eso. No sé cómo se sigue ¿Cómo se sigue? Miro mis manos. Hace horas la sostenían. Se perdían en su cabello rizado.

Sostenían su precioso rostro. Para fundir nuestros labios bajo un sol que solo existía para nosotros. Hace horas reíamos. Solo existíamos. Y ahora estoy en una sala fría, con la sensación de que todo mi mundo se quebró.

Lo único que pienso es en mi hija. Es lo único que me mantiene de pie, apenas. Aunque por dentro me esté cayendo a pedazos.

Un movimiento brusco en mi hombro me devuelve a la realidad.

Rafael.

Tiene los ojos llorosos. El rostro desencajado de furia.

—Vete de aquí. No tienes derecho a estar aquí. Nosotros somos su familia —lanza, lleno de odio.

Alzo la mirada. Siento cómo la sangre me golpea en las sienes, cómo las venas se tensan bajo la piel.
Lo último que quiero es perder el control frente a la familia de la mujer que amo. Me levanto despacio. Justo ahora no estoy ni de humor para el diablo.

Pero su hermano me busca. Y lo hace en el peor momento posible.

—No eres tú quien decide dónde pertenezco —respondo, con la voz firme, aunque por dentro todo me arda—. Mi lugar es con Danielle. Y con mi hija.

—Esto es tu culpa —escupe—. Sé perfectamente de lo que es capaz tu padre. Esto no es casualidad. Esta vaina es obra suya. Aléjate de su vida.

Aprieto la mandíbula. Cada palabra suya cae como un golpe, pero me obligo a mantenerme en pie.
No por mí. Por ella.

—Déjame en paz, Rafael.

—Vete. No me obligues a repetirlo.

Tengo demasiado dolor encima. Mi vida se está desmoronando ahora mismo. Lo tomo del cuello del suéter y lo atraigo hacia mí, lo justo para que solo él pudiera oírme. Aprieto los dientes, obligándome a mantener el control, como si estuviera caminando sobre algo a punto de romperse.

—No me obligues a mandarte a una de las camas de este hospital.

—¡Suéltame!

—Nadie va a sacarme de aquí. Ni tú, ni tu rabia. —mi voz sale baja, tensa—. No me moveré. Mi lugar es aquí. Te recomiendo que te alejes de mí.

—Te sacaré yo mismo. Aquí…

No termina la frase. Su familia llega con nosotros. Pamela se coloca a mi lado sin pensarlo.

—Dios mío, ¿otra vez con lo mismo, Rafael? —dice, Perla con la voz quebrada, sigue llorando—. ¿Qué vamos a hacer contigo?

—Perla, tengo razón —responde él, intentando zafarse de mi agarre.

—¡Cállate esa boca! —le grita Pamela, aún temblando—. Izan no va pa’ ningún lado. Dije yo.

—Este hombre es hijo de…

—¡Yo sé! —lo corta Pamela—. A mí no me estás diciendo nada que yo no sepa. Te voy advirtiendo que aquí no te voy a dejar armar un show como aquella vez con papá.

—Muchacho, Izan, déjanos solos —interviene el señor Domingo, dando un paso al frente. Du rostro cansado sigue lagrimoso, pero me observa molesto—. Mi hijo tiene razón. Su familia somos nosotros. ¿Y tú, Pamela, por qué te pones de su lado?

Miro hacia otro lado. No es mi intención cruzar una línea.

—Señor Domingo, no le quiero faltar el respeto —enfoco mi atención en él mientras suelto a su hijo; Rafael se tambalea—, pero usted no sabe nada. Ya lo dije, no me voy a ir a ningún lado. Pueden hacer lo que quieran.

—No tienes por qué estar aquí —responde, frío, retirándose una lágrima—. Solo has dañado a mi muchacha. Haz caso por las buenas y vete. Nosotros nos encargamos de mi hija y de mi nieta. No tienes nada que buscar aquí. Si no te necesitaron en todo este tiempo, ahora menos. Tú desapareciste. Ya no eres parte de esta familia.

—Papá, no le digas esas cosas él tiene culpa. Mejor controla tu hijo, que cuando no la hace la entrada la hace a la salida —intenta rabatir Pamela.

—Cierra la boca, Pamela —espeta su padre—. Él que sea aquí soy yo que soy su papá

—Si siguen así prohibiré que vean a Danielle cuando despierte —amenazo sombrío.

—¡No puedo hacer eso! ¡Ella es mi hija!

—Puedo y lo haré. Solo basta una sola llamada. Lo siento, Perla y Pamela. Solo por ustedes —les digo a madre hija con pena solo por ellas.

—Piense lo que a usted le dé la gana. De todos modos, estoy aquí por mi Danielle, la mujer que amo. Y ustedes no me van a impedir estar a su lado.

—Mira lo que te voy a decir…

El intento del señor Domingo se corta de golpe.

Una voz se interpone entre los dos. Firme. Imposible de ignorar.

Maisa.

—Mi jefe no tiene por qué ir a ninguna parte —dice, sin elevar el tono—. Y usted es un desagradecido. Igual que cualquiera que lo apoye.

No había elevado su tono, pero todos entendimos que Maisa no había pedido permiso para intervenir.




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