Amarnos de nuevo

Capítulo 34

Danielle Reyes

Felicidades, Danielle, esperás una niña.

Hola, mi preciosa. Soy mamá. Te llamaré Darla.

¡Eso, mi amor! ¡Acabas de dar tu primer paso!

¡Me llamaste mamá, amor!

¡Feliz cumpleaños, Darla! Un añito al fin.

Te amo, Darla. Ver que abrir esos ojitos le da significado a mi vida.

La oscuridad se difuminada. El mundo parecía haber llegado tarde. Mis ojos pensaban toneladas. Intento acostumbrarme a la luz. Las luces me molestan inmediatamente. Cierro los ojos otra vez. Lo intento tres veces más. Veo manchas. Puntos negros difusos. Cierro los ojos otra vez. Todo se va enfocando poco a poco. El techo blanco no significaba nada. Quiero moverme. No pasa nada.

Intenté tragar la saliva. Estaba seca mi boca, como si hubiera recorrido un desierto por días. Al intentar tragar dolió a horrores. Algo pitaba cerca de mi cabeza, demasiado cerca y molesto.

Todo mi cuerpo se sentía extraño, ajeno, como si no me perteneciera. Intento mover mi mano, apenas logro que un dedo tiemble. Trato de hablar, pero mi garganta parece atrapada por una tranca. Mi corazón me latía rápido. Tenía esa sensación de haber dormido siglos. No lograba distinguir del todo dónde estaba. Entender el entorno me estaba costando. Sabía que me había pasado algo grave. Ni lo recuerdo, era un vacío enorme clavado en mi memoria. No podía alcanzarlo.

—¿Dónde…? —hago una pausa—. ¿Dónde estoy? —susurro finalmente.

—¿Me escucha? —pregunta una enfermera con voz suave. La consigo reconocer por el uniforme. Agarra mi mano con delicadeza—. Si me escucha, apriete mi mano.

Mis dedos temblorosos apenas lograron hacer una presión simple. Tardo unos segundos.

—Muy bien. Está en el hospital. Se encuentra a salvo.

—Mi hija —ruego, suelto a llorar angustiada—. ¿Mi niña… está bien?

Al no tener una respuesta rápida, es suficiente para que mis nervios se desequilibren.

El pitido del monitor se vuelve más rápido. Cada latido grita miedo. La enfermera se acerca más de inmediato, siento su mano firme sobre la mía.

Busquen a mi Darla.

Necesito a Izan.

Intento respirar hondo, el pecho me arde. Todo está tan mal. Las lágrimas siguen cayendo sin freno. Quisiera levantarme, pero mi cuerpo sigue sin responder.

—Tranquila, por favor. No sé alteré. Ella está muy bien. Vamos a hablar de eso enseguida, pero ahora, tranquilízate y respire.

Cierro los ojos y hago una cuenta regresiva: tres, dos, uno.

Poco a poco el sonido vuelve al ritmo normal, pero mi angustia no. Necesitaba ver a mi hija, comprobar con mis ojos que estaba bien. No me bastaban las palabras.

Esas palabras eran lo único que necesitaba para seguir esforzándome y mantenerme despierta.

Darla.

Izan.

Vengan, por favor.

Ellos son lo único que flota en mi mente.

Pido por mi huracán y Izan más de tres veces. La enfermera responde con la misma calma que pronto los veré. Me reitera que descanse. No quiero descansar. Los quiero a ellos.

Alguien más entra. No la veo enseguida. La siento. El aire cambia. La habitación se ordena alrededor de su voz. Se presenta como la doctora Kiara Hernández. Dice mi nombre. Me cuesta entenderla. Habla despacio, como si yo fuera frágil. Quizás lo soy ahora mismo.

Dice que desperté.

Dice que es buena señal.

Dice que mi cabeza necesita calma.

Asiento, aunque no estoy segura de qué.

—Vamos a hacerle unos estudios —dice la doctora calmada—. Y si todo sigue bien, en un rato va a poder ver a su familia.

En un rato.

Me aferro a esas palabras, son una promesa, mi salvavidas ante mi angustia.

—Pero ahora necesito que descanse —añade.

Descansar suena imposible, pero no discuto. No tengo fuerzas. Deseo gritarle que es la que necesito verlos ahora, pero mi lengua no obedece a mi pensamiento.

Ansiaba por igual ver a mis padres y mis hermanos. Cuando deben estar sufriendo. Mi corazón se parte de solo imagínalo.

El tiempo se estira y se encoge. No sé cuántos minutos pasan. Me piden que cierre los ojos, hago caso. Aunque quiero negarme, mi cuerpo responde por sí solo. Cuando vuelvo a abrir los ojos, la habitación está en silencio. La manija gira. El mundo se paraliza.

La puerta se abre.

—¡Mamá!

La voz me atraviesa antes de que pueda verla. Pequeña. Aguda. Viva. Y entonces aparece Darla.

Más grande.

Más alta.

Con el cabello revuelto y los ojos llenos de lágrimas que no terminan de caer.

Mi hija.

Mi niña.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.