Darla Leclerc
Mi corazoncito está contento. Más que el día que descubrí el helado sabor a brownie. La abracé y le dije que la quería. Mi mamita hermosa no se va a ir al cielo. ¿Así siente la felicidad?, o bueno, ¿así sabe? A arcoiris, amor y paz. Me siento feliz, puedo reír sin miedo otra vez.
Muevo mis pies de un lado a lado, no paro de estar atenta a la puerta donde están mami y papi, tan atenta como si estuviera viendo mi película favorita de princesas. Quiero volver a entrar y pasar tiempo con mami, me hizo demasiada falta. Sé que tiene que descansar, se notaba muy cansada, aunque no me lo quiso decir, pero no la puedo molestar.
Me levanto y doy más vueltas como un trompo, hago pucheros.
Tía Pam y Tata fueron a buscar comida, son las próximas en pasar a ver a mamá. Ellas también tenían el corazón muy triste. Hacían ruidos que partían el alma. Todo lo que querían a mami estaban feos para las fotos. Y aunque eso no es una competencia, mi papi le ganaba a todos. Me cuidaba y trataba de ser tierno conmigo. Se preocupaba de que comiera. Aunque él no lo hacía. Sé que me hablaba mentiras de que sí se alimentó.
Papá no era el mismo.
Cuando se buscaba el significado de tristeza, había una foto de él en el diccionario. Papi siempre ha querido a mí mamá.
Mami lo es todo para mi papi. Su trigo de pan. Su agua de río. Su sonrisa.
Ella es la felicidad más bella. Mami es bonita. Me cuida y me abraza, no importa que esté enojada por mis desórdenes. Yo amo muchísimo a mi mami. Me hace feliz. Ella es amor.
No quiero pensar qué hubiera pasado si ella se hubiera ido al cielo, me duele el corazón, mejor dejamos de pensar en cosas feas.
—Darla —busco con la mirada quién dice mi nombre tan dulce. Me acerco al ver que es miss Martina. Se agacha para recibirme con un buen abrazo de oso.
—¡Miss! —chillo encantada de verla.
—Cariño, cuánto lo siento, una disculpa por no venir antes a saber de ti y tu mami —me suelta despacito, acaricia mi mejilla preocupada.
—No sé sienta mal, miss, lo importante es que vino —aplaudo—. Vino en el mejor momento. Mi mami está de vuelta.
—Cuánto me alegra, pequeña —pone esa cara seria, pero no sería cuando nos va a reprender por desperdiciar la plastilina, seria tipo agente secreto del FBI que va a preguntar algo—. ¿Tú cuerpo se siente mejor? ¿Los doctores están cuidando de ti?
Asiento rápido.
—Esta gente de blanco ha sido la más heavy por ahora. No sentí miedo, no me dolió nada y me hablaban suave, me decían apodos muy lindos para calmarme.
—Si tienes a alguien con quien hablar cuando te sientes triste, asustada o simplemente hablar de lo que pasó —pregunta suave. Acaricia mi cabeza despacito.
—¿A qué gente se refiere miss?
—Ya sabes, como el trabajo que hace Eugenia allá en el jardín.
Ya le llegué al asunto.
—No, miss, cuando estoy asustada, triste o siento que quiero caerme, me apoyo en mi papi. Él me abre sus brazos de amor y hace que se me olvide la tristeza. Mis tíos y mis abuelitos también me calman cuando estoy nerviosa. Siéndote sincera, miss, he extrañado más estar cerca de mamá. Ella siempre es prioridad.
No habla más, me abraza otra vez, solo que un poquito más fuerte.
—¿Por qué estás sola, cariño? ¿Dónde está tu papá o tus demás familiares? —pregunta de nuevo sería, me suelta más despacio que en el primer abrazo.
—Tranquila, Miss, no estoy sola. Papi está cuidando a mami en la habitación —señalo la puerta suspirando. Alguna declaración de amor va a volar ahí.
—Quédate aquí, hay unas personitas que te quieren ver y decirte algo —miss se va por un pasillo, silba una melodía de flauta mientras espero. La gente que me pasa por el lado me sonríe, y como hoy me siento amable con el mundo, le devuelvo la sonrisa.
Quedo media seca en el plato, echando un poquito la cabeza hacia atrás cuando veo a mis compañeros del jardín en fila. Traen cosas en las manos, dulces, frutas, hojas de colores, dibujos doblados y algo que parece una cartulina gigante, con la frase: “Darla el huracán que se levanta con más categoría”. Los miro bien para asegurarme de que sí son ellos.
Son ellos.
Pero lo que en verdad no me espero y hace que quiera llorar es lo que me dicen.
—¡Hola, Darla, te extrañamos! Queremos que te pongas mejor y que tu mamá se recupere pronto.
Siento que algo caliente me sube por la garganta antes de que pueda decir nada.
Todos se acercan y corren a abrazarme.
¿Esto es real? Todos los del jardín vinieron —menos Emely— Mi Windows se acaba de formatear cincuenta veces para entrarle la actualización ciento veinticinco porque no se está adaptando a lo que mis ojos ven y las manitas que me tocan con cariño. Son los mismos que días atrás no querían saber de mí y me decían cosas feas que me influían de sus juegos, que todos se echaban en una esquina para comer su merienda lejos de mí.
Mi cabeza y mi pecho se llenan de algo enorme que no puedo explicar. De hacerlo, me quedaría más corta que el puente de la diecisiete en mi amada dominicana.
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Editado: 14.03.2026