Danielle Reyes
Perla y mi hermanita Pame no paran de llorar, abrazarme y llenarme de besos. No pueden creerlo, estoy despierta. Estoy viva.
Sus manos tiemblan mientras me tocan, como si necesitaran asegurarse de que de verdad estoy aquí.
—Pamela, Perla, cálmense, por favor —murmuró—. Si siguen así, voy a llorar yo también.
—Pensé que te habíamos perdido, mi hija, que no volverías —susurra Perla entre sollozos. Su mano no deja de acariciar mi frente—. Ay, Dios, ni lo quiero pensar.
Pamela no dice nada. Solo se acerca y esconde el rostro en mi hombro, abrazándome con fuerza. Llora en silencio.
—Manita, no vuelvas a hacerme eso —dice temblorosa—. ¿Qué iba a hacer yo sin mi peleonera, eh? ¿A quién le iba a llevar su arepita de maíz?
Se me escapa una risa ahogada entre lágrimas.
—Estoy aquí y te voy a seguir jodiendo la vida —murmuro, acariciándole el cabello. Está grasoso, seguro ni se ha cuidado—. No me voy pa’ ningún lado, coño.
Las lágrimas que estaba aguantando terminan cayendo.
Perla se queda mirándome fijo, como si aún no se lo creyera.
—¿De verdad despertaste? —pregunta con la voz rota.
Asiento despacio.
Se cubre la boca, pero no logra contener el llanto. Se acerca a la cama y toma mi mano con una delicadeza que nunca le había visto.
—No sabes cuánto recé por esto —dice, besándome las manos—. Gracias por no dejarnos solas, mi niña, mi Dani, hija mía…
—Manita —la voz de Pamela se quiebra otra vez—. Yo me despedí de ti, aunque tú no me oyeras. Venía y te hablaba en mi mente, te dije adiós.
Siento un nudo en la garganta.
—Tantos días —continúa, llorando—. Eso era más largo que el diablo. Yo dije: “no, ya mi hermanita se fue y me dejó”.
—Pero te equivocaste como siempre —susurró con una risa—. Soy Reyes. Claro que iba a volver. ¿Tú crees que un come conflee iba a ganar?
Ambos soltaron una risa sorpresiva. Qué raro yo, Danielle Reyes, después de tanto tiempo, soltando una broma de verdad. Y peor aún, una tan nuestra. De esas que siempre usábamos para recordarnos que no éramos débiles.
El ambiente se pinta de un silencio. No es incómodo, es ligero, casi suspendido en el tiempo. Una pregunta me ronda. No se la hice a Izan. Conociéndolo, le daría mil vueltas y terminaría ocultándome lo que necesito saber. Pero Pamela no sabe aguantarse un buche de agua. Tengo que aprovechar ahora. Ahora o nunca. Igual me voy a enterar. sea antes o después, la respuesta va a ser la misma, así que no hay razón para esperar. Trago saliva.
—Pam.
Ella me mira atenta mientras se retira las lágrimas.
—Mande, manita
Dudo un segundo. Miro al techo. Luego a su rostro cansado, pero aliviado.
—Mi cafetería, ¿cómo quedó D&D coffe?
—Mija, eso no es importante ahora, después —dice Perla de inmediato.
—Sí lo es, Perla —respondo sin subir la voz.
Pamela me mira a los ojos, traga saliva, aplana los labios mientras estira su blusa. Chasquea la lengua molesta.
—Quedó fatal. No quedó nada, Dani. Nada se pudo salvar —niega con la cabeza indignada.
Asiento despacio. Todo lo que construí en segundos se vino cuesta abajo. Siento que no quiero entender lo que está pasando, pero la realidad ahí está. Perdí uno de mis sueños. Ahí están mis horas, mi dinero, el ahorro de mis padres, mi esfuerzo. Veo mis manos que reposan sobre mi vientre. Las mismas que preparaban sándwiches, cafés y jugos. Las mismas con las que levanté mi amada cafetería.
Siento que algo aprieta mi garganta y cuando me doy cuenta, una lágrima ya baja por mi sien. Pero, por lo menos, lo más importante, mi hija está bien. Eso basta. Aun así, tengo la pequeña espina. Duele. Aprieto las sábanas entre los dedos. No es tanto por el lugar; después de todo eran cuatro paredes, sino por todo lo que había ahí, la historia detrás.
Hay un momento en que lo equilibra el peso de ese dolor. Haber protegido a Darla conmigo misma y lo volvería a hacer mil veces, aunque eso signifique perderlo todo; con saber que ella está bien, la vida puede seguir su curso. Toca empezar de nuevo. Pero no importa, mi huracán está de pie.
—Pamela, pero tú no puedes callarte algo, coñazo. Por eso no quería que hablaran de esa vaina —regaña, Perla, nerviosa, mientras acaricia mis brazos.
—Tenía que saberlo —dice bajito mi hermanita—. No podía hablar, jabladoría.
—Coño, tanto trabajo para nada, pero está bien, lo voy a intentar otra vez. —Las lágrimas caen solas sin hacer ruido.
Me preocupa Xóchitl; ella contaba con el dinero para enviarle a su madre. Parpadeo varias veces para despejar esta abrumadora sensación, pero no sirve de nada.
Señor Benjamín, ojalá sienta, aunque sea una vez, el mismo sabor de este dolor amargo que dejó aquí. Porque lo que él hizo nunca se lo voy a perdonar. Siempre he creído en el perdón, pero hay gente como ese demonio de hombre que no merece algo tan grande.
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Editado: 31.03.2026