Danielle Reyes
—Mami, presta atención. —Darla arresta su manita a mi mejilla, obligándome a quitar mi atención de la puerta del baño—. Los fantasmas ya salieron de nuestro planeta.
Mi huracán me lee un cuento. “Aquellos pobres fantasmas”. No sé de dónde sacó un libro de cuentos. Sabrá Dios a quién chantajeó con su cara de yo no fui para conseguirlo. Darla continúa la lectura. Sonrío enternecida por la vista.
Como toda una narradora profesional, sigue en labor de entrenarme.
Desde que regresó a la habitación, no ha querido despegarse ni un segundo de mí durante todos estos días. Pero ha tenido que salir varias veces para dejarme descansar; a regañadientes sale, pero mi niña anda apegada a mí como es de costumbre.
No me molesta. Mi mayor fascinación es tener a mi bebé a mi lado, y sé la enorme falta que le hice. Dentro de todo, sé que tiene temor de que yo vuelva a desaparecer o que vuelva a pasar otra tragedia.
Ya los doctores la dejan dormir a mi lado. Yo, en cambio, estoy algo estresada. Entre análisis, exámenes y tomografías, todo se vuelve abrumador. Nunca he sido buena paciente, pero en este estado, que no busque, no tengo opción.
Izan ha sido paciente, cuidadoso. Está cuando intento caminar, cuando el cuerpo no responde. No dice mucho. No hace falta. El padre de mi nena se ha encargado de ser mi pilar. Me sostiene cuando camino. Esto último me ha costado un poco, más de lo que me gustaría admitir. Me siento inútil. No he dejado salir esos pensamientos destructivos. Izan se va a enojar conmigo ante la mínima palabra negativa hacia mi persona.
No se ha despegado. Está ahí cuando intento dar unos pasos, cuando me canso, cuando el cuerpo no me responde como antes. No dice mucho. No hace falta. A veces, solo con mirarlo, entiendo todo lo que no hemos dicho. Y debemos decirnos. Sobre todo yo.
Tarde he comprendido que estar orgulloso no ayuda en nada. Es más desgaste intentado aferrarme a algo. Ese muro cayó sobre mí. He plantado esas verdades ocultas y mentiras que me dije hasta que me convencí.
Me sobresalto un poco ante un ruido exterior. Me llevo al pecho. Trago duro. Hago ejercicios mentales de respiración.
Está a salvo, Danielle.
Estás con tu familia.
En un lugar hospitalario seguro.
Desde que desperté, los días han sido una mezcla extraña entre cansancio, alerta y calma. Los doctores entran temprano, revisan, preguntan cosas simples, cómo me siento, si me duele algo, si puedo moverme. Dicen que tuve un golpe fuerte en la cabeza, que estuve inconsciente más tiempo del que a cualquiera le gustaría admitir.
Aun así, dentro de todo, tuve suerte. No encontraron daño neurológico, o al menos eso es lo que me repiten. Es un matrás, si quisieran que también yo me lo creyera del todo. Estoy estable. Esa es la palabra del día cada vez que cruzamos palabras. Estable. Pero mi cuerpo no se siente así. Esta no soy yo. Me canso de todo. A veces estar sentada ya es demasiado. El sueño me vence sin avisar. Mi propio cuerpo todavía no entiende que ya desperté.
Dicen que es normal. Que después de tanto tiempo así, el cuerpo necesita recuperarse poco a poco. Que voy bien. Que, si todo sigue así, en un par de semanas podrían darme de alta. No es seguro, pero es lo más cercano a una respuesta que tienen. Y supongo que eso debería tranquilizarme. Pero la verdad, lo que más me sostiene viene de Darla, Izan y mi familia. Incluso de mi papá y Rafael. Con los cuales has tenido que hacer un esfuerzo enorme. Para no mandarlos al diablo.
No sé cuánto me tomará volver a sentirme Dani. Esa bocana aburrida. Como dice mi Pamela. Pero al menos, ya no estoy sola. Ni en esa oscuridad.
—¿Estás bien, mami? Es que me tienes hablando sola. Hazle caso a tu bebé.
—Amor, lo siento, no fue con maldad, ¿puedes volver a empezar? Esta vez atenderé. —Asiente, se acerca a darme un rápido beso en la frente.
Mi niña achina los ojos. Luego me pellizca la nariz. Me exige que ahora sí ponga atención como toda una jefa. Me pongo atenta al cuento. Luego pasa a otro sobre una niña que expulsa diamantes y rosas al hablar.
El ruido anterior vuelve a repetirse.
Mi cuerpo se tensa antes de que mi cabeza alcance a reaccionar. Aprieto un poco más la sábana entre mis dedos, conteniendo el impulso absurdo de levantarme.
Está a salvo, Danielle.
Vuelvo a repetirme.
Darla ni se inmuta. Sigue pasando la página como toda una profesional, carraspea incluso antes de continuar, molesta por mi falta de atención.
—Mami, ¿quiere que llame a la gente de blanco? —Darla se muestra preocupada. Deja el libro lado. Sus manos se acercan acariciarme las mejillas. El gesto me calma un poco.
No llego a responderle.
Izan aparece.
Por un segundo, todo en mí se queda en pausa. No es sorpresa. Sé que está aquí, que no se ha ido en ningún momento. Aun así, verlo es distinto.
Izan se queda quieto, como midiendo el ambiente antes de avanzar. Sus ojos pasan de mí a Darla, y luego regresan a mí. Siempre a mí.
—Interrumpo algo importante, al parecer —dice jocoso, con ese tono tranquilo que no pide permiso, pero tampoco invade.
#34 en Novela contemporánea
#60 en Novela romántica
romance segundas oportunidades, amor drama humor, niña genio travesuras
Editado: 27.04.2026