Izan Leclerc
No me provoca ninguna felicidad saber que Danielle esté peleada con su padre y su hermano, sobre todo porque sé de primera mano lo unidos que son. Se adoran con locura. O, como dirían en su país, están locos el uno por el otro. Domingo no es un mal hombre. Desde la primera vez que nos presentaron, me invitó a jugar dominó mientras me conocía, y hasta me hizo jurar que nunca lastimaría a su muchacha.
Su hijo lo tiene envenenado. La actitud de Rafael es insoportable. Entiendo que no le haga gracia, después de cómo terminé con su hermana de forma tan abrupta, pero eso no le da derecho a tratarme como basura. Los problemas entre Danielle y yo nos pertenecen únicamente a nosotros. Nadie más puede comprender el dolor que atravesamos si no estuvo en nuestro lugar.
—Mami, te tenemos una sorpresa. Alguien te extrañaba muchísimo —comenta Darla.
Con sus dos manitas sostiene a su madre de la mano derecha, mientras yo sostengo la contraria.
Danielle le responde con una sonrisa suave. Desde que fuimos a buscar a Darla, ha venido callada todo el camino. Sus ojos están vidriosos. La discusión en el hospital todavía le pesa. Pero no la voy a presionar. Cuando llegue el momento, se desahogará como necesite.
Sin soltar a mi flor, abro la puerta.
Melina, Héctor y Berta nos esperan, alineados.
—Bienvenida, señora —dicen al unísono.
—Gracias, pero ya les he dicho que me digan solo Danielle —pide Dani con amabilidad.
—Usted es la nueva señora y merece respeto. Nosotros no nos pasamos de la raya —responde Berta, con una leve inclinación.
—Me sentiría mejor, y más respetada, si usan mi nombre. Por favor —insiste.
Las tres se miran entre sí, dudando un instante.
—Está bien, Danielle —Melina es la primera en ceder, con soltura—. Te preparamos la mejor habitación, un baño listo y algo de comer. Cierta señorita huracán dijo que amas el sancocho.
Mi princesa sonríe a su madre y le lanza un beso.
Darla las hizo buscar un tutorial de la cocina de Yolanda, dándoles instrucciones sobre qué hacer y qué no. Danielle tiene una que otra maña, odia encontrar vegetales enteros en su comida, o cilantro. No solo vigiló la preparación y dio órdenes, también ayudó hasta donde pudo.
—Te aseguro que quedó delicioso, mamita. Tu bebé le envió mucho amor e hizo que Kuka y Kukita cocinaran con una sonrisa para que no quede malo —dice Darla, haciéndole ojitos.
No podemos evitar soltar una carcajada.
Pero es en la risa de mi flor canela donde me detengo. Mi corazón da un salto. En esa risa suya parece desaparecer, aunque sea por unos segundos, la tensión del hospital.
Unas patitas corriendo llaman la atención. Ya sabes quién es. Alguien que también ha extrañado a mi amada.
El pequeño Gregory llega hasta sus pies. Danielle se agacha para recibirlo. El perrito le da lengüetazos en el rostro mientras emite sonidos lastimeros.
Tiene más ánimo ahora. Cuando fui a buscarlo a casa de la cuñada de Danielle, estaba cabizbajo. Ni siquiera me gruñó, como suele hacerlo. No tenía ganas de nada.
Darla conversaba con él, diciéndole que pronto volvería a ver a Dani, que no estuviera triste. Él le respondía con pequeños ruiditos, acurrucándose más contra ella.
—Gregory, mi peludito gordito bonito… ya, ya, mi amor, aquí estoy.
Gregory no se separa de ella, como si temiera que volviera a irse. Danielle ríe bajito, acariciándolo, besándole la cabeza entre palabras dulces que apenas alcanzo a escuchar.
Y yo… yo me quedo mirándola embobado.
Porque ahí está. De vuelta. En mi casa. Con nuestro huracán. Conmigo. Benjamín no me la pudo quitar.
—Bueno, vamos a dejar que la señora… —Empieza Berta.
—Danielle —corrige ella con suavidad, sin levantar la mirada de Gregory.
Berta asiente, casi imperceptible.
—Que Danielle descanse. Ha sido un día largo.
Melina y Héctor se dispersan sin hacer ruido. Darla le da otro beso a su madre antes de salir corriendo detrás de ellos, dándole órdenes de buscar la mejor bandeja para su mamá, llevándose a Gregory en el intento, aunque el pequeño se resiste un poco antes de ceder.
Cargo a Danielle. Ella se deja llevar. Esconde la cabeza en mi pecho, como si ahí encontrara seguridad.
La llevo a su habitación. No a la mía. Sé que necesita espacio para adaptarse a mí… y con que haya aceptado venir, es suficiente.
Le retiro los zapatos con cuidado. Acomodo las almohadas detrás de su espalda. Dejo un beso en su frente.
Estoy por alejarme cuando su mano me detiene por el brazo.
—Izan… —Sus labios tiemblan apenas—. Quédate. No me dejes sola.
—Mi amor, no te voy a dejar sola, tranquila. Solo iba por tu comida.
—Deja eso para después… ven y abrázame.
No tiene que pedirlo dos veces.
Me quito los zapatos y me meto en la cama con ella. La rodeo con mis brazos, y mi mano encuentra su espalda, acariciándola despacio. Su olor y calor me transmiten una paz sin igual.
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Editado: 27.04.2026