Amarnos de nuevo

Capítulo 39

Izan Leclerc

¿Tan rápido? Las posibilidades de que aparecieran eran bajas. Pensé que durarían semanas o hasta meses. Su actitud era una prueba fehaciente de mi pronóstico, aunque hubiese estado equivocado. Su presencia no me era inoportuna, pero tampoco esperaba verlos tan pronto. Mucho menos iba a echarlos.

Lo que de verdad me deja desconcertado es la rapidez con la que vinieron.

Los dejé pasar a mi oficina sin decir mucho. Apenas cerré la puerta, le di luz verde para que hablaran, con una leve señal de mi mano. Que dijeran lo que quisieran. No los iba a interrumpir. Iba a ser un espectador mudo hasta que fuera mi turno.

Los dos parecían incómodos. Se miraban unos a los otros. Me quedé sentada del otro lado del escritorio, con los brazos cruzados y la mirada fija en ellos. Ellos hicieron lo mismo. No lo iba a interrumpir ni una sola vez.

El señor Domingo fue el primero en romper el tenso silencio.

—Mira, yo no vine aquí a justificarme, porque la verdad es que yo me pasé contigo, mijo, y lo sé. Yo te dije cosas que no tenía que decirte, y lo peor es que sabía que te iban a doler. Lo hice con pique, con orgullo, pero eso no me quita lo abusador ni lo animal que me comporté. Tú no merecías que te tratara así ni que te hablara como un perro. Y desde ese día tengo esa mierda atravesada aquí. Yo sé que quizás tú no quieres vernos ahora mismo, y te la doy, pero coñazo, tenía que dar la cara, porque lo que hice estuvo mal. Muy mal. Perdóname por haberme pasado de la raya así.

El señor Domingo movía las manos, pero no dejaba de mirarme directo a los ojos. Los tenía llenos de lágrimas que se negaba a soltar. Cuando terminó, apretó los labios y bajó la cabeza.

Rafael traga saliva con fuerza y tarda lo que parece una eternidad en atreverse a hablar.

—Loco, de verdad, excúsame. Esta vaina la he pensado pila, pileta, y me di cuenta de que me fui demasiado lejos. Y lo peor es que tú no hiciste nada para que yo te tratara así. Tú no eres culpable de las malditas vainas de tu papá. Yo lo que estaba era lleno de odio. Sí, de rabia, de lo que sea, pero al final te hice daño y cometí una injusticia. Cuando vi a mi manita reaccionar así, ahí fue que se me cayó ese orgullo de mierda que no me ha servido de na. Tú no te merecías ni la mitad de lo que yo dije, ni tampoco que intentara sacarte de aquí. Yo no estoy pidiendo que todo vuelva a ser igual, pero necesitaba decirte que me arrepiento. No había necesidad de que yo te hiciera eso. Excúsame de verdad.

Me quedo callado. Ninguna parte de mí está molesta. No importa lo que dijeron ese día, aunque sus palabras todavía siguen clavadas en alguna parte de mi cabeza.

Me siento cansado de la situación, del resentimiento, de los malos entendidos y de cómo toda esta mierda se dispara por culpa de la necedad y los prejuicios de Benjamín. Esta conversación incómoda nunca debió darse entre nosotros, pero aquí estamos.

Ellos suenan sinceros. Ambos.

Se les nota cuando terminan y evitan sostenerme la mirada demasiado tiempo. Se sienten avergonzados. Sus voces se quiebran apenas un poco al hablar. Es una incomodidad genuina, una que no saben esconder.

No están intentando ganar una discusión. Vinieron a admitir que se equivocaron.

Yo sigo quieto, tratando de procesarlo todo. Entiendo su arrepentimiento y no voy a explotar. ¿Para qué? Ya los escuché.

Hay que cerrar este ciclo, porque no se gana nada abriendo otro episodio por un error que todavía puede terminar resolviéndose con una conversación.

—Es raro escucharlo después de todo lo que hablaron aquel día —digo con sinceridad, intentando no sonar con reproche.

—Era el deber, muchacho. Lo que está mal, está. Y nosotros nos pasamos de desgraciados —expresa el señor Domingo. Se levanta y se acerca a mi espacio. Pone una mano temblorosa en mi hombro.

—Señor... —Intento decir, pero me corta.

—Espera, mijo, déjame terminar —ha empezado a llorar—. Gracias, gracias, gracias por salvarme. Por apiadarte de este viejo, hijo de un cañero. Por todos esos años en los que aguantaste lejos de mí, muchacha, solo para que yo pudiera estar con mis hijos, seguir queriendo a mi mujer y ver crecer, y espero seguir viendo crecer, esa bella nietecita, el mejor regalo que me dieron tú y mi morenita. Yo ahora mismo estuviera enterrado, pero tú no lo permitiste. Y yo ni siquiera sé cómo pagártelo. No creo que mis disculpas valgan de mucho a estas alturas, pero necesitaba sacarlo del pecho.

Rompe a llorar. Yo paso mi mano hasta encontrar la suya y se la aprieto fuerte. Entonces me levanto y lo abrazo, dándole palmadas suaves en la espalda.

Sus lágrimas me empapan la camisa mientras él sigue ahí, quebrado, sin dejar de agradecerme.

Me separo de él.

—No agradezca tanto, que yo no hice esto buscando nada. Lo haría una y mil veces más. Y claro que están disculpados. —Le doy una mirada a su hijo y luego asiento despacio—. Tú también, Rafael. De verdad espero que ninguno de los dos vuelva a dejarse llevar por la rabia ni por el dolor. Aprendan a escucharse. No se preocupen más por ese día, todos estaban molestos. Y otra cosa, señor Domingo. Quiero que acepte la asesoría de Marissa para que pueda arreglar por fin su estatus migratorio. Eso me haría sentir completo. Y ya no me bote tanto a la pobre, que lo único que está haciendo es su trabajo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.