Danielle Reyes
¡Way, mi mai! ¿Pijamada? Suelto una risita emocionada. Nunca había estado en una. Recuerdo que, cuando éramos novios, le mencioné alguna vez a Izan cuánto quería saber lo que se sentía.
Y es mucho mejor de lo que imaginé. Toda mi familia está aquí. Personas que me hacen sentir querida de verdad.
Pamela termina de entrar como si fuera la dueña del lugar. Me dejo envolver por los brazos de mi padre y Perla. Mi hermano me revuelve el pelo y me pellizca la mejilla con cariño. Yo le respondo con un golpecito juguetón en el pecho. Luego se lleva a Darla sobre los hombros mientras ella grita emocionada que va montada en un velocirráptor.
Mi huracán se reconcilió con su tío y su abuelo el mismo día que yo. Aunque sigue siendo pequeña, me dijo que le dolía vernos peleados. No le gustó nada habernos gritado ese día ni haber dejado de hablarle a su tío y a su abuelo.
Maisa se acerca, me besa la mejilla y me guiña un ojo.
Leanne y Bianca entran las últimas. Mi exsuegra no pierde tiempo y me envuelve en un abrazo fuerte. Su olor y su calidez se sienten tan familiares.
—Danielle, mi otra hija —susurra con nostalgia—. No sabes cuánto recé para que estuvieras bien. Mírate ahora, aquí.
—Cuñada —me saluda Leanne con un beso en la mejilla—. Tú y mi sobrina me deben un día de compras. Desperdiciamos muchos años, hay que recuperarlos.
Izan se acerca y pasa un brazo por mis hombros justo cuando Bianca dice.
—Hija, ¿será que puedo hablar contigo a solas? Solo un momento.
En sus ojos se nota la súplica y la vergüenza.
El padre de mi hija asiente. Dejé un beso en mi pelo.
—Ve con ella, mientras organizo todo para. Solo no tarden —dice Izan sereno, toma la mano de su hermana, se van a la sala donde ya se oye todo el alboroto.
Niego. Mi familia no deja esa voceadera ni que le paguen en euros.
Salgo junto a Bianca. Tomamos asiento en las escaleras. La brisa nocturna ondea nuestros cabellos sueltos. Ella toma mi mano con cariño y aprieta los labios. Mira al frente durante lo que parece una eternidad.
No me atrevo a romper el silencio. Se nota que busca las palabras adecuadas y no las encuentra. Al fin me mira y niega con la cabeza, avergonzada.
—Lo siento, Danielle… lo siento mucho —suspira cansada—. Todo el daño que te causó mi esposo. Benjamín es un infeliz. Un monstruo sin corazón. Ni por su propia nieta fue capaz de contener sus prejuicios.
Bianca evita mirarme directo a los ojos. Sus manos tiemblan. Las cubro con las mías y busco su mirada.
—No eres culpable de nada —le digo suavemente—. Contigo y con Leanne no tengo ningún problema. Ustedes siempre han sido buenas y cariñosas conmigo. Jamás las culparía por lo que hizo él. Esto no es necesario.
—Por supuesto que sí es necesario —me interrumpe con la voz quebrada—. Causo mucho dolor en nombre de los Leclerc. Y de momento aún soy una. Pero pronto me voy a divorciar. Mi sobrino Cillian me está ayudando con eso. —Toma aire y continúa—. Pero ese no es el punto. Te pido perdón, Danielle. Lo último que sucedió fue imperdonable.
—Creo en el karma. Sé que lo pagará caro —me duele el pecho al recordar cada cosa que me ha hecho ese hombre. Desde sus miradas de superioridad y asco, sus insultos, sus mentiras, meterse con mi padre y lo último que no puedo ni nombrar. Solo de pensar que pude haber perdido a mi Darla.
—Benjamín tuvo una educación nefasta. No lo vengo a justificar, pero sus padres tienen gran parte de la culpa. Recuerdo que en mi cena de compromiso una mujer negra fue a pedir trabajo y mi suegra no tuvo piedad al rechazarla y humillarla, aun cuando ella no le había hecho nada. Recuerdo cada palabra hiriente y cómo aquella mujer se marchó cabizbaja y llorando. Solo quería trabajar. Él creció bajo esa influencia. Juré detener ese ciclo para que no se lo transmitiera a mis hijos aunque bueno, Ryan, mejor ni sigo.
—Muchas veces los padres tienen la culpa, pero otras no. Al final, tú eliges qué tipo de persona quieres ser. Y tienes razón, al menos Izan y Leanne no crecieron cultivando esas desagradables creencias.
—Danielle, mi hija y yo estábamos tan avergonzadas… Por eso no nos acercábamos a tu habitación. ¿Cómo hacerlo? Aunque no fuéramos las culpables, la vergüenza nos detenía.
—Bianca, descuida, por favor. No hay nada que perdonar. ¿De qué? El verdadero culpable está pagando. Bueno, eso es lo que creo. Tu hijo no me ha querido decir nada para no estresarme. Aun así, deja de disculparte. Todo está bien entre nosotras. Sí me alejé de ustedes por todo lo que pasó y ya no estaba con Izan, pero siempre han tenido un pedazo de mi corazón. Quizás no las pensé mucho durante todo este tiempo, lo admito, pero siempre estuvieron ahí guardadas.
—Quiero estar cerca de ti y de Darla. ¿Me vas a dejar? Yo quiero pasar mi vejez tranquila, cuidando de mi nieta y recuperando el tiempo perdido. Contigo, que te considero como mi otra hija.
—Por supuesto que sí, ¿cómo no? Nunca he tenido ningún problema contigo, Bianca. Tú siempre me trataste con respeto y siempre mostraste cariño sincero. ¿Cómo no te voy a aceptar en mi vida y en la de Darla? Y es la más feliz por tener una nueva abuelita. No te niego que no para de parlotear que le prometiste un pony.
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Editado: 09.06.2026