Darla Leclerc
—Qué aburrido —digo viendo el patio del jardín lleno.
Mis compañeros corren, gritan, se pelean por una pelota. Algunos están sentados sin hacer nada. Es lo de siempre y no me interesa. Estos niños no saben jugar. Miss Martina está muy ocupada hablando con miss Cecilia. Eso sí, nos tienen bien vigilados.
Resoplo. Es hora de enseñarles lo que sí es divertido. Tía Pam es mi guía para aprender los fabulosos juegos de nuestro país.
—¡Ey! —doy dos palmas bien duras—. Todos acá, rápido. ¡Vengan!
Mis compañeros se acercan. Otros giran la cabeza hacia mí. Otros no. A los que no, los vuelvo a llamar con autoridad.
—¡Ustedes también! ¡No se queden ahí parados!
Sí, es una orden. Yo mando y les toca obedecer.
—¿Qué pasó, Darla? —pregunta Sophia.
—¿Nos vas a hacer una broma o un hechizo? —dice Richard escondiéndose detrás de Noah.
Alzo el mentón, me cruzo de brazos y lo miro de arriba abajo.
—No, tonto. No me acuses de bruja, que no lo soy. Vamos a jugar, pero vamos a jugar bien.
—¿A qué? —pregunta una niña que ni sé cómo se llama. Creo que es de otro salón.
Hago una pausa para pensar. Hay tantos juegos divertidos. Harán Chinchín, el topao, yun, Mickey Mouse. Pero como somos muchos, creo que ya sé cuál es el correcto.
—Bueno, se los voy a dejar pasar, porque ustedes no saben divertirse. Es fácil —señalo los dos lados del patio, como una capitana al mando de un barco pirata—. Ustedes van para allá —le indico al grupo de la izquierda—. Y ustedes para acá, al lado contrario.
Empiezo a moverlos como si fueran piezas de ajedrez y los acomodo. Se dejan. Ya veo que no están tan resentidos conmigo ni me dicen cosas feas gracias a que mis papis vinieron. Sonrío un poquito y señalo otro lado para que se acomoden.
—¿Y ahora? —pregunta Noah.
—El juego es así: yo voy a decir “Ángel mío, ven a mí”. Y el que se quede allá dice: “No puedo porque el diablo está aquí”.
Algunos se ríen. Otros abren muchísimo los ojos. Incluso veo que alguien se persigna. A estos muchachitos hay que adiestrarlos. Lo que queda de jardín vamos a jugar muchísimos juegos para que tengan un poquito de infancia como yo.
—¿Y quien es el diablo? —Sophia hace una excelente pregunta.
Miro a mi alrededor para ubicar a quién le puedo dar ese papel, pero una voz que ya me empieza a dar dolor de cabeza responde:
—Yo juego y yo puedo ser el diablo —dice Xandro muy tranquilo.
Varios giran a verlo.
Estoy a un pelo de mandarlo a freír moscas con Guineíto, pero miss Martina está mirando muy atenta. Chasqueo la lengua. Si lo excluyo del juego, me van a regañar. Y suficiente tuve con mami cuando me regañó por haberme levantado a las tres de la mañana a comerme unas galletas de vainilla y coco que había hecho Kukita.
—Bueno, quédate ahí —señalo el centro—. Eres el diablo.
Algunos sueltan risitas.
—¿El diablo? —dice Richard asustado.
—Cállate —respondo sin mirarlo.
Me coloco del otro lado.
—Escuchen bien. Cuando yo diga “ven”, ustedes corren. Si Xandro los agarra, se quedan con él. Y si no, conmigo. Está fácil. No empiecen antes. Esperen a que yo hable.
Todos agarran sus sitios, menos Emily, que está aislada mirándonos mal a todos. Me encojo de hombros. Si no quiere jugar, que no venga. Igual no es obligatorio. Bien por ella. De todas formas, tampoco la iba a invitar.
Xandro me sonríe y yo no puedo evitar cortarle los ojos. Pero bueno, yo no estoy en él. Ando es en jugar.
Levanto la barbilla y comienzo con mi voz clara.
—Ángel mío, ven a mí.
—No puedo porque el diablo está aquí —murmura Sabrina, que es la que se queda.
Sonrío. Esto va a estar genial.
—Abre tus alas y ven a mí…
Así comienza el juego.
Corredera, gritos, risas, desorden. Pero ahora todo tiene sentido. Se ríen, otros se caen, pero se vuelven a levantar. Todos están felices. Brincadera para acá, brincadera para allá. Miss Martina y miss Cecilia nos miran con una sonrisa.
—¡Eso no cuenta! —gritan los que agarran.
—¡Están haciendo trampa! —les responden los otros.
Algo cambia entre nosotros. Hay más alegría y ya estoy integrada con ellos. Ya no me miran feo. En otros tiempos me hubieran ignorado, me hubieran dejado sola o lo hubieran hecho por miedo el juego. Pero ahora juegan porque quieren. Porque quieren que yo sea una de ellos. Porque quieren divertirse conmigo y hacer recuerdos conmigo.
***
¡Día de acuario!
Mis papitos se fueron a hacer cosas de adultos y yo voy a ir a ver peces de todos los colores, tamaños y todas esas vainas. Estaba emocionado. Había investigado en la computadora y esperaba ver los peces que investigué. Quería ver peces payasos, los peces remora y también tiburones. Mi papito guapo se había encargado de arreglarme como toda una princesa para el paseo. Mi mamita no estaba muy de acuerdo en dejarme venir, pero yo creo que papi le dio unos cuantos besitos mágicos que la pudo convencer.
Venía de la mano sudada de Sophia, es mi compañera de excursión y con un cartel que decía mi nombre.
—No se suelten de las manos, niños —pide por quinta vez Miss Martina.
Miss ni confía en nosotros, parece que nos esperan a escapar y a ser una nueva vida con los peces. Río imaginando la situación, nosotros con trajes acuáticos haciendo casitas con corales y los peces, un pez luna y plantón siendo nuestros vecinos.
Mi mami me advirtió que no podía andar sola ni estar inventando ni hacer mis travesuras ultra uracanísticas. Según ella, yo tengo un espíritu de desastre natural. Exagera a veces un poquito. Su bebé solo quieres divertirte.
Arrugo la nariz, el acuario está bonito, pero huele raro. Agua fría y salada. Aunque no voy a admitir que hace un fresquito. Las luces están bajitas, aquí no se puede leer un cuento. Por eso no traje mi libro para cuando tomara un break. Lo sospechaba y además había visto las fotos en internet. El piso brilla. Eso sí me gusta. Imaginamos que mientras voy dando pasos con mis zapatitos de charol que se iluminan como fuegos artificiales abajo. Hay niños de otra escuela corriendo. Miss nos advirtió con la mirada que nos atrevieran.
#21 en Novela contemporánea
#24 en Novela romántica
romance segundas oportunidades, amor drama humor, niña genio travesuras
Editado: 09.06.2026