Danielle Reyes
Camino al jardín de Darla. Estoy muda. No paro de golpear mi pie contra la alfombra bajo mi asiento. Cargo los hombros tensos. Tengo el estómago revuelto. Ni hablar de este sabor amargo en mi boca. Niego por enésima vez durante el trayecto. Mantengo la vista fija en la carretera, pero mi mente está lejos de los edificios y las calles.
Pamela no merece tener el corazón roto. De todas las personas, tenía que tocarle a ella. Alegre, sonriente, segura e ilusionada con su primer amor. Aprieto los dientes al recordarla tan herida. La dejamos en casa de mis padres luego de que le dieran de alta en el hospital tras el desmayo. Le tomaron muestras y en unos días nos darán respuestas. Mi manita exigió estar sola entre lágrimas. Su rostro, antes sonriente, era solo un destello de dolor. Sus ojos, un mar herido. Su postura era la de una persona que llevaba toda una vida luchando contra el cansancio.
Me rompieron a la muchacha.
Está profundamente dolida. Su dolor es suyo. No está exagerando. Está intentando procesar que era la amante. Pensaba que tenía un hombre, pero resultó ser ajeno.
Maldito sea Ryan. No le sobrará vida para arrepentirse de lo que hizo. Jugar con el corazón de una joven. Mentirle sin remordimiento. No quiero imaginar por qué lo hizo. Un ardor sube por mi pecho. Miro a Izan, a quien he estado ignorando desde que salimos. Está igual de silencioso, con los nudillos apretados sobre el volante.
—¿Qué pasará ahora? No quiero a tu hermano cerca de Pamela. Ya suficiente me la dañó —resuello, volcando mi atención en el padre de mi hija.
—Estoy contigo, Danielle. No me interesa que sea mi hermano. Apoyaré a Pamela, pero por ahora debemos darle su espacio —dice, apenado.
—Me gustaría estar con ella, consolándola, pero ya viví esa escena, ya viví ese dolor, y lo último que uno quiere es tener gente pegada al lado —Izan se revuelve en su asiento y aparta la vista de la carretera por unos instantes.
Me muerdo el labio inferior. Mis ojos se aguan un poco. Coñazo lo hice sentir mal.
—Lo siento, no lo dije con mala intención.
—Tranquila, mi flor, no me prestes atención. Tampoco tienes que disculparte por lo que sentiste.
Asiento avergonzada. Izan se ha comportado por la derecha conmigo. Cargo la pésima costumbre que mi cerebro no hace match con mi boca cuando estoy enojada.
—Bien, con respecto a Pamela y tu hermano, ¿qué haremos? ¿Podemos ponerle una orden de alejamiento? No es por nada, pero si es familia tuya, dudo que se quede tranquilo. Y Pamela es capaz de recibirlo con orines.
Soltamos una risa ante la posible imagen. No fue dura mucho. Recuperamos la seriedad de inmediato.
—Tendremos que hablarlo con Pamela. Haremos lo que ella decida. No podemos intervenir más allá de estar para ella, por ahora, pero encontraremos una solución —suspira, afligido—. Siento lo que hice, pero tenía que hacerlo. No iba a ser cómplice de Ryan.
—Había que hacerlo. No estoy molesta porque chivatearas a tu hermano, Izan. Fue lo correcto. Me habría encojonado si te hubieras atrevido a callarlo.
—¿Alguna vez sospechaste que podía ser Ryan?
—Ojalá. Yo sí la veía muy concentrada, ilusionada, riéndose sola y pasando horas al teléfono, días antes de mi accidente, me confesó que tenía un enamorado. Pero te juro que yo no me meto en los asuntos privados de mi hermana. Ella es muy quiquillosa con esas cosas —digo, con mal sabor de boca.
—Sabía que Ryan era un miserable, pero no a niveles de tener una amante y engañarla de esa manera. Bueno, ni amante se le puede decir, porque le ocultó que era un hombre casado. Aparte de creerse mejor que los demás. No tiene ningún tipo de decencia.
—¿Y tú crees que personas como él tienen escrúpulos? Ay, hazme el favor, Izan. Sorpresa hubiera sido que se lo dijera. Ese azaroso seguro le metió una mentira tras otra. Cien a que le mintió desde el principio, empezando por el apellido. Porque Pamela, con lo chismosa que es, esa muchacha no sabe aguantar la sopa. Me habría dicho de una vez que se apellidaba igual que tú.
—Igual no puedo creer que Ryan llegara tan lejos —murmura, negando con la cabeza—. Lo conocí toda mi vida y, aun así, siento que no conozco a la persona en la que se convirtió. Es el ejemplo vivo de Benjamín. Lo que sí me sorprendió fue verlo roto.
—Pues créetelo, mijo, porque ahí tienes la prueba. Y otra cosa, no le creas al teatrero ese que le duele. Sabrá Dios ahora está maquinando qué otra mentira le va a decir para completar los bolos.
—Iba a decir que ojalá hubiera dado señales antes, pero quizá las hubo y ninguno quiso verlas.
—Yo desde luego no vi ni una.
—Pero ya dejemos el tema de ese tipo. Que mira que ahora mismo ni quiero recordar que existe. Vayamos a recoger a nuestro huracán, que debe estar mirando para todos lados a ver por qué no llegamos.
—Sí, que debemos llevarla a casa de Perla.
—¿A casa de Perla? ¿Para que no piense que iríamos a tu casa?
—Danielle, ya te dije que es tu casa también —enfatiza, dando la vuelta—. Y no, la dejaremos en casa de tu madrastra. Tú y yo tenemos una conversación pendiente que no puede esperar más. Te llevaré a un lugar.
#21 en Novela contemporánea
#24 en Novela romántica
romance segundas oportunidades, amor drama humor, niña genio travesuras
Editado: 09.06.2026