Danielle Reyes
—Mami, ¿por qué no me dijiste que vino la señorita Tomatito? Sé que estoy castigada. No, presa, ahí te pasaste —refunfuña mi huracán.
Es la cuarta vez que me lo dice.
La ignoro. Estoy concentrada verificando sus planas. Sé que están bien hechas, pero igual debo vigilar que no me haya hecho trampa. Para mi sorpresa, sí estuvo juiciosa con sus deberes.
Revisé su habitación y no encontré nada raro. No encontré una iguana, no encontré harina regada, no la encontré con la cara marcada por bolígrafo, no encontré pintura. No encontré nada.
Sigo acariciando el pelaje de Gregory.
Mi niña va a tener buena letra. Todavía está un poco desprolija y se sale de la línea de vez en cuando. Aun así, se nota que tendrá una caligrafía bonita y entendible. No como yo, que voy dando asco y vergüenza cuando escribo. Hago unos jeroglíficos que ni los aztecas podrían descifrar.
—Maisa es heavy. No te la dejes ver por mala. Lo que pasa es que es cómplice tuya. Y ya te dije que no voy a tragarme a nadie que te consienta. ¿Por qué tú crees que no te llevo a casa de los abuelos? Para evitar que Pamela o Rafael me hagan un chistecito contigo. Porque para ellos no estás castigada —argumento.
Cierro su cuaderno y lo dejo a un lado.
Darla viene y se acurruca junto a mí. Les doy atención a mis dos hijos. Y sí, Gregory cuenta como uno, le moleste a quien le moleste y le pese a quien le pese.
—Es que quería ver a Azriel —revela mientras hace círculos imaginarios en mi pierna.
—¿Quién es Azriel que no me has dicho nada?
A mi huracán se le encienden los ojitos. Parecen dos luceros.
Pero ven acá, ¿cuándo fue que me quedé sin bebé? Mi niña ya está teniendo sus propias ilusiones. Ay, no. Ya me creció. No es justo. Hasta ayer gateaba, balbuceaba y me hacía regueros por toda la casa. No importa. Lo importante era que tenía una cosita consentida. Por más que quiera hacerse la dura, su carita me desarma.
—Es mi mejor amigo —confiesa—. Lo conocí el día que me escapé de mi papi cuando estaba enojada con él porque pensaba que no se iba a separar de esa mujer que fue su esposa.
Asiento para hacerle saber que la estoy escuchando y, de paso, satisfecha porque por fin dejó de ponerle apodos a la ex de su padre.
—Lo quiero mucho, mami.
Hago un puchero. Mi niña me está creciendo. Es demasiado pronto.
—¿Cómo que lo quieres mucho, cariño? ¿Cuánto has interactuado con ese amiguito tuyo?
—Lo suficiente para saber que probablemente nos conocimos en otra vida. Él cazando mamuts y yo atendiendo el fuego cuando se hizo la conquista del fuego.
Esta semana va a estar con eso. Se leyó La conquista del fuego y ahora nos va a salir con teorías prehistóricas para todo. Tocaba cuento nuevo para alimentar esa cabecita privilegiada.
—A mamá no le contaste sobre ese amiguito. Eso está muy mal. Muy, muy mal. Como es eso de escaparte. Debiste decirle a tu maestra y esperar un receso. ¿Acaso no dieron uno?
—Sí, y fue largo. Es que, mami, él me llamó; yo le debía un juego. Además, aproveché para estar lejos del fastidioso de Xandro.
Levanta la carita enojada. Sus cachetitos adquieren una coloración rojiza de evidente furia.
—Cariño, ¿qué te pasa con ese muchacho? ¿Qué ocurre?
—¿Tú sabes qué tan grande es el continente africano?
—Sí.
—Bueno, multiplícalo por un trillón. Así de grande me cae mal.
Me aguanto una sonrisa.
—Cariño, está bien que no te agrade. No voy a intervenir en eso. Lo que no quiero es que seas malhablada. Yo te estoy enseñando valores, que respetes a todo el mundo por igual. Ahora bien, dime una cosa: ¿ese muchacho se ha pasado de la raya contigo?
—Sí. Me cae mal por algo. Mami, ese muchacho piensa que no pisa la tierra. Cree que su familia son unos reyes y que él está... ¿Cómo es que se dice? ¿Cómo cuando a una persona nada le afecta?
—¿Intocable? ¿Inmune?
—Algo así. Se me mezclan las palabras del diccionario. Aunque ese no es el asunto. La vaina es que sí, mami, me cae mal. Él me fastidiaba y apoyaba mucho a Emely cuando me decía cosas feas sobre que yo no tenía papá. Y ahora quiere ser mi amigo. Yo no quiero.
Mi expresión se suaviza. La atraigo más a mi pecho. Gregory empieza a lamerle el brazo cariñoso. Darla de responde haciéndole piojitos.
—Nadie te va a obligar a eso, mi amor. Créeme que no. Tú eliges tus amistades. Pero tampoco quiero problemas.
—Lo has puesto en su puesto más de una vez y, por lo visto, no entiende, mami. ¿Cómo una gente es tan necia?
Suspiro.
—Bueno, tendré que hablar con tu miss. Pero, Darla, de verdad: no te metas en problemas. No lo agredas, por favor. Te conozco. No lo insultes. Trata de ignorarlo lo mejor posible.
—Es imposible a veces, mami. Me pongo como tú cuando yo hago algo macabro que debe estar en los récords guinness.
#21 en Novela contemporánea
#24 en Novela romántica
romance segundas oportunidades, amor drama humor, niña genio travesuras
Editado: 09.06.2026