Danielle Reyes
2:00 AM. Este bebé no me deja tranquila. Mis ojos están rebosantes de lágrimas de la pura impotencia; llevo un buen rato con un antojo tan fuerte que tengo las sábanas apretadas y los nudillos blancos, todo por no querer despertar a Izan. Yo no soy de andar antojándome de disparates, así que sé perfectamente que es culpa de este muchachito.
Izan me tiene bien sujeta de la cintura. Se ve tan irresistible dormido, con su pecho bajando y subiendo, y su respiración calmada. Es tan precioso al dormir que me da una pena tremenda molestarlo por séptima vez en tres días. Pero, ¿qué más da? Es su culpa. Él quería bebé, así que ahora que aguante su mambo.
—Izan —lo llamo despacio, para que no se me espante de repente—. Amorcito, despierta.
Gruño como Gregory cuando le quitan sus galletas. Muevo su hombro para despertarlo, pero no reacciona. Me enderezo y me cruzo de brazos, perdiendo la paciencia.
Le suelto una galleta leve en la cara.
Él suelta un jadeo asustado, se pasa la mano por el rostro y parpadea adormilado, hasta que por fin me presta atención.
—Mi flor, ¿qué pasó? ¿Le sucede algo al bebé? ¿Te sientes mal?
—Tengo hambre y tú metido en el barrio de los acostados. Atiende a tu hijo y a tu mujer —refunfuño.
—Quita esa carita, amor. Dime, ¿qué quieres?
—Mango con miel, canela y sal.
—Mi vida, ¿no crees que eso es como demasiado dulce y una mezcla muy extraña? —bosteza mientras pregunta.
—¿Demasiado de qué? Es un antojo normal. Yo comía mango con sal en el embarazo de Darla. Búscame la vaina, que tú no eres doctor, eres arquitecto. Ve por mi mango.
—Son las dos de la mañana y te comiste una hamburguesa de camarones, una ensalada de coditos y te bebiste una batida de chocolate —me imita él.
—No es mi culpa, es el bebé que lo quiere. Ya no me busques nada, que no quiero nada.
Me vuelvo a acostar y me arropo de pies a cabeza dándole la espalda. Le he pedido más de siete antojos; todos me los cumple, pero este ya está de alarmista.
Danielle, cálmate. Estás muy ridícula.
Me reprende mi mente, y tiene razón. Es hasta ahora que me pongo así de irritable. En la tarde y en la mañana estoy normal, pero en lo que entra la nochecita, ¡un ogro es una chancleta con un pincho delante de mí!
—Ay, amor, ven, no te pongas así —dice mi hombre con paciencia.
Me descubre la cara y me atrae hacia su pecho para empezar a darle mimos a mi cabello. Me abrazo a él.
—Tú discúlpame a mí. Es que no sé qué me pasa. Con el embarazo de Darla, era insoportable. Con este soy un ogro.
—No eres un ogro. Estás sensible, mi amor —se ríe—. Pero tranquila, te lo buscaré. Estoy preparado para todo.
—¿Es en serio?
—Sí. Cualquier fruta que me hubieras pedido: sandía, fresa, melón... pero sé que el mango es tu debilidad. No te muevas de aquí.
Sonrío derretida. Al verlo irse en busca de mi comida. Ay, Dios mío, sí que soy bipolar. Hace un rato estaba llorando, después estaba enojada y ahora estoy sonriendo. A mí habrá que internarme, definitivamente.
Me ataco las uñas de inmediato y enredo mis rizos en mi dedo índice. Creo que me he pasado un poquito esta semana. Lo he hecho devolver unas donas dos veces: solo porque una tenía demasiado glaseado, y la otra porque cambié de opinión y la quería de chocolate. Luego le rechacé un vaso de jugo que me hizo, solo porque se lo dio primero a mi suegra. Y la última vez lo puse a conducir lejísimo por unas pitahayas para que, al final de cuentas, yo cambiara de opinión y lo que quisiera fuera un burrito.
Mejor me voy a calmar o a pedirle al bebé que se calme.
«Mi amor, ¿puedes calmarte, por favor? Vamos a volver loco a papá y yo no quiero ser madre soltera. A ese hombre no lo dejo yo ni loca; si vino a mi vida es por algo. ¿Te puede dejar de ocurrir tantos antojos locos? Es que quiero llegar al altar con tu papá», le ruego mentalmente.
Suspiro, volviéndose a recostar. No hemos hablado de matrimonio ni nada; solo vivimos en unión libre, disfrutando de nuestra hija, mientras yo me encargo de mi cafetería.
El pecho se me llena de una emoción cálida. El negocio está tan concurrido. Cerre una asociación con un pequeño negocio postres va de maravilla y viene una nueva colaboración con una marca de jugos naturales. Mi negocio va viento en popa. Mi cuñada Eli trabaja conmigo. Traté dos chicas nuevas. Xóchitl por desgracia no puede volver. Pamela por sus estudios se le complica ayudar. Las extraño mucho.
Nunca pensé volver a ver la luz; pensé que iba a tener que bregar demasiado para volver a levantar mis sueños. Pero tengo a un pedazo de hombre a mi lado que solo tengo que abrir la boca. Es más, creo que ni tengo que abrirla; él se encarga de mover cielo y tierra con tal de verme sonreír. Lo amo tanto.
Estás semanas han pasado demasiado rápido. Mi hermana ya entró a la universidad y su embarazo se está comenzando a notar más que el mío.
Eso sí, ella le ha hecho pasar a Ryan la de Caín. Yo no sabía que mi hermana tenía un lado tan orgulloso y oscuro. Lo peor del caso es que a Ryan no le importa; sigue detrás de ella suplicando su perdón. No le importa que incluso le haya dicho que no tenía al bebé o que el bebé no es de él. ¡Dios mío, pero qué hombre con tanta resistencia! No puede negar que es hermano de Izan.
#21 en Novela contemporánea
#24 en Novela romántica
romance segundas oportunidades, amor drama humor, niña genio travesuras
Editado: 09.06.2026